domingo

BEATRIZ BAYCE / MITO Y SUEÑO EN LA NARRATIVA DE ONETTI

SÉPTIMA ENTREGA

EPÍLOGO

Métodos de comprensión: la hermenéutica.

La posibilidad de comunicación con el texto no es un privilegio del especialista. “Texto eminente” le llamó Gadamer al “arte lingüístico en forma de literatura”, por su poder de comunicarse con cualquier sensibilidad receptiva de hoy o de mañana, una cualidad que señaló desde que planteó su experiencia hermenéutica (116).

Dispuestos a dialogar con la obra, no podemos desechar la disciplina que se ocupó siempre de la comprensión de textos (teológicos, clásicos, jurídicos) y que abarca ahora el arte en todas sus manifestaciones.

La hermenéutica ya no es una preceptiva del comprender, sino que acompaña el acontecer de la comprensión, iluminando las condiciones desde las cuales se puede iluminar un texto. No es sólo una diferencia de método sino de objetivo: mostrar el ser de lo que comprende, ubicándolo en el conjunto de la experiencia humana del mundo.

“La interpretación es la forma explícita de la comprensión” dice Gadamer (117). Al espíritu de la comprensión, los griegos le llamaron Hermes, el dios que trae los mensajes de los dioses. De allí derivaría el surgimiento del término “intérprete”.

Para los latinos, cum-prebendere significa “asir”, “rodear”, “abrazar”, sentido que perdura en la comprensión, que es siempre una apropiación de lo dicho, a la manera como el actor asimila un texto para poder decirlo, interpretarlo.

Un rápido repaso de la evolución de esta disciplina nos ayudará a descartar criterios de interpretación ya superados y a detectar las notas constantes de este arte, hoy ciencia universalizada que Platón, con razón, no confundía con la crítica. Sin embargo Gadamer, en sus planteos y revisiones, aspira a fundamentar una “nueva conciencia crítica” (118).

Las viejas disciplinas normativas que experimentaron un gran desarrollo independiente en el s. XVIII atendiendo a la comprensión de la Biblia y de la literatura clásica, lograron aproximarse en el escenario de la conciencia histórica, donde luego se produce una escisión conceptual (Schleiermacher-Hegel).

Sólo es necesario mencionar aquí la transición de la filología clásica, gramatical y retórica, a la hermenéutica romántica, anti-retórica y a-metódica, pero que impone nuevas reglas tendientes a comprender el texto por medio de la indagación de las ideas y la individualidad del autor, para detenernos finalmente en el actual giro ontológico de la hermenéutica filosófica, que percibe el propio texto desde el horizonte total de la existencia.

Con relación a la hermenéutica romántica, los cambios son radicales en algunos aspectos:

“Los pioneros del s. XX se formaron en revuelta contra el espíritu del s. XIX” (119).

Hans-Georg Gadamer, estudioso de la evolución de las ideas, emprende la tarea de reconstruir el universo hermenéutico total, tendiendo un puente sobre ese siglo, “el de Goethe”, que si bien constituye “toda una época”, para nosotros “ya está cerrado” (120). Gadamer vuelve a la tradición (“continuidad en la renovación constante”) sobre la base del contexto de los textos que hablan por sí mismos. Así, la hermenéutica le devuelve la libertad al texto y la autonomía al autor.

El movimiento de la comprensión no sólo abarca ahora toda la esfera del arte, sino que la obra de arte, por su pervivencia y su verdad, es el punto de partida de sus reflexiones. En efecto, la obra de arte logra anular la distancia del tiempo en virtud de la presencia de su propio sentido. “En la obra de arte se experimenta una verdad que no se alcanza por otros caminos” (121). Esta verdad no sólo puede ser justificada filosóficamente, sino que la obra misma es una forma de filosofar, aunque el autor no se lo proponga ni intervenga en posteriores especulaciones, como fue el caso de los existencialistas. La filosofía que trabaja ahora con experiencias no filosóficas, va al encuentro de la obra de arte que se constituye en uno de los lugares imprescindibles del diálogo con la existencia.

En el marco actualizado de esta ciencia hermenéutica se instala nuestra interpretación de La Vida Breve.

Gadamer participó del “impulso heideggeriano” de Marburgo en el momento en que se entrecruzaban allí diversos movimientos filosóficos. Habermas menciona a sus principales representantes (122).

Heidegger sólo entra en la problemática de la hermenéutica a fin de desarrollar desde el punto de vista ontológico la preestructura de la comprensión (Sein und Zeit, 123). “El sentido sólo se manifiesta porque uno lee el texto desde determinadas perspectivas”, dice Gadamer.

Con el fin de estructurar nuestro proyecto previo (preestructura de la comprensión), mencionábamos en el Prólogo de este trabajo algunas tendencias que tuvieron influencia en la estética filosófica de la primera mitad de nuestro siglo. Son las que todos tenemos a mano y pueden reforzar la participación en el sentido compartido o compartible de la novela. Nos falta todavía hacer algunas puntualizaciones con relación a los instrumentos expresivos de la narración (autodiálogo, imágenes de los sueños de asociación, reproducción de una vivencia). Vamos a referirnos especialmente a la vivencia.

Es importante señalar que, en La Vida Breve, publicada en la mitad de nuestro siglo, esos procedimientos narrativos se mantienen dentro de los límites de la nueva hermenéutica, cuyas propuestas sistematizadas sólo conoceríamos años más tarde.

Límites del arte vivencial.

El actual método hermenéutico se ha apartado de los exagerados procedimientos de psicologización propios del siglo pasado. El principal representante de esa tendencia, Schleiermacher, encaró la hermenéutica como un arte que, para evitar “malentendidos”, debía investigar en la mentalidad del autor. Luego se hablará de comprender el texto mejor que su autor o de comprender a un autor mejor de lo que él mismo se habría comprendido (124).

El sentido verdaderamente hermenéutico, el que interpretó siempre el texto desde el texto mismo, se opone al sentido psicologista que, desviado de su quehacer esencial, se convirtió en el acto adivinatorio (frente a la libertad del genio), que indagaba en la oscuridad del tú y en el misterio de la individualidad.

El rechazo actual de la psicologización, que es una invasión a la personalidad del autor, no significa invalidar las conquistas de la “hermenéutica profunda” ni dejar de considerar las diversas situaciones oníricas, distorsiones y desdoblamientos de la conciencia como hechos ciertos que ocurren dentro de la novela.

La narrativa de Onetti está sin duda muy alejada de la estética de “la gran confesión”, expresión que Goethe aplicó a su poesía pero que pudo extenderse al arte en su totalidad. Hoy todavía, a los autores de ese período, a los que quisieron confesarse, podemos entenderlos a través de sus biografías y de sus propias circunstancias. Ellos mismos son producto del arte vivencial.

En cambio Onetti, que está desde luego en su obra, no es el protagonista sino el creador. Sus novelas, como toda obra de arte, se apropian del mundo y lo hacen estar-ahí. Así aparecen sus personajes y las cosas que están en la vida, que son la parte que elige del acontecimiento de la existencia.

La Vida Breve que hemos definido como “la dramatización onírica de una vivencia”, no deriva en ningún psicologismo. Esa vivencia pertenece sólo a Brausen, el protagonista de la novela. Las experiencias psíquicas pueden ser recreadas como verdaderas sin necesidad de retroceder hasta la subjetividad del autor. “Sólo se comprende desde la cosa misma” dice Heidegger (125).

La psicologización tuvo alcances desmesurados en el arte vivencial. La verdad del arte llegó a definirse por la sola autenticidad de la vivencia. La hermenéutica actual ha puesto límites al arte vivencial, hecho real que puede incluirse dentro de los procedimientos efectivos del arte.

En La Vida Breve, la vivencia tiene alcances muy precisos: está utilizada como forma (una de las formas posibles) de mostrar la realidad de la temporalidad del estar-ahí. El autor empieza por detectar un hecho objetivo, pavorosamente común, para colocarlo en el escenario del juego.

Verdad y validez de la obra de arte.

La hermenéutica de la obra de arte ha sido estructurada según el modelo de la fenomenología del juego. Su dinámica interior, sus propios controles, el resultado imprevisible que acontece como un diálogo, son también los procedimientos del drama que se juega o se representa. Junto a esas características se ha adoptado la definición de Husserl, que concebía al fenómeno como la manifestación positiva de la esencia de la cosa.

En efecto, en la narrativa de Onetti, por medio de los aparentes equívocos y de la anécdota abierta, algo esencial va quedando ex-puesto. Ahora que no existe un relator que vea las cosas desde Dios, tenemos que ver desde la cara exterior de la realidad que nos rodea, que se caracteriza por los fenómenos deformantes de la intersubjetividad. Lo que se ha llamado “trucos” y “trampas” del autor (de Onetti), es quizá una manera real de presentar nuestra información de los hechos parcialmente conocidos. Los llamados “descuidos” del autor son quizá las pistas verdaderas, las más ligadas a la verdad que se va trasluciendo.

En La Vida Breve el relator es el propio protagonista de la novela. Oímos lo que él mismo se formula en su interioridad. No es una verdad objetiva, sino el acontecer de su crisis a través de sus vaivenes anímicos y sus autodefensas. En los relatos onettianos es necesario saber distinguir entre lo aparente, lo que parece ser, y el verdadero aparecer de lo esencial de la obra, que es tal lo desvalido de la condición humana.

Es necesario recordar, finalmente, con relación a la validez permanente de la obra de arte, que ya desde la fenomenología de Hegel, la esencia del espíritu histórico no reside en el pasado. Schleiermacher decía que el texto pertenecía a su mundo originario y que, desarraigado de su génesis, perdía parte de su significado. Ahora sólo podemos hablar de validez de la obra de arte si es capaz de constituirse en mediación del pensamiento con la vida actual (126).

En principio, la obra de arte habla a su tiempo y a su mundo. Es el caso de las tragedias griegas, que empezaron por dirigirse a su propio presente social, más tarde volvieron a representarse, comenzaron luego a leerse como textos y hoy son colocadas en nuevos horizontes de comprensión.

Siempre que volvemos a La Vida Breve y escuchamos sus palabras, el horizonte parece extenderse y retomamos el diálogo con esta novela que, como toda novela de arte verdadero, se introduce en la existencia para seguir hablando.

Notas

(116) Gadamer, ob. cit. 671.
(117) Gadamer, íd. 378.
(118) Gadamer, íd. 27.
(119) Gadamer en Kleinen Schiriften, Tubinga, 1967, vol. II, 131, cf. Juan M. Almarza-Meñica, El pensamiento alemán contemporáneo. Hermenéutica y teoría crítica, Fund. Friedrich Ebert, Madrid, 1985.
(120) Gadamer, íd. 108.
(121) Gadamer, íd. 24.
(122) Jürgen Habermas, Perfiles filosófico-políticos, Taurus, Madrid, 1984, 346-362. Habermas nombra a los principales representantes de los cinco impulsos filosóficos de esa época en Marburgo: “la fenomenología con Husserl y Heidegger, la filosofía de la vida con Jaspers, Lit y Spranger, la antropología filosófica con Scheler, Plessner, Gehlen y Cassirer, la filosofía social crítica con Lukacs, Korsch, Horkheimer, Adorno, Bloch, Benjamín y, finalmente, el positivismo lógico centrado en el Círculo de Viena con Wittgenstein, Carnap y Popper”.

Con relación a la rehabilitación de Heidegger, dice Habermas: “Gadamer urbaniza la provinciana heideggeriana… De ahí que necesitemos tanto más de alguien que prepare el camino por el que Heidegger pueda retornar del aislamiento que él mismo se impuso. Sólo podrá ser alguien que siga a Heidegger a distancia, pero lo bastante de cerca como para proseguir su pensamiento de forma productiva y con los pies en el suelo”.
(123) Heidegger, Sein und Zeit, 312, cf. Gadamer, íd, 331.
(124) Gadamer, íd. 246 y 366.
(125) Heidegger, íd., cf. Gadamer, íd. 332.
(126) Hegel, Fenomenología del espíritu, cf. Gadamer íd. 222.

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