LA NAVIDAD Y LOS POBRES TRIUNFOS PASAJEROS
¿SABÉS QUIÉN SOS?
La Escuela de Cineastas del Uruguay acaba de demostrar, con la reciente exhibición de los cortometrajes hechos por su alumnado en 2010, que es digna de festejar la Navidad cómo debe festejársela: recordando que siempre hubo, hay y habrá hombres capaces de repartir la verdad aunque los crucifiquen.
Cuando la humanidad descubrió el calendario lunar concibió por primera vez la circularidad y la infinitud del tiempo tridimensional.
Y nuestros despilfarros pirotécnicos de Nochebuena y Año Nuevo siguen imitando visceralmente el ritual inventado por aquellos civilizaciones que tuvieron que decretar que la vida empezaba de nuevo cada doce meses, para poder perderle ilusoriamente el horror a la eternidad.
Eran pobres triunfos pasajeros.
Y cada vez son más tristes, porque el consumismo salvaje logra que los pueblos se enloquezcan desparramando con redoblado arrebañamiento la sofisticadísima pirotecnia tecnológica.
Y todo para fingir una felicidad que no tienen.
A lo largo de la historia les tocó a los profetas señalar el nacimiento del Hombre Nuevo que nos liberaría de la caída en la desesperada conciencia de nuestra minusvalidez planetaria.
Sólo así desaparece la miseria de amor: compartiendo un sosiego mucho más hondo que la ansiedad neurótica.
Desde marzo hasta diciembre, los integrantes de la Escuela de Cineastas del Uruguay que construyeron sus cortometrajes superando los insufribles vértigos creacionales con una inquebrantable fe en su vocación liberadora y revolucionaria, ya aprendieron para siempre que un artista de verdad reparte la profecía de la Belleza Nueva.
Y si no sabés quién sos lo único que vas a aprender es a clavarle las mandíbulas a los compañeros para afirmar tu carrera personal.
En el mundo hay muchísimos más tiburones terrestres que oceánicos: gente que devora almas en lugar de purificarse con el vuelo del prójimo.
Nuestro cine es posible y quedó demostrado.
No fue un triunfo pasajero: fue un festejo colectivo, hermoso y necesario.
Y los que no crean que el dulce y duro y puro deseo de durar es la única verdad digna del estrellerío y no del estrellato, dedíquense a posar con la farándula.
La Escuela de Cineastas del Uruguay acaba de demostrar, con la reciente exhibición de los cortometrajes hechos por su alumnado en 2010, que es digna de festejar la Navidad cómo debe festejársela: recordando que siempre hubo, hay y habrá hombres capaces de repartir la verdad aunque los crucifiquen.
Cuando la humanidad descubrió el calendario lunar concibió por primera vez la circularidad y la infinitud del tiempo tridimensional.
Y nuestros despilfarros pirotécnicos de Nochebuena y Año Nuevo siguen imitando visceralmente el ritual inventado por aquellos civilizaciones que tuvieron que decretar que la vida empezaba de nuevo cada doce meses, para poder perderle ilusoriamente el horror a la eternidad.
Eran pobres triunfos pasajeros.
Y cada vez son más tristes, porque el consumismo salvaje logra que los pueblos se enloquezcan desparramando con redoblado arrebañamiento la sofisticadísima pirotecnia tecnológica.
Y todo para fingir una felicidad que no tienen.
A lo largo de la historia les tocó a los profetas señalar el nacimiento del Hombre Nuevo que nos liberaría de la caída en la desesperada conciencia de nuestra minusvalidez planetaria.
Sólo así desaparece la miseria de amor: compartiendo un sosiego mucho más hondo que la ansiedad neurótica.
Desde marzo hasta diciembre, los integrantes de la Escuela de Cineastas del Uruguay que construyeron sus cortometrajes superando los insufribles vértigos creacionales con una inquebrantable fe en su vocación liberadora y revolucionaria, ya aprendieron para siempre que un artista de verdad reparte la profecía de la Belleza Nueva.
Y si no sabés quién sos lo único que vas a aprender es a clavarle las mandíbulas a los compañeros para afirmar tu carrera personal.
En el mundo hay muchísimos más tiburones terrestres que oceánicos: gente que devora almas en lugar de purificarse con el vuelo del prójimo.
Nuestro cine es posible y quedó demostrado.
No fue un triunfo pasajero: fue un festejo colectivo, hermoso y necesario.
Y los que no crean que el dulce y duro y puro deseo de durar es la única verdad digna del estrellerío y no del estrellato, dedíquense a posar con la farándula.
























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