
Hugo Giovanetti Viola
primera edición web de una nouvelle editada en el volumen colectivo Aunque se llene de sillas la verdad (Ediciones Caracol al Galope / Taller Literario Universo, 2004)
TERCERA ENTREGA
TRES: EL VUELO
1 / -Qué es el nonato -pregunto después que recorremos varias carnicerías y mamá se sienta en el rosedal.
-Es un bebé muerto en la barriga de la vaca que tiene una carne muy tiernita. Qué calor espantoso.
La mujer se abanicó con la mano y su cansancio espejó arcoíricamente la flotación de los rosales:
-Acá empezamos a dragonear con tu padre.
-Y por qué no tenés hermanos.
-Los viejos tuvieron un varón que se murió a los ocho meses, mucho antes que yo naciera. Se llamaba Antoñito. Y a mí no me dejaron ir al liceo porque tomar el ómnibus podía ser peligroso.
-Pero yo no quiero ser siempre un ciervo.
-Mirá: lo que yo quiero es que nunca haya nadie como vos. Y lo demás no importa.
2 / La vieja nos espera con el esqueleto más rojo que los ojos.
-No encontré nonato por ningún lado -suspiró la madre de Abel. -Pero encargué un cordero divino.
Mi abuelo acaba de salir a cobrar la jubilación y no vuelve hasta la noche, porque va a visitar a las hermanas. Entonces el vitral retembló con un trueno y el ciervito pidió para ir a posarle un rato al Náufrago, antes de que lloviera.
-Dejalo que se distraiga -chista chorreándose los pelos de la papada la vieja. -Porque aquí ya no es vida.
3 / El Náufrago está contento con las manos nuevas.
-Anoche soñé que me habían puesto alas -empezó a amasar la mezcla el muchacho flaquísimo.
-¿Quién te cortó las manos?
-Mi viejo. Me puso a trabajar con él en la fábrica y como me pasaba el día dibujando se calentó y salute. Todavía no vi tu Cristo.
-Casi nadie lo vio.
-Mejor, bambi. Mejor. Cristo no quiere aplausos: prefiere los milagros.
Entonces se oye un truenazo y vemos aparecer una cantidad de garzas y me da lástima tener que irme.
4 / Cuando llego a mi casa llueve una barbaridad. Entonces Chela desnudó a Abel, le despegó las curitas y lo llevó a la pileta de la cocina.
-Te vamos a curar con el barro dichoso -aparece la vieja rengueando y mamá abre la canilla, me agarra las patas de adelante con una mano y me tapa los ojos.
Entonces la vieja sacó un facón y abrió al ciervo relampagueantemente, para sacarle una costillita de cada lado.
-¿Sabés que el carnicero nos acaba de traer nonato? -me acaricia la barriga llena de barro mamá cuando me despierto en la cama grande y llueve peor que nunca.
5 / -Le curamos raspones con tierra santa y se nos cayó redonda -cuenta mamá, vistiéndome. -Menos mal que lo teníamos en brazos.
Pepe Rosso se cambió la ropa empapada y se puso a tomar caña con el viejo, que estornudaba puteando en la cocina. Y de golpe mi padre se frota las manos y desenvuelve las figuras que acaba de comprar para el pesebre.
-Te vendieron una Virgen repetida -sonrió la madre del ciervo.
-Y además son de yeso pelado -sirve caña en un pocillo y le echa azúcar la vieja. -Parecen fantasmas.
-Sí. Pero son imitación de la María de Miguel Ángel -picó queso y longaniza el hombrecito de jopo remozado.
-Igual a la del santuario -le empieza a llover sol entre las costillas a mi abuelo.
-Le voy a regalar una al Náufrago. Porque supo sufrir.
El ciervo se apoyó en la mesa para observar el resplandor piadoso y Chela le acarició los raspones:
-¿Te gustan las Marías?
Entonces me acuerdo de la chiquilina rubia que vive frente a la escuela y es más linda que mamá, pero no digo nada.
6 / Después mamá destapa el cordero adobado y las costillitas de nonato y explica que las achuras las traen mañana.
-Lo que hay que hacer en esta vida es joderse -chistó el viejo, sacándose la boina igual que en un velorio.
Y más tarde subimos al altillo con una de las Marías y mi padre me cuenta que todavía no pudo llevársela al Náufrago porque el Prado está inundadísimo.
-Cómo me gustaría pintar en lugar de soñar policiales. -Aunque se me acaba de ocurrir una escapatoria a lo Philip Marlowe que le encantaría a Chagall.
Y agarra la María y se cuela por el tragaluz pidiéndome que no comente nada de lo que voy a ver. Ahora la luna irisaba la última llovizna, y el hombrecito voló hacia el torreón con la erecta sedosidad de las garzas.
primera edición web de una nouvelle editada en el volumen colectivo Aunque se llene de sillas la verdad (Ediciones Caracol al Galope / Taller Literario Universo, 2004)
TERCERA ENTREGA
TRES: EL VUELO
1 / -Qué es el nonato -pregunto después que recorremos varias carnicerías y mamá se sienta en el rosedal.
-Es un bebé muerto en la barriga de la vaca que tiene una carne muy tiernita. Qué calor espantoso.
La mujer se abanicó con la mano y su cansancio espejó arcoíricamente la flotación de los rosales:
-Acá empezamos a dragonear con tu padre.
-Y por qué no tenés hermanos.
-Los viejos tuvieron un varón que se murió a los ocho meses, mucho antes que yo naciera. Se llamaba Antoñito. Y a mí no me dejaron ir al liceo porque tomar el ómnibus podía ser peligroso.
-Pero yo no quiero ser siempre un ciervo.
-Mirá: lo que yo quiero es que nunca haya nadie como vos. Y lo demás no importa.
2 / La vieja nos espera con el esqueleto más rojo que los ojos.
-No encontré nonato por ningún lado -suspiró la madre de Abel. -Pero encargué un cordero divino.
Mi abuelo acaba de salir a cobrar la jubilación y no vuelve hasta la noche, porque va a visitar a las hermanas. Entonces el vitral retembló con un trueno y el ciervito pidió para ir a posarle un rato al Náufrago, antes de que lloviera.
-Dejalo que se distraiga -chista chorreándose los pelos de la papada la vieja. -Porque aquí ya no es vida.
3 / El Náufrago está contento con las manos nuevas.
-Anoche soñé que me habían puesto alas -empezó a amasar la mezcla el muchacho flaquísimo.
-¿Quién te cortó las manos?
-Mi viejo. Me puso a trabajar con él en la fábrica y como me pasaba el día dibujando se calentó y salute. Todavía no vi tu Cristo.
-Casi nadie lo vio.
-Mejor, bambi. Mejor. Cristo no quiere aplausos: prefiere los milagros.
Entonces se oye un truenazo y vemos aparecer una cantidad de garzas y me da lástima tener que irme.
4 / Cuando llego a mi casa llueve una barbaridad. Entonces Chela desnudó a Abel, le despegó las curitas y lo llevó a la pileta de la cocina.
-Te vamos a curar con el barro dichoso -aparece la vieja rengueando y mamá abre la canilla, me agarra las patas de adelante con una mano y me tapa los ojos.
Entonces la vieja sacó un facón y abrió al ciervo relampagueantemente, para sacarle una costillita de cada lado.
-¿Sabés que el carnicero nos acaba de traer nonato? -me acaricia la barriga llena de barro mamá cuando me despierto en la cama grande y llueve peor que nunca.
5 / -Le curamos raspones con tierra santa y se nos cayó redonda -cuenta mamá, vistiéndome. -Menos mal que lo teníamos en brazos.
Pepe Rosso se cambió la ropa empapada y se puso a tomar caña con el viejo, que estornudaba puteando en la cocina. Y de golpe mi padre se frota las manos y desenvuelve las figuras que acaba de comprar para el pesebre.
-Te vendieron una Virgen repetida -sonrió la madre del ciervo.
-Y además son de yeso pelado -sirve caña en un pocillo y le echa azúcar la vieja. -Parecen fantasmas.
-Sí. Pero son imitación de la María de Miguel Ángel -picó queso y longaniza el hombrecito de jopo remozado.
-Igual a la del santuario -le empieza a llover sol entre las costillas a mi abuelo.
-Le voy a regalar una al Náufrago. Porque supo sufrir.
El ciervo se apoyó en la mesa para observar el resplandor piadoso y Chela le acarició los raspones:
-¿Te gustan las Marías?
Entonces me acuerdo de la chiquilina rubia que vive frente a la escuela y es más linda que mamá, pero no digo nada.
6 / Después mamá destapa el cordero adobado y las costillitas de nonato y explica que las achuras las traen mañana.
-Lo que hay que hacer en esta vida es joderse -chistó el viejo, sacándose la boina igual que en un velorio.
Y más tarde subimos al altillo con una de las Marías y mi padre me cuenta que todavía no pudo llevársela al Náufrago porque el Prado está inundadísimo.
-Cómo me gustaría pintar en lugar de soñar policiales. -Aunque se me acaba de ocurrir una escapatoria a lo Philip Marlowe que le encantaría a Chagall.
Y agarra la María y se cuela por el tragaluz pidiéndome que no comente nada de lo que voy a ver. Ahora la luna irisaba la última llovizna, y el hombrecito voló hacia el torreón con la erecta sedosidad de las garzas.
























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