EL
POLVO ENAMORADO SE DEPOSITA EN EL DULCE RÍO DE BARRO
Hugo
Giovanetti Viola
Reproducimos
la despedida escrita a Saúl Ibargoyen el 10 de enero, al otro día de del comienzo
de su gran aventura cósmica. Hoy, 22 de enero, partes de sus cenizas serán
esparcidas en la Plaza Ramírez, el lugar de festejo de la flotación invencible
de la diosa de las aguas primordiales.
Hermanito Saúl: estás mirándome, lo veo, / desde el plano
implacable donde moran / lineales los siempres, lineales los jamases. (…) yo
todavía sufro, y tú, ya no, jamás, hermano!
No hace mucho tiempo me
dijiste, en una de tus visitas anuales a Montevideo, que pensabas que de alguna
manera Vallejo fue no sólo un gran poeta sino
un gran sufridor, y creo que esa es
una definición perfecta para aplicarte ahora que, con el cielo entre los
dientes, acabás de embarcarte en la gran
aventura, como le llamaba Carl G. Jung a la muerte terrestre.
Y por eso te sigo
despidiendo con pedacitos del dolor del Cholo:
pero
yo sufro, como te digo, / dulcemente, recordando / lo que hubimos sufrido
ambos, a la muerte de ambos, / en la apertura de la doble tumba.
Y lo de dulcemente se
extiende hasta el 69, cuando nos ahuesó una hermandad que duró medio siglo pero
que desde el principio disfrutamos con un cariño
sin tiempo, para hablarlo en Paco Espínola.
Poesía, militancia,
copas, viajes y un tremendo transitar de escarabajos peloteros con cojones para
alquimizar el estiércol cotidiano y sonreír indoblegablemente desde la
calavera.
Sobre el filo de los 80,
cuando me enteré que en pleno exilio te tenían que operar delicadísimamente
porque estabas a punto de perder la vista, compuse el segundo poema que te
dediqué desde el Montevideo negro y lo titulé Ibargoyen:
Un
hombre se arrodilla para morder la tierra / con la media ceguera de su mirada
en ascuas. / Un hombre solo / muerde la canción en la sombra / con su hocico
radiante / como al único hueso que ha podido salvar / definitivamente de los
perros del oro.
Y lo cierto es que no
hubo torturadores fascistas ni ladradores de nuestra mismísima bandería
desgarrada que pudieran arrancarte de tu misión de luz.
Con los escribas que
nacieron para vivir de pie cronicando las variaciones del resplandor cósmico no
se jode, muchachos.
Y además fuiste un hombre
capaz de poetizar las intuiciones y las determinaciones con la elegancia y los güevos de un torero celeste,
como cuando al llegar a París me tapaste los ojos en el primer puente del Boul
Mich y me pediste que mirara de golpe hacia mi derecha y yo supe, contemplando
la todopoderosa irradiación numínica de Notre Dame, que tenía que quedarme a
vivir allí pasara lo que pasara y terminé por sumergirme en la adoración a una
Beatrice con la que pude aplastarle la cabeza al diablo.
Y dos años después, en Montevideo,
cuando eras mi responsable en la resistencia clandestina los milicos no te
pudieron hacer escupir ni vomitar ni cagar mi nombre y me salvé de ir preso. Así
que lo que te debo es mucho más que mucho,
hermanito.
Y ahora sólo me queda
parafrasear una palabra del eucarístico réquiem del Cholo: Hoy es más diferente todavía: / hoy sufro dulce, amargamente, / bebo tu
sangre en cuanto a Cristo el duro, / como tu hueso en cuanto a Cristo el suave,
/ porque te quiero, dos a dos, Saúl, / y casi lo podría decir, eternamente.

























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