Diálogos
con Guillermo Boido
René
Menard menciona la posibilidad de que la poesía “habite orgánicamente” al
poeta. ¿Ha experimentado usted algo semejante en relación con su propia obra?
Primero me preguntaría si
la poesía habita al poeta o el poeta habita a la poesía. Otra vez una pregunta
que probablemente no tenga respuesta. De cualquier modo, esa forma de
habitación, sea como fuere, es incondicional.
Dicho de otro modo, es
tan necesaria que sin ello uno siente que no existe. ¿Habitar orgánicamente?
Interpreto que debe ser convertir ese algo en parte del propio organismo. Pero
se me ocurre que no como un órgano más, sino como una fisiología. Si Menard
quiere decir eso, me parece cierto.
Esto no significa que
necesariamente la poesía debe teñir cada gesto, cada acto. El poeta es un hombre
débil como todos. Por eso es más extraordinario que, en esa debilidad, pueda
emerger este brote que parece mucho más fuerte que el terreno en el cual nace. Que
a pesar de la debilidad y contra todas las resistencias sea posible generar
algunas formas que den testimonio del hombre. Esta me parece una de las
perspectivas más enriquecedoras, más irreemplazables de la poesía. Es verdad,
el poeta es inseparable de su poesía. Pienso que podríamos proyectarlo en el
sentido de lo orgánico y sospechar que la humanidad es inseparable de su
poesía, aunque a veces no se dé cuenta de ello.
¿Cómo
nace, cómo se desarrolla en usted el poema?
Creo que aquí hay que
recurrir inevitablemente a alguna palabra que se refiera al misterio de la
poesía. Por lo general, el poema nace en mí del encuentro inexplicable e
insólito de dos palabras que no parecían poder reunirse. Esa sorpresiva
conjunción entra, entonces, en un plano de contemplación activa. De ese modo se
va integrando algo así como un organismo verbal, cuyo desarrollo exige una
entrega total, una plena disponibilidad y una fidelidad sin atenuantes. Se
trata de un proceso que debe hacer coincidir, dentro de una autonomía lo más
amplia posible, la visión, la forma y el ser. Alguna vez traté de abarcar todo
esto hablando de una explosión de ser por debajo del lenguaje.
Además me parece
fundamental que cada elemento del poema sea generado por el anterior, pues sólo
así cada palabra y cada silencio serán irremplazables. Desde luego, el sentido
del poema no es una ley visible, o explicable, o conmutable por ninguna
coherencia que pueda definirse. Se trata de una ilación o una necesidad que nos
transporta a la más alta forma de verosimilitud: la que actúa en nosotros por
la iluminación de otra zona de la realidad.
Hay,
sin embargo, un proceso que sigue al nacimiento del poema, una etapa que
podríamos llamar artesanal. Valéry decía que al poema nunca se lo termina, sino
que se lo abandona, en el canasto de los papeles o bien en manos de un editor.
Quisiera que hablase de esta etapa tal como usted la concibe.
La idea de artesanía se
puede vincular con el hacer, casi material, o formal, o estructural, del poema.
Y, por lo tanto, está relacionada con el aprendizaje de ese hacer. Aquí
tendríamos que recordar aquello que decíamos hace poco: ¿es un oficio la
poesía? Ya dijimos que no, que es mucho más que un oficio o una profesión. No
es algo que se aprende en las escuelas, las universidades, ni siquiera en los
talleres literarios ni en los maestros.
Esto no significa que la
poesía sea una simple improvisación, o un don divino, o una inspiración en el
sentido más o menos mágico de la palabra. Tampoco es un don innato: es un
despertar. ¿Cuál es la ley que rige el que yo me despierte cada mañana? Pero,
por otra parte, creo sí que la poesía tiene mucho de dominio o arte del
lenguaje, y en este sentido es necesario aprender todo lo que constituye una
especie de control o de conocimiento lo más profundo posible del manejo de este
arte.
Lo que no se puede
enseñar ni aprender es la esencia de la poesía, que no tiene nada que ver con
la artesanía. Y me animaría a decir que tampoco tiene que ver con la
inspiración. He aquí donde tenemos que apelar nuevamente a la vieja, a la
remanida palabra: el misterio de la poesía, lo indecible, lo inexplicable de
ella. Esa chispa, ese brote de imaginación que tenemos en cierto momento es
realmente la esencia de la poesía.
¿Cómo es esto? Yo no lo
sé, y no creo que nadie lo sepa. Por eso este tipo de reflexión que hacemos -y toda
reflexión sobre la poesía- está basada en una serie de metáforas, de imágenes,
para tratar de explicarnos lo que no podemos explicar. La única forma de hablar
de los últimos alcances de todo esto es volverse metafóricos, es decir, hablar
con símbolos.
¿En
qué consistiría ese trabajo personal con el lenguaje, ese aprendizaje de lo que
puede aprenderse sobre el lenguaje?
El lenguaje es
prácticamente interminable y es en sí mismo un aprendizaje. Aquí sí tendríamos
que hablar de lo que se aprende gradualmente: la multiplicidad de posibilidades
que se abren en cada momento de la expresión y a la que seguramente se refería
Valéry. Cuando se produce esa especie de iluminación primigenia, ese hecho
inexplicable que es el nacimiento del poema, a uno se le ocurren con rapidez
vertiginosa una serie de posibilidades. Por eso aquello de Baudelaire: corregir
es más importante que hacer. Y esto significa que, en el mismo momento del
hacer, surgen esas posibilidades. ¿Cómo elige uno entre ellas? Yo diría que
otra vez estamos casi en lo esencial. Me parece extraordinariamente rica otra
idea que tuvo Valéry al sospechar que no sería insensato publicar las diversas
variaciones de un poema. Eso nos enseñaría bastante sobre el quehacer poético y
lo que podríamos llamar vagamente la artesanía poética.
Entiendo
que usted corrige mucho. La pregunta que se impone es: ¿en qué punto se detiene
la corrección?
¿En qué momento uno
siente que el poema puede ser dado a conocer? Para mí la corrección no termina
nunca. Por eso entiendo aquello que dijo Picon acerca de que publicar es
liberarse de un poema. ¿Significa esto que uno no puede ir más lejos con ese
poema? ¿O que el poema puede transformarse en una insoportable obsesión como
poema mismo porque uno entrevé las otras posibilidades de enriquecimiento? Un
enriquecimiento, aclaremos, de la expresión en sí, del poema como hecho de
lenguaje, como composición de palabras. Claro que es necesario resolverse, en
algún momento, a abandonar el poema, como decía Valéry, porque somos frágiles,
porque la perfectibilidad afecta la posibilidad de realizar algo y lo mata.
Así como hay una especie
de auditor ideal de cada poema, que no podemos definir ni nombrar, quizá
también podamos concebir algo así como un poema único, terminado. Estamos en lo
imperfecto, en lo incompleto, pero ambicionamos lo perfecto, lo completo. Esa
es la eterna paradoja humana. Tal vez debiéramos ambicionar el hallazgo de un poema
que mereciera no ser abandonado nunca. Y, simultáneamente, la fuerza necesaria para
no abandonarlo. ¿No subyace esto debajo de toda nuestra búsqueda?
Usted
ha señalado fuentes de su poesía en sus lecturas. ¿Las reconoce también en
otras formas del arte, como la música o la pintura?
Estoy seguro de que es
así. He sentido siempre, y siento ahora, que sin el mundo de la música la vida
no sería vivible. A mí la música me alimenta, me hace respirar, me consuela y
me da realidad. Pero además, me da palabras para la poesía, las que no me da la
literatura o el diccionario. Creo que no podría vivir un solo día sin la
música, sin esa revelación de la realidad y del misterio que es la música. Me
ocurre también, aunque no tanto, en relación con la pintura. Siento, por
ejemplo, una afinidad profundísima con la obra de Paul Klee, porque en él se da
una audacia sin límites en esa empresa de hurgar los matices más imperceptibles
pero, al mismo tiempo, más esenciales de lo que es el hombre y lo que es la
realidad. Y lo hace con una limpieza de visión, con una aventura de visión,
como he encontrado en muy pocos.
Creo que debe haber,
además, en estos creadores que me importan, otra cosa: la unión secreta,
mística con lo infinito. Cierto estremecimiento final que, en lugar de
sumergirse en una angustia exclusivamente personal, va a la transubstanciación
que hace que todo se abrace con todo. Es lo que me parece reconocer en ciertos
cuadros del Greco o de van Gogh o de Goya. Y también en la música de Bach,
Mozart y Beethoven. En estos artistas se manifiesta, por otra parte, esa
dimensión de la entrega total al hecho creador en la que el hombre se juega
todo lo que es rompiéndose para ello si es necesario. Por eso siento que esa
dimensión reviste un carácter ético profundo, no moralista barato. Lo siento en
todo lo que es arte más o menos total, poesía más o menos total.
Quisiera
proponer otra posible asociación con su obra: ciertas manifestaciones del cine y,
en especial, el de Ingmar Bergman. Algunos lectores suyos han creído reconocer
afinidades entre ambos.
He sentido siempre un
interés muy particular por esa forma del lenguaje originada en nuestra época
que es el cine. Las relaciones entre cine y poesía deben ser múltiples. Aclaro
que no me parece válido extender el sentido de la poesía a otras artes, como a
veces se hace. Sucede sí que la poesía, que es el corazón de la expresión
humana, proyecta irradiaciones que a veces suelen tomar cuerpo o iluminar zonas
de otras artes. He visto tal cosa en algunos creadores cinematográficos.
Recuerdo, a propósito,
una observación de Machado cuando hace decir a Juan de Mairena que el cine le
interesaría si se detuviese. ¿Cómo imaginar que el cine pueda detenerse, si es precisamente
movimiento? Y, sin embargo, a veces ocurre. A veces el cine se detiene un momento
en la hondura del hombre y la realidad, y escarba allí con sentido creador
utilizando los elementos propios de su lenguaje. Son momentos de excepción en
que el cine se concentra, se detiene en la realidad, y es allí donde, en
efecto, percibo una afinidad entre las búsquedas de mi poesía y un cine como
puede ser el de Bergman. Con un lenguaje verdaderamente original, Bergman ha
tenido el valor, la plenitud insólita e inédita de lanzar el cine a bucear en
ciertas zonas interiores y ciertas reacciones íntimas de la conciencia como se
da en pocas artes y en pocos creadores. En otros, el manejo de la imagen
cinematográfica suele ser un inconveniente para la penetración aguda en la
interioridad del hombre: la imagen se queda en imagen, que puede ser muy bella,
pero que no cala en lo hondo. Por el contrario, creo que la grandeza de un
Bergman consiste en haber arrojado la imagen hacia la profundidad del hombre.
Su
primer libro sorprende por la madurez del lenguaje, es decir, como algo
definitivo, sólido. No es usual.
No quise apresurarme a
publicar. No se escribe para publicar sino para vivir. Aunque sea transitorio,
vivir es la dimensión definitiva del hombre, y la poesía es el culto de esa
dimensión. Por eso su extrema y auténtica gravedad. Y por eso tal vez pudo
decir Manuel Bandeira: Yo hago mi poesía
como quien muere.
En mi caso personal, he
tenido siempre la misma sensación con respecto a lo que podemos llamar la obra
o la expresión o la poesía, y es que se trata de algo así como un organismo vivo,
que crece, madura y en algún momento -por natural necesidad- se manifestará, si
es que tiene que hacerlo. Pienso que uno de los riesgos que corremos, tal vez
por nerviosidad o por otros valores que en algún momento seducen, es
apresurarnos, es dar algo sin que ese algo haya crecido con la naturalidad de
las cosas que importan. Recuerdo que lo conversábamos con Antonio Porchia, y él
tenía siempre una frase: No se apuren,
nunca se apuren.
¿En qué no hay que
apurarse? Diría que no hay que apurarse, entre otras cosas, en creerse poeta, o
creador, o suponerse alguien más o menos original antes de tiempo. Claro, usted
me podría cuestionar si en algún momento está justificado que nos sintamos eso.
Es probable que no. Hace poco pensaba que tal vez sea importante, como alguien
lo dijo alguna vez, sentirse permanentemente en los comienzos. Y sin embargo, y
a pesar de sentirse permanentemente en los comienzos, hay un instante en que
ese comienzo -de un modo un poco misterioso- se justifica, es decir, uno siente
que debe salir. Por otro lado el manejo del lenguaje…
Cuando uno ha ido
aprendiendo ese humilde, ese tremendo oficio de ir armando las palabras, de no
conformarse con el valor de mercado de las palabras, de no resignarse a las
palabras como instrumentos desgastados, ni siquiera como instrumentos, sino
también sentirlas como seres vivos, reconocerlas como pequeños animales que
tenemos en las manos o en la boca o en el alma, entonces el manejo o la entrega
a todo eso es algo muy decisivo, muy grave, porque no admite la
superficialidad, el apuro.
Por otra parte, creo que
enseña mucho la lectura -si fuera posible, de toda la poesía que se ha
escrito-, y esto lleva tiempo. Enseña mucho ir reconociendo el porqué de cada uno
de los movimientos del lenguaje, de la poesía, de la expresión humana. Creo que
todo ello configura una especie de meditación del lenguaje, de contemplación del
lenguaje, y que esto permite sentir otra cosa (y no se trata de una falta de
humildad): reconocer también dónde el lenguaje ha sido desperdiciado, dónde
había muchas cosas que sobraban en aquello que nos sedujo en un momento
determinado. Llegar a entender que en la poesía del mundo, en profundidad, cada
verdadero poeta logra unas pocas cosas rodeadas por muchas otras que no
interesan en absoluto.
Y esto va configurando un
aprendizaje, una actitud ante el lenguaje y ante la poesía. Claro que aquí se
presenta una pregunta inevitable: ¿qué puede hacer el hombre, qué puede no
hacer? Porque la poesía supone una articulación muy compleja entre lo hecho y
lo no hecho, lo dicho y lo no dicho. Y entre otras cosas que el hombre puede
hacer, y en este sentido no hacer, me parece que pocas son tan trascendentes,
tan definidoras del ser humano como llevar la palabra a su extremo, a su última
posibilidad de configurar, crear o expresar algo. Hay en el fondo de esto un
acto de fe muy profundo en que la experiencia humana, por muy desnuda que sea,
se enriquece con esa otra forma de la experiencia que es el lenguaje y la
poesía.
Quisiera
concluir esta segunda parte con una pregunta de carácter personal, no ya
referida a las complejas relaciones entre el poeta y la poesía, sino al papel
que ella ha jugado en su vida. Es decir: ¿qué ha significado, qué significa para
usted la poesía?
La mayor plenitud posible
de la vida a la que yo pueda acceder. No conozco, como experiencia vital,
ninguna intensidad mayor. La poesía es mi identidad.
(Ediciones Carlos Lohlé / Buenos Aires – Argentina / Primera edición, marzo de 1980)

























No hay comentarios:
Publicar un comentario