domingo

6/1 FELISBERTO HERNÁNDEZ


En 1925, un año antes de que nuestro mayor narrador novecentista, Francisco Espínola, publicara Raza ciega -ese dignísimo réquiem para la posibilidad de un adecuado desarrollo moderno del barroco rural uruguayo- un joven pianista stravinskiano empezó a contrabandear, literalmente, unos estrafalarios libritos-folletos impresos en el interior del país que acabarían por imponerse como un extraordinario huevo celeste de literatura fantástica hoy referencial en el mundo.

Felisberto Hernández, que siempre fue un pintoresco modelo de indiferente moral para nuestro blindado positivismo, no tuvo más remedio que fundar una estética huérfana de vanguardias literarias capaces de proyectarse con verdadero peso en estos arrabales -como le pasó a Arlt y ya no le pasó a Onetti- y hasta 1943, con el lanzamiento de Por los tiempos de Clemente Colling, tambaleó analogizando las indecentes disonancias del escandalizador-consagrador de los rituales paganos de la primavera rusa.

Y eso implicaba, antes que nada, el atrevimiento filosófico de revolver en el mito del eterno retorno para hacer fosforecer lo que él llamaba hojas de poesía en una pampa agrisada por la retórica academicista que siguen imponiendo las vetustas traducciones todavía reinantes en la Feria de Tristán Narvaja y en la carrada de talleres que curran con los intelectuales aburridos o snobs.

Se dice de mí que escribo mal, resoplaba Roberto Arlt en los años 30: Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias.
Felisberto Hernández, en cambio, tuvo que esperar décadas para desembuchar a propósito de sus cuentos en un homenaje que algunos popes del establishment le organizaron en Amigos del arte:
Ellos, sin yo saberlo al principio, ya fueron imaginados para ser leídos por mí. Y no sólo yo soy el que ha encontrado que cuando un cuento mío ha sido transportado a un español literario y castizo por los correctores, haya perdido mucho. Hasta puede haber ocurrido que en mi mal castellano del principio (tal vez menos ahora) yo haya profundizado mis sentimientos en esa mala materia, y al transportarla a la buena, pierdan esa profundidad. Lo mismo ocurre cuando los lee otra persona. Y lo diré de una vez: mis cuentos fueron hechos para ser leídos por mí, como quien le cuenta a alguien algo raro que recién descubre, con lenguaje sencillo de improvisación y hasta con mi natural lenguaje lleno de repeticiones e imperfecciones que me son propias. Y mi problema ha sido: tratar de quitarle lo más urgentemente feo, sin quitarle lo que le es más natural; y temo continuamente que mis fealdades sean siempre mi manera más rica de expresión. Digo temo porque le temo a un prejuicio cuando viene solo. Me encanta invitar a mi cabeza -o recibirlo cuando viene a la fuerza- a cuanto prejuicio anda por la calle, y después hacerlos pelear hasta que se deshagan.
Ahora parece que están entrando los prejuicios de lo natural; empecemos por el más popular: Hay obras que pretendiendo ser naturales son completamente horribles. Hay obras en parte naturales y en parte artificiales que son en parte buenas y en parte malas, que no coinciden, constantemente, en que lo bueno sea natural y viceversa.
Yo soy un crítico natural, sé poco, pero no importa; tengo intuición (él cree que es bergsoniana o que la intuición bergsoniana es adivinación).
Hay obras naturales o artificiales completamente buenas del principio hasta el final. Hay obras que salieron a pura inspiración y enteritas: completamente buenas o completamente malas.

Y atención con estas preguntitas que aparecieron engrampadas a la página anterior, entre los papeles sueltos:

¿Quién es capaz de trabajar sin la naturaleza? ¿Quién puede saber cuándo es trabajo o naturaleza? ¿Quién puede reconfundir eso? (Hasta harían falta más equivocaciones.)
Es la misma estupidez de los que hablan de la espontaneidad. ¿Cómo saben qué es espontáneo? ¿Qué no se estuvo trabajando? ¿Y quién dice que todo lo espontáneo es bueno? ¿ni siquiera que es nuestro? ¿Espontáneamente no nos enamoramos de cosas que no son nuestras y las ponemos en la obra y al poco tiempo resultan horribles? ¿Y la espontaneidad del crítico que se juega la cabeza en primeros momentos, en acomodos de circunstancias (interiores y exteriores) y al poco tiempo se agarra la cabeza que tan fácil se jugó?

La noche que se estrenó La consagración de la primavera en París los bailarines se agarraron todos juntos la cara en un cuerpo a tierra del principio de la obra y un piquete del selectísimo público les recomendó a los gritos que fueran al dentista.





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