martes

LA ÚLTIMA CURDA DE JUAN CARLOS ONETTI / investigaciones criminales en Santa María

(DECIMONOVENA ENTREGA)

38 EL PERFUME / MEDALLAS Y COBARDES

Isabelino Pena se despertó chorreando un sudor verdoso y enseguida empezaron a sonar las campanas de las doce. Acabo de soñar con truenos que caían desde los ojos de un chivo mientras una mujer que a veces era mi madre y otras veces mi esposa enterraba un traje de comunión antes de suicidarse.
-Servicio de chofer -golpeó Jorge Malabia y el detective se agarró la cabecita costrosa y carraspeó cloacalmente.
-¿No podrías esperarme en el jeep? -siento que ahora me falta el jazmín de la Virgen y me sobra el perfume de Brigitte Bardot Perotti.
Isabelino Pena demoró diez minutos en bajar a la plaza con un paraguas minusválido y empezó a tomar mate en el jeep, hasta que una salva de estornudos lo hizo tirarse yerba en la bragueta.
-Eso huele a mujer -descubro una linterna que conozco demasiado bien en la guantera.
-Pero es mía. Mi novia la encontró al otro día del papelón. A ella le gusta despertarme como si cazara liebres a la encandilada. Despertarme y otras cosas. Y recién acaba de aparecer en el yate con el traje de comunión que tenía guardado junto con el de quince: se lo quiere regalar a Anita.
-Una madrina misericordiosa -sonrió el detective.
Ahora llueve que da miedo y el amontonamiento de corolas podridas es más asqueante que el de los pescados en Enduro y escarbo:
-¿De quién es el Impala? ¿De Tito o de tu novia?
-Ella lo usa mucho.
-Perdón: ¿no me podrías cruzar hasta el consultorio de Díaz Grey? No aguanto más sin música.
-Debe estar por venir a almorzar al Berna.
El jeep estacionó frente al caserón crema justo cuando el médico abría el paraguas en el zaguán y el detective tuvo que rechazar dos veces la invitación para comer lasaña hasta que confesó:
-Los casos se resuelven esperando que se abra el cielo, doctor. Lo que precisaría es escuchar los cuartetos del Sordo.
-¿Y cómo le cae la trucha en lugar de la lasaña?
-Uh: ¿la Trout también?
Jorge arranca despidiéndose apenas con un bocinazo y el hombre bueno por nada me lleva hasta su paradisíaca celda de insomne y señala la lluvia:
-Abajo hay un almacén que tiene de todo. Puede pedir fiado a mi nombre. Yo tengo que visitar a unos pacientes en la Coloniza Suiza y vuelvo después de tomar el five o’clock tea en Puerto Astillero.
-Gracias. ¿Sabe que en este momento necesito la misma fe que tuvo usted para curar al turco que destrozó Jacob Van Oppen? Dicen que fue un milagro.
-Hay que hacer lo que hay que hacer. Y dejar que la desgracia se entere de que es inútil, se desprenda y caiga. Bueno, siéntase en su casa. Y le recomiendo especialmente la humildísima 29 de Wolfgang Amadeus. Allí aparece equilibrada la tensión entre lo posible y lo imposible que la mayoría de los intelectuales con medallas ni siquiera concibe y los cobardes odian por unanimidad.
Isabelino Pena escuchó el Razumosvky y el 127 y bajó a comprar una morcilla salada, un tomate y un morrón rojo.
Y después de euforizarme las entretelas con cada colorcito pongo la Trout y empiezo a sacar apuntes, igual que cuando diseño el mapa de un capítulo.
-Tenés trabajo, Watson -llamó por teléfono el detective a Jorge Malabia después que terminó Schubert: -Hay que organizar una especie de festejo patriótico para que tu novia le entregue el vestido de comunión a Anita en tu casa, mañana a mediodía. Una chorizada de reconciliación. Invitá a todo el que se te ocurra menos a Linacero y a doña Glyde, que es capaz hasta de armar timba: policías y sindicalistas, familiares y vecinos piamonteses y pitucada etílica y gobernador y señora y prensa oral y escrita. Yo le aviso a Díaz Grey. Ahora tengo que escuchar la 29 de Mozart.
-¿Caso resuelto?
-Al cielo hay que esperarlo. Y no te olvides que las milicias de la evolución pueden rendirse pero no darse por vencidas, botija. Hasta Rimbaud terminó por entender que la vida está bien hecha.
Y cuando bajo a comprar un helado y un quilo de uvas moscatel la plaza me recibe con un bruto arcoiris.

39 NUESTRA SEÑORA / LA SAL

Isabelino Pena le pidió a Jorge Malabia que lo dejara preparar los chorizos y armó el tocadiscos de Díaz Grey en la mesada del parrillero. No hay nada como un asado tempranero entre palomas, y sobre todo contemplando la llama de la unidad con el segundo concierto para violín de Bach: No fim tudo dá certo.
-Faulkner acaba de confirmarme que la loca no viene -empezó a rellenar los panes y a ponerlos en bandejas Blue Eyes: -Al pastor no pude ni localizarlo y Favieri inventó un resfrío.
Mingo todavía barre el pasto que cortó toda la mañana mientras la policía y los sindicalistas y la pitucada se ignoran sonrientemente en mesas-caballetes colocadas abajo de los palteros, hasta que la B.B. llega anunciando al gobernador y a la primera dama de Santa María.
-Pero qué edad tiene -frunció la miopía el detective hacia la mujer-muchacha que traía a Anita de la mano.
-Ya pasó los treinta y cinco. Aunque está igual que cuando desfilaba con la Acción Cooperadora del colegio para echar a Larsen.
La que llaman Nuestra Señora es apenas una cabeza más alta que la infanta del chivo, y la leucemia le acentúa el hervor botticelliano de la melena combada en alones: casi no tiene cuerpo, pero el cuarzo que reina sobre las perfectas facciones despintadas es más hondo que el sol.
-Postergá un momento los discursos y la entrega del vestido -se lavó las manos en la pileta del parrillero y se rearmó el jopo Isabelino Pena: -Tengo que hablar con ella.
Y antes de que se siente en la mesa del Rufián me hinco reverenciándola y no hay una sola burla que me ensucie la súplica:
-Soy un pobre forastero, señora. Pero propongo que cavemos una fosa para enterrar simbólicamente nuestra miseria de amor. Allí: donde ni siquiera pudieron descansar los huesos de un cabrón.
Entonces la primera dama levantó una sonrisa violeta y nublada hacia su esposo y murmuró:
-No está mal.
Durante unos segundos se escucha nada más que el pajarerío y después que Tito va a buscar el pico y la pala a la perrera de Mingo y vuelve remangándose siento moverse hasta las muletas del sub-comisario y contemplo a Ana María como si le dijera:
-Vos también vení, mijita. Aunque no tengas odio.
El rectángulo de tierra arenosa y todavía muy húmeda fue abierto por turno y con un falso entusiasmo ceremonial, y hasta el gobernador y Díaz Grey clavaron su fierrazo. Lázaro y los maricas lorquianos se pasan el pico chorreando una babosidad negociadora, y Tito y Marcos palean cada vez más hundidos hasta que el grandote me gargajea en los pies:
-¿Ya está, jefe?
-La tumba que hizo Jorge era el doble de honda -señaló el viejo a Blue Eyes, que fumaba con cara de no entender a nadie en el planeta.
Ahora las mujeres y los notables nos junan incrustados en el nácar rabioso del mediodía con viento norte, y siento que los pezones de B.B. son dos corazones negros.
-Coño -jadeó Lázaro frente a un rebrillo que asomó de golpe entre el jugo terrestre, y el detective frenó a los excavadores con un alarido y saltó a limpiar el lomo del traje de comunión de Ana María Malabia.
-Hola, Lux -palpo la respiración del chivo confirmando que no se animaron a degollarlo y que por un misterio más inexplicable que la vida misma le armaron una especie de escafandra con los tules.
Después Isabelino Pena le abrió la mirada sobrehumana al animalito y los hombres enchastrados ayudaron a subirlo hacia el griterío de la tribu que ahora incluía a Mingo.
-Está intacto -lo revisa Díaz Grey: -Aunque hay que hidratarlo rápido.
-Te dije que tenía puesto mi vestido -le soltó la mano la chiquilina a la primera dama y corrió a buscar sal.
-¿Lo sabías desde anoche? -me lleva aparte Jorge pero yo ni le contesto porque acabo de entender que la colegiala eterna y cancerosa que llaman Nuestra Señora es la personificación de mi muerte y que algo bueno habré hecho para que me la muestren resplandeciendo tanto.
-Bueno, mejor que recalienten los chorizos -le gritó Marcos a Tito: -Porque de aquí no se va nadie hasta que no sepamos quién mató al rengo. ¿Verdad, sub-comisario?


(continúa próximo viernes)

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