SIMPATÉTICA *
2.
MAGIA HOMEOPÁTICA O IMITATIVA (9)
El lector habrá observado que en algunos de los antedichos ejemplos de tabús
se da por supuesto que la influencia mágica opera a distancias considerables;
así, entre los indios “pies negros” tienen prohibido usar leznas o punzones las
mujeres y niños de la familia del cazador de águilas durante sus partidas de
caza, so pena de que sea atarazado por las águilas el padre o marido ausentes.
Tampoco se sacrificará ningún animal macho en la casa de un soldado malgache
mientras esté en la guerra, ante el temor de que la matanza del animal implique
la del hombre. Esta creencia en la influencia simpatética recíproca entre
personas y cosas a distancia es esencialmente mágica. Sean cuales fueren las
dudas que pueda tener la ciencia sobre las posibilidades de actuación a
distancia, la magia no las tiene: la fe en la telepatía es uno de sus primeros
principios. Un moderno creyente en la influencia a distancia de una mente sobre
otra no encontraría dificultad en convencer a un salvaje; el salvaje lo cree de
antiguo y, lo que es más, actúa en esa creencia con una lógica perseverante que
no tiene aun su civilizado hermano en la misma fe ni la muestra en la conducta,
al menos que nosotros sepamos. El salvaje está convencido, no sólo de que las
ceremonias mágicas afectan a personas y cosas lejanas, sino de que los actos
más sencillos de la vida diaria pueden también hacerlo del mismo modo. Por
esto, en las ocasiones importantes, la conducta de los amigos y parientes
distantes suele regularse por un código de reglas más o menos complicado y cuya
inobservancia por las personas a quienes obliga se cree que puede entrañar la
desgracia y hasta la muerte de los ausentes. En particular, cuando una partida
de hombres ha salido a cazar o pelear, es frecuente que sus allegados hagan en
casa ciertas cosas y se abstengan de hacer otras con el fin de garantizar el
éxito y la seguridad personal de los cazadores o guerreros ausentes. Daremos
ahora aquí unos cuantos ejemplos de ambos aspectos, positivo y negativo, de la
telepatía mágica.
Cuando un cazador de elefantes de Laos va a salir de caza, previene a su
mujer para que no se corte el pelo ni se unja el cuerpo durante su ausencia,
pues si se corta el pelo, el elefante romperá los lazos y si ella se engrasa el
cuerpo, el elefante se escurrirá de ellos. Cuando en una aldea dayaka los
habitantes salen a la selva a cazar jabalíes la gente que se queda en el
poblado no tocará agua ni grasa con las manos durante la ausencia de sus amigos;
si lo hicieran, los cazadores tendrían los “dedos pringosos” y en esas
condiciones la presa se les escurriría de entre las manos.
Los cazadores de elefantes del África Oriental creen que si sus mujeres les
son infieles durante su ausencia, esto dará poder a sus elefantes sobre sus
perseguidores, que serán muertos o heridos por esta causa y, por ello mismo, si
un cazador se entera de la mala conducta de su mujer, abandona la caza y
regresa a su hogar. Si un cazador wagogo tiene mala suerte o es atacado por un
león, lo atribuirá a la mala conducta de su mujer y retornará a casa muy
encolerizado. Cuando él está cazando, ella no permite que nadie cruce por su
espalda ni permanezca de pie ante ella mientras está sentada, y tiene que
dormir boca abajo. Los indios moxos de Bolivia creían que si la mujer de un
cazador cometía infidelidad en su ausencia, aquel sería mordido por una
serpiente o un jaguar. Según esto, si tal accidente aconteciese, era seguro que
implicaba el castigo y con frecuencia la muerte de la mujer, fuese inocente o
culpable. Un pescador aleutiano de nutrias marinas piensa que no podrá matar un
solo animal si durante su ausencia es infiel su mujer o impúdica su hermana.
Los indios huicholes de México trataban como semidiós a una variedad de
cactos que produce al que la come una especie de éxtasis. Esta planta no se
criaba en su país y los hombres tenían que ir a buscarla todos los años,
haciendo un viaje de cuarenta y tres días. Mientras los hombres estaban de
viaje, las mujeres contribuían a la seguridad de sus maridos ausentes no
andando nunca de prisa y mucho menos corriendo. También procuraban asegurar con
su conducta los beneficios que trajo la forma de lluvias, buenas cosechas,
etc., se confiaba obtener de la misión sagrada. Con esta intención se sujetaban
a las restricciones más severas, parecidas a las impuestas sobre sus maridos.
Durante el tiempo que transcurría hasta que se celebraba el festival del cacto,
no se lavaban ellas ni ellos, salvo en ciertas ocasiones, y solamente con el
agua fría del país distante donde crecía la planta sagrada. También ayunaban
mucho, comían sin sal y estaban obligados a la más estricta abstinencia. Quien
desobedeciese estas leyes era castigado con enfermedades y, lo que es peor,
comprometía el resultado que todos se esforzaban en conseguir. Salud, suerte y
vida se lograban recogiendo el cacto, la calabaza del dios del fuego:
considerando que el fuego puro no podía beneficiar al que era impuro, hombres y
mujeres, no sólo permanecían castos todo ese tiempo, sino que también se debían
purgar de las manchas de sus pecados anteriores. Por esto, cuatro días después
de partir los hombres, se reunían las mujeres para confesar al abuelo fuego con
qué hombres habían tenido amores desde su niñez hasta entonces. No podían
omitir ni uno solo porque entonces los ausentes recolectores no podrían
conseguir ni un solo cacto. Así, para refrescar sus recuerdos, preparaba cada
cual una cuerda con tantos nudos como amantes tuvo e iba con ella al templo, donde
situándose frente al fuego, iba mencionando en voz alta y nombre tras nombre
los de los hombres que indicaba su cuerda. Una vez concluida su confesión,
arrojaba la cuerda al fuego y cuando el dios la había consumido en sus llamas
puras, sus pecados quedaban olvidados y ella se marchaba en paz. Desde ese
momento, las mujeres tenían aversión a los hombres y ni aun se permitían pasar
cerca de ellos. Los propios buscadores de cactos hacían en forma análoga una
limpieza a fondo de todas sus fragilidades. Por cada pecadillo hacían un nudo
en su respectiva cuerda y después de “declararlos a los cinco vientos”
entregaban el rosario de sus pecados al jefe, el cual lo quemaba en el fuego.

























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