domingo

ROBERTO JUARROZ: POESÍA Y CREACIÓN (2)


Diálogos con Guillermo Boido


René Menard menciona la posibilidad de que la poesía “habite orgánicamente” al poeta. ¿Ha experimentado usted algo semejante en relación con su propia obra?

Primero me preguntaría si la poesía habita al poeta o el poeta habita a la poesía. Otra vez una pregunta que probablemente no tenga respuesta. De cualquier modo, esa forma de habitación, sea como fuere, es incondicional.

Dicho de otro modo, es tan necesaria que sin ello uno siente que no existe. ¿Habitar orgánicamente? Interpreto que debe ser convertir ese algo en parte del propio organismo. Pero se me ocurre que no como un órgano más, sino como una fisiología. Si Menard quiere decir eso, me parece cierto.

Esto no significa que necesariamente la poesía debe teñir cada gesto, cada acto. El poeta es un hombre débil como todos. Por eso es más extraordinario que, en esa debilidad, pueda emerger este brote que parece mucho más fuerte que el terreno en el cual nace. Que a pesar de la debilidad y contra todas las resistencias sea posible generar algunas formas que den testimonio del hombre. Esta me parece una de las perspectivas más enriquecedoras, más irreemplazables de la poesía. Es verdad, el poeta es inseparable de su poesía. Pienso que podríamos proyectarlo en el sentido de lo orgánico y sospechar que la humanidad es inseparable de su poesía, aunque a veces no se dé cuenta de ello.

¿Cómo nace, cómo se desarrolla en usted el poema?

Creo que aquí hay que recurrir inevitablemente a alguna palabra que se refiera al misterio de la poesía. Por lo general, el poema nace en mí del encuentro inexplicable e insólito de dos palabras que no parecían poder reunirse. Esa sorpresiva conjunción entra, entonces, en un plano de contemplación activa. De ese modo se va integrando algo así como un organismo verbal, cuyo desarrollo exige una entrega total, una plena disponibilidad y una fidelidad sin atenuantes. Se trata de un proceso que debe hacer coincidir, dentro de una autonomía lo más amplia posible, la visión, la forma y el ser. Alguna vez traté de abarcar todo esto hablando de una explosión de ser por debajo del lenguaje.

Además me parece fundamental que cada elemento del poema sea generado por el anterior, pues sólo así cada palabra y cada silencio serán irremplazables. Desde luego, el sentido del poema no es una ley visible, o explicable, o conmutable por ninguna coherencia que pueda definirse. Se trata de una ilación o una necesidad que nos transporta a la más alta forma de verosimilitud: la que actúa en nosotros por la iluminación de otra zona de la realidad.

Hay, sin embargo, un proceso que sigue al nacimiento del poema, una etapa que podríamos llamar artesanal. Valéry decía que al poema nunca se lo termina, sino que se lo abandona, en el canasto de los papeles o bien en manos de un editor. Quisiera que hablase de esta etapa tal como usted la concibe.

La idea de artesanía se puede vincular con el hacer, casi material, o formal, o estructural, del poema. Y, por lo tanto, está relacionada con el aprendizaje de ese hacer. Aquí tendríamos que recordar aquello que decíamos hace poco: ¿es un oficio la poesía? Ya dijimos que no, que es mucho más que un oficio o una profesión. No es algo que se aprende en las escuelas, las universidades, ni siquiera en los talleres literarios ni en los maestros.

Esto no significa que la poesía sea una simple improvisación, o un don divino, o una inspiración en el sentido más o menos mágico de la palabra. Tampoco es un don innato: es un despertar. ¿Cuál es la ley que rige el que yo me despierte cada mañana? Pero, por otra parte, creo sí que la poesía tiene mucho de dominio o arte del lenguaje, y en este sentido es necesario aprender todo lo que constituye una especie de control o de conocimiento lo más profundo posible del manejo de este arte.

Lo que no se puede enseñar ni aprender es la esencia de la poesía, que no tiene nada que ver con la artesanía. Y me animaría a decir que tampoco tiene que ver con la inspiración. He aquí donde tenemos que apelar nuevamente a la vieja, a la remanida palabra: el misterio de la poesía, lo indecible, lo inexplicable de ella. Esa chispa, ese brote de imaginación que tenemos en cierto momento es realmente la esencia de la poesía.

¿Cómo es esto? Yo no lo sé, y no creo que nadie lo sepa. Por eso este tipo de reflexión que hacemos -y toda reflexión sobre la poesía- está basada en una serie de metáforas, de imágenes, para tratar de explicarnos lo que no podemos explicar. La única forma de hablar de los últimos alcances de todo esto es volverse metafóricos, es decir, hablar con símbolos.

¿En qué consistiría ese trabajo personal con el lenguaje, ese aprendizaje de lo que puede aprenderse sobre el lenguaje?

El lenguaje es prácticamente interminable y es en sí mismo un aprendizaje. Aquí sí tendríamos que hablar de lo que se aprende gradualmente: la multiplicidad de posibilidades que se abren en cada momento de la expresión y a la que seguramente se refería Valéry. Cuando se produce esa especie de iluminación primigenia, ese hecho inexplicable que es el nacimiento del poema, a uno se le ocurren con rapidez vertiginosa una serie de posibilidades. Por eso aquello de Baudelaire: corregir es más importante que hacer. Y esto significa que, en el mismo momento del hacer, surgen esas posibilidades. ¿Cómo elige uno entre ellas? Yo diría que otra vez estamos casi en lo esencial. Me parece extraordinariamente rica otra idea que tuvo Valéry al sospechar que no sería insensato publicar las diversas variaciones de un poema. Eso nos enseñaría bastante sobre el quehacer poético y lo que podríamos llamar vagamente la artesanía poética.

Entiendo que usted corrige mucho. La pregunta que se impone es: ¿en qué punto se detiene la corrección?

¿En qué momento uno siente que el poema puede ser dado a conocer? Para mí la corrección no termina nunca. Por eso entiendo aquello que dijo Picon acerca de que publicar es liberarse de un poema. ¿Significa esto que uno no puede ir más lejos con ese poema? ¿O que el poema puede transformarse en una insoportable obsesión como poema mismo porque uno entrevé las otras posibilidades de enriquecimiento? Un enriquecimiento, aclaremos, de la expresión en sí, del poema como hecho de lenguaje, como composición de palabras. Claro que es necesario resolverse, en algún momento, a abandonar el poema, como decía Valéry, porque somos frágiles, porque la perfectibilidad afecta la posibilidad de realizar algo y lo mata.

Así como hay una especie de auditor ideal de cada poema, que no podemos definir ni nombrar, quizá también podamos concebir algo así como un poema único, terminado. Estamos en lo imperfecto, en lo incompleto, pero ambicionamos lo perfecto, lo completo. Esa es la eterna paradoja humana. Tal vez debiéramos ambicionar el hallazgo de un poema que mereciera no ser abandonado nunca. Y, simultáneamente, la fuerza necesaria para no abandonarlo. ¿No subyace esto debajo de toda nuestra búsqueda?

Usted ha señalado fuentes de su poesía en sus lecturas. ¿Las reconoce también en otras formas del arte, como la música o la pintura?

Estoy seguro de que es así. He sentido siempre, y siento ahora, que sin el mundo de la música la vida no sería vivible. A mí la música me alimenta, me hace respirar, me consuela y me da realidad. Pero además, me da palabras para la poesía, las que no me da la literatura o el diccionario. Creo que no podría vivir un solo día sin la música, sin esa revelación de la realidad y del misterio que es la música. Me ocurre también, aunque no tanto, en relación con la pintura. Siento, por ejemplo, una afinidad profundísima con la obra de Paul Klee, porque en él se da una audacia sin límites en esa empresa de hurgar los matices más imperceptibles pero, al mismo tiempo, más esenciales de lo que es el hombre y lo que es la realidad. Y lo hace con una limpieza de visión, con una aventura de visión, como he encontrado en muy pocos.

Creo que debe haber, además, en estos creadores que me importan, otra cosa: la unión secreta, mística con lo infinito. Cierto estremecimiento final que, en lugar de sumergirse en una angustia exclusivamente personal, va a la transubstanciación que hace que todo se abrace con todo. Es lo que me parece reconocer en ciertos cuadros del Greco o de van Gogh o de Goya. Y también en la música de Bach, Mozart y Beethoven. En estos artistas se manifiesta, por otra parte, esa dimensión de la entrega total al hecho creador en la que el hombre se juega todo lo que es rompiéndose para ello si es necesario. Por eso siento que esa dimensión reviste un carácter ético profundo, no moralista barato. Lo siento en todo lo que es arte más o menos total, poesía más o menos total.

Quisiera proponer otra posible asociación con su obra: ciertas manifestaciones del cine y, en especial, el de Ingmar Bergman. Algunos lectores suyos han creído reconocer afinidades entre ambos.

He sentido siempre un interés muy particular por esa forma del lenguaje originada en nuestra época que es el cine. Las relaciones entre cine y poesía deben ser múltiples. Aclaro que no me parece válido extender el sentido de la poesía a otras artes, como a veces se hace. Sucede sí que la poesía, que es el corazón de la expresión humana, proyecta irradiaciones que a veces suelen tomar cuerpo o iluminar zonas de otras artes. He visto tal cosa en algunos creadores cinematográficos.

Recuerdo, a propósito, una observación de Machado cuando hace decir a Juan de Mairena que el cine le interesaría si se detuviese. ¿Cómo imaginar que el cine pueda detenerse, si es precisamente movimiento? Y, sin embargo, a veces ocurre. A veces el cine se detiene un momento en la hondura del hombre y la realidad, y escarba allí con sentido creador utilizando los elementos propios de su lenguaje. Son momentos de excepción en que el cine se concentra, se detiene en la realidad, y es allí donde, en efecto, percibo una afinidad entre las búsquedas de mi poesía y un cine como puede ser el de Bergman. Con un lenguaje verdaderamente original, Bergman ha tenido el valor, la plenitud insólita e inédita de lanzar el cine a bucear en ciertas zonas interiores y ciertas reacciones íntimas de la conciencia como se da en pocas artes y en pocos creadores. En otros, el manejo de la imagen cinematográfica suele ser un inconveniente para la penetración aguda en la interioridad del hombre: la imagen se queda en imagen, que puede ser muy bella, pero que no cala en lo hondo. Por el contrario, creo que la grandeza de un Bergman consiste en haber arrojado la imagen hacia la profundidad del hombre.

Su primer libro sorprende por la madurez del lenguaje, es decir, como algo definitivo, sólido. No es usual.

No quise apresurarme a publicar. No se escribe para publicar sino para vivir. Aunque sea transitorio, vivir es la dimensión definitiva del hombre, y la poesía es el culto de esa dimensión. Por eso su extrema y auténtica gravedad. Y por eso tal vez pudo decir Manuel Bandeira: Yo hago mi poesía como quien muere.

En mi caso personal, he tenido siempre la misma sensación con respecto a lo que podemos llamar la obra o la expresión o la poesía, y es que se trata de algo así como un organismo vivo, que crece, madura y en algún momento -por natural necesidad- se manifestará, si es que tiene que hacerlo. Pienso que uno de los riesgos que corremos, tal vez por nerviosidad o por otros valores que en algún momento seducen, es apresurarnos, es dar algo sin que ese algo haya crecido con la naturalidad de las cosas que importan. Recuerdo que lo conversábamos con Antonio Porchia, y él tenía siempre una frase: No se apuren, nunca se apuren.

¿En qué no hay que apurarse? Diría que no hay que apurarse, entre otras cosas, en creerse poeta, o creador, o suponerse alguien más o menos original antes de tiempo. Claro, usted me podría cuestionar si en algún momento está justificado que nos sintamos eso. Es probable que no. Hace poco pensaba que tal vez sea importante, como alguien lo dijo alguna vez, sentirse permanentemente en los comienzos. Y sin embargo, y a pesar de sentirse permanentemente en los comienzos, hay un instante en que ese comienzo -de un modo un poco misterioso- se justifica, es decir, uno siente que debe salir. Por otro lado el manejo del lenguaje…

Cuando uno ha ido aprendiendo ese humilde, ese tremendo oficio de ir armando las palabras, de no conformarse con el valor de mercado de las palabras, de no resignarse a las palabras como instrumentos desgastados, ni siquiera como instrumentos, sino también sentirlas como seres vivos, reconocerlas como pequeños animales que tenemos en las manos o en la boca o en el alma, entonces el manejo o la entrega a todo eso es algo muy decisivo, muy grave, porque no admite la superficialidad, el apuro.

Por otra parte, creo que enseña mucho la lectura -si fuera posible, de toda la poesía que se ha escrito-, y esto lleva tiempo. Enseña mucho ir reconociendo el porqué de cada uno de los movimientos del lenguaje, de la poesía, de la expresión humana. Creo que todo ello configura una especie de meditación del lenguaje, de contemplación del lenguaje, y que esto permite sentir otra cosa (y no se trata de una falta de humildad): reconocer también dónde el lenguaje ha sido desperdiciado, dónde había muchas cosas que sobraban en aquello que nos sedujo en un momento determinado. Llegar a entender que en la poesía del mundo, en profundidad, cada verdadero poeta logra unas pocas cosas rodeadas por muchas otras que no interesan en absoluto.

Y esto va configurando un aprendizaje, una actitud ante el lenguaje y ante la poesía. Claro que aquí se presenta una pregunta inevitable: ¿qué puede hacer el hombre, qué puede no hacer? Porque la poesía supone una articulación muy compleja entre lo hecho y lo no hecho, lo dicho y lo no dicho. Y entre otras cosas que el hombre puede hacer, y en este sentido no hacer, me parece que pocas son tan trascendentes, tan definidoras del ser humano como llevar la palabra a su extremo, a su última posibilidad de configurar, crear o expresar algo. Hay en el fondo de esto un acto de fe muy profundo en que la experiencia humana, por muy desnuda que sea, se enriquece con esa otra forma de la experiencia que es el lenguaje y la poesía.

Quisiera concluir esta segunda parte con una pregunta de carácter personal, no ya referida a las complejas relaciones entre el poeta y la poesía, sino al papel que ella ha jugado en su vida. Es decir: ¿qué ha significado, qué significa para usted la poesía?

La mayor plenitud posible de la vida a la que yo pueda acceder. No conozco, como experiencia vital, ninguna intensidad mayor. La poesía es mi identidad.

(Ediciones Carlos Lohlé / Buenos Aires – Argentina / Primera edición, marzo de 1980)

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