(leyenda para peques)
Oso Blanco quiso saber qué había más allá de los hielos.
Su curiosidad lo llevó a caminar hasta donde terminaba la nieve y allí encontró una verde pradera.
Distinguió a lo lejos la silueta azulada del bosque desdibujado por la niebla y aquella sombra jamás vista en el polo lo atrajo poderosamente.
Ya era de noche cuando llegó a la floresta.
Una enorme luna llena alumbraba el paisaje con claridad deslumbrante y la gracia de su luz hacía que las gotas de rocío parecieran perlas en los pétalos de las flores.
El perfume de los pinos y las hierbas aromáticas jugaba en el viento.
Oso escuchaba misteriosos murmullos en los árboles y sentía que había magia anidando en las ramas.
Su corpulenta silueta se destacaba en el sortilegio lunar y el sedoso pelaje ondeaba con su andar acompasado y lento.
Sintió calor, entró en el río y se quedó en medio de la corriente tan quieto como una roca.
Entonces los seres de la naturaleza vinieron a la fiesta del agua. Unos volaban formando chispeantes diademas que se encendían y apagaban. Otros se deslizaban por la superficie del cauce llamando a las sirenas dormidas en cunas de arenas y algas que llegaron vestidas de nácar y soplando caracolas rosadas.
Las hadas se columpiaban en hamacas de juncos al compás de las melodías de sus flautas de oro.
Oso escuchaba quietamente enamorado los silbidos, las risas y el sonar de las panderetas y las arpas.
Uno de los duendes creyó que era una gran piedra y llamó a sus hermanos para que patinaran junto con las hadas, haciéndole muchas cosquillas en el lomo.
Entonces Oso se levantó se levantó de repente y sus pelos formaron una lluvia de plata a su alrededor.
La luna quedó asombrada con su belleza y quiso llevárselo con ella, pero antes de que lo convirtiera en una constelación él le pidió que lo dejara volar junto con la música y la risa de los peques y las peques, para no sentirse tan solo en el espacio.
Concedido ese deseo, guardó los sonidos en un baúl y se los llevó al cielo.
Ahora, en las noches muy claras podemos verlos delineados entre un millón de estrellas.
Y cuenta la leyenda que si alguna vez alguien pudiera ir a abrir la tapa del baúl, las sinfonías de los duendes y las hadas se derramarían por todo el universo

























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