martes

CHARLES BUKOWSKI - JAMÓN Y CENTENO (LA SENDA DEL PERDEDOR) - 17


16

No supe muy bien por qué, pero Chuck, Eddie, Gene y Frank me dejaron jugar algunos partidos. Creo que fue porque apareció otro muchacho y necesitaron tres de cada lado. Todavía precisaba más entrenamiento para ser verdaderamente bueno, pero cada vez jugaba mejor. El mejor día era el sábado. Era cuando se armaban partidos grandes, y venían más chiquilines. Jugábamos en la calle. Cuando jugábamos en el pasto hacíamos placajes, pero en la calle se jugaba al toque y hacíamos más pases, porque al toque no podías llegar muy lejos sin que te agarraran.

Como en casa mis padres se estaban peleando mucho, me prestaban menos atención. Jugaba al fútbol todos los sábados. Una vez en un partido entré en zona libre pasando al último defensa y vi cómo Chuck lanzaba la pelota. Se fue elevando en espiral y yo seguí corriendo. La vi venir mirando por encima de mi hombro, me cayó justo en las manos y la sostuve hasta llegar a la línea de gol.

Entonces escuché a mi padre gritando “¡HENRY!”. Estaba parado en la puerta de casa. Le pasé la pelota a un compañero de equipo para que la pateara y fui a ver mi padre. Parecía enojado. Casi se le podía sentir la furia. Siempre adelantaba un pie poniéndose colorado, y la barriga le subía y le bajaba con el jadeo. Medía casi dos metros, y cuando se enojaba parecía todo orejas, nariz y boca. No se le veían los ojos.

-Bueno -me dijo-, ya estás bastante grande como para cortar el pasto, recortar los bordes, regarlo y regar las flores. Ya es hora de que hagas algo por la casa. ¡Ya es hora de que muevas tu puto culo!

-Pero estoy jugando al fútbol con los chiquilines. El sábado es el único día que puedo jugar en serio.

-¿Estás contestándome?

-No.

Mi madre nos observaba desde atrás de una cortina. Todos los sábados limpiaban la casa. Desempolvaban las alfombras y barnizaban los muebles. Sacaban y ponían las alfombras después de encerar, y ni siquiera se podía ver que el suelo estaba encerado.

Después me mostró la máquina de cortar el pasto y la tijera para podar que estaban en el caminero.

-Ahora vas a agarrar la máquina y a cortar para arriba y para abajo todo el pasto. Cuando se llene la bolsa la vaciás aquí. Cortás para un lado y después volvés por el otro. ¿Entendés? Primero vas de Norte a Sur y después de Este a Oeste. ¿Entendés?

-Sí.

-¡Y no pongas esa maldita cara de desgraciado o te voy a hacer sentir desgraciado de veras! Después que lo termines de cortar agarrá la tijera y cortá los bordes de abajo de los arbustos. ¡Cortá hasta la última hoja! ¡Tiene que quedar absolutamente parejo! ¿Entendés?

-Sí.

-Y cuando termines, agarrás esto.

Y me mostró una tijera más chica.

-…te arrodillás y vas cortando las hojas que sobresalgan. Entonces agarrás la manguera y regás los arbustos y las flores. Después dejás el regador quince minutos en cada parte del jardín. Y hacés lo mismo en el jardín de atrás. ¿Alguna pregunta?

-No.

-Bueno, ahora escuchá lo que voy a decirte. Apenas termines voy a salir a revisarlo todo. ¡Y NO QUIERO VER SOBRESALIR UNA HOJA EN NINGUNO DE LOS DOS JARDINES! ¡NI UNA HOJA! ¡Y SI VEO ALGUNA…!

Después se fue por el caminero hasta el porche, abrió la puerta, la cerró de un portazo y desapareció. Yo agarré la cortadora, la hice rodar y empecé a hacer la primera pasada, de Norte a Sur. Más abajo se oía jugar a los chiquilines.

Terminé de cortar el jardín de adelante. Regué las flores, puse el regador y me fui para el jardín del fondo. Terminé también con eso. No me daba cuenta si me sentía desgraciado. Me sentía demasiado miserable para ser desgraciado. Era como si todas las cosas se hubieran transformado en pasto y yo tuviera que abrirme camino a través de eso. No paraba de trabajar y de trabajar hasta que de repente me di por vencido. Aquello me iba a llevar horas, todo el día, mientras el partido se terminaba. Los chiquilines se irían a cenar, se terminaría el sábado y yo seguiría cortando el pasto.

Cuando empecé con el jardín de atrás vi a mi padre y a mi padre parados en el porche trasero, observándome. Estaban allí callados, sin moverse. En cierto momento, mientras empujaba la máquina, escuché que mi madre decía:

-Mirá, no suda como vos cuando cortás el pasto. Mirá lo tranquilo que parece.

-¿TRANQUILO? ¡NO ESTÁ TRANQUILO, ESTÁ MUERTO!

Y cuando pasé otra vez lo escuché gritarme:

-¡EMPUJALA MÁS RÁPIDO! ¡PARECÉS UN CARACOL!

La empujé más rápido. Era bravo, pero me hacía bien. Empecé a empujar cada vez más rápido. Ya casi iba corriendo. El pasto salía volando con tanta fuerza que muchas veces pasaba por arriba de la bolsa. Sabía que eso iba a hacerlo enojar.

-¡HIJO DE UNA GRAN PUTA! -gritó él.

Lo vi salir corriendo del porche hasta el garaje y salir con un rastrillo. Después vi de reojo cómo me lo tiraba. Lo único que hice fue esquivarlo. Me pegó en la parte de atrás de la pierna izquierda. Fue un dolor terrible. La pierna se me encogió y tuve que hacer fuerza para seguir caminando. Seguí empujando la máquina, tratando de no renguear. Cuando me di vuelta para cortar la otra parte del pasto, me encontré con el rastrillo. Lo agarré, lo puse al costado y seguí cortando. Cada vez sentía más dolor. Entonces mi padre se puso atrás mío.

-¡PARÁ!

Me paré.

-¡Quiero que vuelvas y recojas el pasto que desparramaste! ¿Entendés?

-Sí.

Mi padre volvió a entrar en casa. Se quedó mirándome al lado de mi madre, en el porche.

Lo último que tenía que hacer era recoger los pastitos que habían caído sobre la vereda y después regarla. Terminé de hacer eso, pero todavía no había puesto el regador en el jardín de atrás. Cuando llevé la manguera para colocarlo mi padre vino desde el porche.

-Antes de que empieces a regar, quiero asegurarme de que no dejaste ninguna hoja sin cortar.

Fue hasta el medio del fondo, y bajó la cabeza poniéndose en cuatro patas para buscar alguna hoja que sobresaliera. Seguía torciendo el pescuezo y escrutando. Yo esperé.

-¡Ahá!

Se levantó de un salto y salió corriendo.

-¡MAMÁ! ¡MAMÁ!

Después entró en casa.

-¿Qué pasa?

-¡Encontré una hoja!

-¿Sí?

-¡Vení que te la muestro!

Y salió de casa a toda velocidad con mi madre atrás de él.

-¡Aquí! ¡Aquí! ¡Te la voy a mostrar!

Se puso en cuatro patas.

-¡Aquí está! ¡Y ahora veo dos!

Mi madre se agachó al lado de él. Yo me pregunté si se habían vuelto locos.

-¿Las ves? -dijo él. -¡Dos hojas! ¿Las ves?

-Sí, papá, las veo…

Se levantaron y mi madre se fue a casa. Mi padre me miró.

-Adentro…

Fui hasta el porche y entré en casa. Mi padre me seguía.

-Al baño…

Mi padre cerró la puerta.

-Bajate los pantalones.

Lo oí agarrar el cinturón de afilar. Todavía me dolía la pierna derecha. Tanto me daba, después de tantas palizas. El mundo estaba allá afuera indiferente a todo, así que tanto me daba. Había millones de personas allá afuera, perros, gatos, pájaros, edificios, calles, pero no me importaba. Sólo estábamos mi padre y el cuero de afilar, el baño y yo. Usaba aquel cuero para afilar la navaja de afeitar, y de mañana temprano yo le odiaba la cara blanca de espuma, cuando se paraba a afeitarse frente al espejo. El sonido del cinturón era plano y fuerte, y casi tan terrible como el dolor del golpe. El cinturonazo cayó otra vez. Era como si mi padre fuera una máquina de pegar. Yo me sentía adentro de una tumba. El cinturón me latigueó otra vez y pensé que seguramente era la última. Pero no fue la última. Me pegó otra vez. Yo no lo odiaba. No podía creerlo, simplemente, y me quería librar de eso. No podía llorar. Me sentía demasiado mal para llorar. Demasiado confundido. El cinturón me latigueó otra vez y al final se terminó. Yo me paré y esperé. Lo escuché colgar el cinturón.

-La próxima vez -dijo-, no quiero encontrar ni una hoja.

Lo escuché salir del baño. Cerró la puerta. Las paredes eran hermosas, la bañera era hermosa, el lavatorio y la cortina de la ducha eran hermosos, hasta el wáter era hermoso. Mi padre se había ido

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