
EL BOSQUE DE MANIQUÍES
La nieve cae copo por copo,
cada uno en su lugar preciso.
Proverbio Zen
Son las diez de la mañana cuando Horacio entra a El Cairo. Se acerca a la barra y levantando su mano saluda a los mozos. Él forma parte del lugar. Pide un café y lo toma con parsimonia, sintiendo que ya es hora de arrancarle sus tesoros al día. Entonces se recuesta en el mostrador y queda colgado mirando el escenario de quinientos metros cuadrados moteado de columnas de hormigón y mesas que, silenciosas y pacientes, esperan a sus ocupantes.
El bar El Cairo es la cantera de donde saca el cuerpo de los personajes de sus novelas. Encorvado dentro de su saco blanco espera al lustrabotas. Los parroquianos no le prestan atención y él aprovecha la indefensión de esos maniquíes sin alma. Hoy se va cuando comienza el restorán a la carta. No encontró todo lo que esperaba, pero le alcanza para llevarle a su padre las historias del día.
-Hoy estás contento -dice su padre al escucharlo llegar.
-Yo te diría que casi. Encontré dos personas que te va a gustar conocer.
-¿Y Julia? ¿La encontraste? -agarra su bastón blanco el hombre y camina en dirección al baño.
-No. Ya va a aparecer. Ella sabe que la estoy buscando pero se ve que no es el momento de que nos encontremos -dice Horacio mientras se deshace la corbata. -Me cambio la ropa y mientras cocino te cuento.
Sebastián vuelve al hoyo del sillón con una sonrisa trepada a la cara. La ceguera potenciaba la caída de los copos de Horacio. Pasaba todo el día solo y esperaba la llegada de los cuentos de su hijo como una novia espera su blancura.
-Vi entrar a la mujer que fue derecho a la mesa donde se sentaba el Negro Fontanarrosa. Pidió un té y empezó a mirar a la gente que desfilaba apurada por los cristales que daban a la calle Santa Fe. Estaba ensimismada. En su cabeza sólo había un pensamiento: la ida de su hijo para el extranjero. Tenía el cutis muy blanco y una nariz griega, perfecta, que no correspondía a esa cara. La boca triste, de labios carnosos y pintados de rojo hasta la desesperación. Supe que no volvería a ver a su hijo. El pasaje de la gente no lograba apartarle el pensamiento. Miró en derredor como deseando encontrar un salvavidas. Nada. Las manos huesudas y llenas de anillos tuvieron que lidiar con la resistencia del primer sobre de azúcar. Abrir el segundo le fue más fácil, y enseguida sus dedos abrazaron el mango de la cucharita y la encajaron violentamente en la taza, como si fuera una espada. Deseaba matar, no sabía qué o a quién. Después de tomar media taza de té empezó a pensar en la muerte.
-Me parece una barbaridad -dijo Sebastián. -En definitiva el hijo sólo se va de viaje por algún tiempo pero va a volver. Aunque no la vea viva.
-No te adelantes, que el que cuenta la historia soy yo.
-Tenés razón.
-Estuvo como media hora para terminar su té y mientras tanto hincó sus ojos en la puerta de entrada. Cuando su cara quedó completamente entristecida se levantó y supe que había tomado una resolución que, si la vuelvo a ver, sabremos cuál fue -sacó la sartén Horacio.
-¿Conociste a alguien más?
-A un flaco que llegó bañado en orgullo y decidido a ganar. Se sentó en una mesa del espacio cultural, pidió un café y se puso a leer el diario. El traje, la corbata y su impecable corte de pelo me hicieron saber que era alguien que estaba al acecho de la vida. De golpe lo vi detrás del escritorio de su buffet de abogado diciéndole a su cliente que, para el juicio, no servían los testigos que proponía. Después la secretaria le trajo dos legajos y él se paró y extendió la mano para saludar al hombre, que no salía de su asombro. En ese momento llegó a la mesa una mujer joven, hermosa y bien vestida. Acordaron salir esa noche y entre sonrisas melosas y miradas mentirosas terminaron el café y un refresco. Él esperó un momento para salir después que ella. Iría a su casa y le diría que tenía una cena de negocios.
-Lo de siempre. ¿Por qué la gente se miente? -pegó un bastonazo en el suelo Sebastián. -¿Acaso son felices haciéndolo?
La comida estaba pronta y cenaron. Horacio le comentó a su padre las ideas que se le habían ocurrido durante el día y que en un rato intentaría escribir. Le explicó que la novela iba demasiado rápido y que lo angustiaba no encontrar un cuerpo para Julia.
Horacio llegó al bosque de maniquíes a la hora del almuerzo. Para él los parroquianos eran eso: cuerpos vacíos. Él se encargaba de buscarles un alma a los elegidos. Julia lo presionaba. Necesitaba un cuerpo. Ella había llegado a la mayoría de edad y estaba a punto de recorrer el mundo: sus padres, judíos, le propusieron ese bautismo de vida. Había llegado el momento de nacer a la completud.
La nieve comenzó a caer mansa sobre el lago helado. La vio entrar. Era ella. Alta, delgada, y con un bolso en bandolera. Se sentó decidida en una mesa desde donde se veía la calle Sarmiento. La cara era muy blanca y pecosa, y el pelo rojizo y ensortijado. Horacio sintió la mano del lustrabotas que tocaba su hombro y apenas le devolvió un gesto, sin dejar de mirarla. Ella terminó de comer, pagó la cuenta y salió. Él se paró sin permitir que el hombre terminara el trabajo. Caminaba muy rápido. Horacio la siguió contemplando hasta que la niebla de los transeúntes se la tragó.
-Padre, la encontré. Encontré a Julia -gritó al abrir la puerta.
La nieve cae copo por copo,
cada uno en su lugar preciso.
Proverbio Zen
Son las diez de la mañana cuando Horacio entra a El Cairo. Se acerca a la barra y levantando su mano saluda a los mozos. Él forma parte del lugar. Pide un café y lo toma con parsimonia, sintiendo que ya es hora de arrancarle sus tesoros al día. Entonces se recuesta en el mostrador y queda colgado mirando el escenario de quinientos metros cuadrados moteado de columnas de hormigón y mesas que, silenciosas y pacientes, esperan a sus ocupantes.
El bar El Cairo es la cantera de donde saca el cuerpo de los personajes de sus novelas. Encorvado dentro de su saco blanco espera al lustrabotas. Los parroquianos no le prestan atención y él aprovecha la indefensión de esos maniquíes sin alma. Hoy se va cuando comienza el restorán a la carta. No encontró todo lo que esperaba, pero le alcanza para llevarle a su padre las historias del día.
-Hoy estás contento -dice su padre al escucharlo llegar.
-Yo te diría que casi. Encontré dos personas que te va a gustar conocer.
-¿Y Julia? ¿La encontraste? -agarra su bastón blanco el hombre y camina en dirección al baño.
-No. Ya va a aparecer. Ella sabe que la estoy buscando pero se ve que no es el momento de que nos encontremos -dice Horacio mientras se deshace la corbata. -Me cambio la ropa y mientras cocino te cuento.
Sebastián vuelve al hoyo del sillón con una sonrisa trepada a la cara. La ceguera potenciaba la caída de los copos de Horacio. Pasaba todo el día solo y esperaba la llegada de los cuentos de su hijo como una novia espera su blancura.
-Vi entrar a la mujer que fue derecho a la mesa donde se sentaba el Negro Fontanarrosa. Pidió un té y empezó a mirar a la gente que desfilaba apurada por los cristales que daban a la calle Santa Fe. Estaba ensimismada. En su cabeza sólo había un pensamiento: la ida de su hijo para el extranjero. Tenía el cutis muy blanco y una nariz griega, perfecta, que no correspondía a esa cara. La boca triste, de labios carnosos y pintados de rojo hasta la desesperación. Supe que no volvería a ver a su hijo. El pasaje de la gente no lograba apartarle el pensamiento. Miró en derredor como deseando encontrar un salvavidas. Nada. Las manos huesudas y llenas de anillos tuvieron que lidiar con la resistencia del primer sobre de azúcar. Abrir el segundo le fue más fácil, y enseguida sus dedos abrazaron el mango de la cucharita y la encajaron violentamente en la taza, como si fuera una espada. Deseaba matar, no sabía qué o a quién. Después de tomar media taza de té empezó a pensar en la muerte.
-Me parece una barbaridad -dijo Sebastián. -En definitiva el hijo sólo se va de viaje por algún tiempo pero va a volver. Aunque no la vea viva.
-No te adelantes, que el que cuenta la historia soy yo.
-Tenés razón.
-Estuvo como media hora para terminar su té y mientras tanto hincó sus ojos en la puerta de entrada. Cuando su cara quedó completamente entristecida se levantó y supe que había tomado una resolución que, si la vuelvo a ver, sabremos cuál fue -sacó la sartén Horacio.
-¿Conociste a alguien más?
-A un flaco que llegó bañado en orgullo y decidido a ganar. Se sentó en una mesa del espacio cultural, pidió un café y se puso a leer el diario. El traje, la corbata y su impecable corte de pelo me hicieron saber que era alguien que estaba al acecho de la vida. De golpe lo vi detrás del escritorio de su buffet de abogado diciéndole a su cliente que, para el juicio, no servían los testigos que proponía. Después la secretaria le trajo dos legajos y él se paró y extendió la mano para saludar al hombre, que no salía de su asombro. En ese momento llegó a la mesa una mujer joven, hermosa y bien vestida. Acordaron salir esa noche y entre sonrisas melosas y miradas mentirosas terminaron el café y un refresco. Él esperó un momento para salir después que ella. Iría a su casa y le diría que tenía una cena de negocios.
-Lo de siempre. ¿Por qué la gente se miente? -pegó un bastonazo en el suelo Sebastián. -¿Acaso son felices haciéndolo?
La comida estaba pronta y cenaron. Horacio le comentó a su padre las ideas que se le habían ocurrido durante el día y que en un rato intentaría escribir. Le explicó que la novela iba demasiado rápido y que lo angustiaba no encontrar un cuerpo para Julia.
Horacio llegó al bosque de maniquíes a la hora del almuerzo. Para él los parroquianos eran eso: cuerpos vacíos. Él se encargaba de buscarles un alma a los elegidos. Julia lo presionaba. Necesitaba un cuerpo. Ella había llegado a la mayoría de edad y estaba a punto de recorrer el mundo: sus padres, judíos, le propusieron ese bautismo de vida. Había llegado el momento de nacer a la completud.
La nieve comenzó a caer mansa sobre el lago helado. La vio entrar. Era ella. Alta, delgada, y con un bolso en bandolera. Se sentó decidida en una mesa desde donde se veía la calle Sarmiento. La cara era muy blanca y pecosa, y el pelo rojizo y ensortijado. Horacio sintió la mano del lustrabotas que tocaba su hombro y apenas le devolvió un gesto, sin dejar de mirarla. Ella terminó de comer, pagó la cuenta y salió. Él se paró sin permitir que el hombre terminara el trabajo. Caminaba muy rápido. Horacio la siguió contemplando hasta que la niebla de los transeúntes se la tragó.
-Padre, la encontré. Encontré a Julia -gritó al abrir la puerta.
























1 comentario:
Que lindo, es conmovedor. Nora
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