domingo

SAÚL IBARGOYEN (1930 / 2019)


EL POLVO ENAMORADO SE DEPOSITA EN EL DULCE RÍO DE BARRO

Hugo Giovanetti Viola

Reproducimos la despedida escrita a Saúl Ibargoyen el 10 de enero, al otro día de del comienzo de su gran aventura cósmica. Hoy, 22 de enero, partes de sus cenizas serán esparcidas en la Plaza Ramírez, el lugar de festejo de la flotación invencible de la diosa de las aguas primordiales.

Hermanito Saúl: estás mirándome, lo veo, / desde el plano implacable donde moran / lineales los siempres, lineales los jamases. (…) yo todavía sufro, y tú, ya no, jamás, hermano!

No hace mucho tiempo me dijiste, en una de tus visitas anuales a Montevideo, que pensabas que de alguna manera Vallejo fue no sólo un gran poeta sino un gran sufridor, y creo que esa es una definición perfecta para aplicarte ahora que, con el cielo entre los dientes, acabás de embarcarte en la gran aventura, como le llamaba Carl G. Jung a la muerte terrestre.

Y por eso te sigo despidiendo con pedacitos del dolor del Cholo:

pero yo sufro, como te digo, / dulcemente, recordando / lo que hubimos sufrido ambos, a la muerte de ambos, / en la apertura de la doble tumba.

Y lo de dulcemente se extiende hasta el 69, cuando nos ahuesó una hermandad que duró medio siglo pero que desde el principio disfrutamos con un cariño sin tiempo, para hablarlo en Paco Espínola.

Poesía, militancia, copas, viajes y un tremendo transitar de escarabajos peloteros con cojones para alquimizar el estiércol cotidiano y sonreír indoblegablemente desde la calavera.

Sobre el filo de los 80, cuando me enteré que en pleno exilio te tenían que operar delicadísimamente porque estabas a punto de perder la vista, compuse el segundo poema que te dediqué desde el Montevideo negro y lo titulé Ibargoyen:

Un hombre se arrodilla para morder la tierra / con la media ceguera de su mirada en ascuas. / Un hombre solo / muerde la canción en la sombra / con su hocico radiante / como al único hueso que ha podido salvar / definitivamente de los perros del oro.

Y lo cierto es que no hubo torturadores fascistas ni ladradores de nuestra mismísima bandería desgarrada que pudieran arrancarte de tu misión de luz.

Con los escribas que nacieron para vivir de pie cronicando las variaciones del resplandor cósmico no se jode, muchachos.

Y además fuiste un hombre capaz de poetizar las intuiciones y las determinaciones con la elegancia y los güevos de un torero celeste, como cuando al llegar a París me tapaste los ojos en el primer puente del Boul Mich y me pediste que mirara de golpe hacia mi derecha y yo supe, contemplando la todopoderosa irradiación numínica de Notre Dame, que tenía que quedarme a vivir allí pasara lo que pasara y terminé por sumergirme en la adoración a una Beatrice con la que pude aplastarle la cabeza al diablo.

Y dos años después, en Montevideo, cuando eras mi responsable en la resistencia clandestina los milicos no te pudieron hacer escupir ni vomitar ni cagar mi nombre y me salvé de ir preso. Así que lo que te debo es mucho más que mucho, hermanito.

Y ahora sólo me queda parafrasear una palabra del eucarístico réquiem del Cholo: Hoy es más diferente todavía: / hoy sufro dulce, amargamente, / bebo tu sangre en cuanto a Cristo el duro, / como tu hueso en cuanto a Cristo el suave, / porque te quiero, dos a dos, Saúl, / y casi lo podría decir, eternamente.

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