(primera edición WEB elMontevideano Laboratorio de Artes / 1017)
XXI
La luna se hunde
y en la sonrisa tajante
las orquesta dejaron de sonar
y los altares dejaron de brillar.
Te busco en el ocaso
cargando mis huesos rotos
brazo podrido y borracho.
Ya no quiero este brillo
con el amor atado.
XXI
Cómo olvidar el goteo de mi agua santa
cómo olvidar el lengüeteo de la criatura alada
que nos separa del crepúsculo.
Cómo olvidar el calor de tu sien
que empapa con magia este invierno.
XXIII
Se levanta el inmortal para verme remontar.
Se levanta el inmortal desde su risa.
Se levanta desde su llanto para ayudarme a acostar.
XIV
Se encorva tu postura de oro al atardecer.
Corrés del vitró atado que te sigue sin parar
y allá donde aumenta el silencio del hachazo
y el ruido sordo del nudo en el cuello
la mujer me acaricia a través del tumulto de oro.
XXV
Uno debe separarse del incrustado sol en el pecho
del camino que alquitrana
y de la dulce moharra ensartadora de penas.
XXVI
Hombre muerto caminando
con la señal de Dios en la mano.
Iluminando mi odio.
Hombre bueno caminando
fraguado en polvos humanos
por el valle de la lágrima.
Con el rosario en la boca.
Hombre muerto y su señal
fraguada en humos de plata
besando el rostro del cielo.
XXVII
Paso a paso
quebrando el toro de plata de la opresión
el grillete salió volando por la ventana
y mis piernas se alzan al cielo
el sombrero regalado vuelve a mi mano
cubierto de sangre de paloma blanca
los cuervos no prestan la sangre
el anillo de juguete que regalé
vuelve a mi mano en forma de oro
en forma de libertad
y aunque este acto no diga nada
las palabras ya están escritas
con la tinta de sangre caída del cielo.
XXVIII
Voy por los caminos del silencio
hasta que me doy cuenta
de que un rayo quebró mi pensar.
Entonces doy fe ciega a lo que está por venir
entibio y friego mis manos
me encorvo
y escribo
a Dios.
XIX
La casa de metal me lleva hasta el fin
la ultra violencia del diablo palpita en mi frente
el piso esclavo de todo un poder que ejerce la voz
la voz de Dios.
Hay fluidez de aire estancado
que presta su atención al núcleo final
de la destrucción.
XXX
Entra el gélido gemido del viento por los caños.
¿Quién quiere entrar a mi corazón?
Porque quiero que sepan
que duermo con mi oro al costado.
¿Vienen a robarme mis poemas?
Porque quiero que sepan el lector o el viento endemoniado
que los parí
en el cuartel artiguista de la calle Lepanto.

























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