domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (24)


V (1)

Era domingo en las enaguas almidonadas de las chinas; era domingo en el pañuelo blanco, rojo o celeste que engalanaba a los hombres; era domingo en el caballo enjaezado con primor… Domingo en la lustrada bota, en la espuela reluciente, en la crin recién usada de los pingos. Era domingo en el camino trillado y en el vaso de caña servido hasta los topes. Era domingo en los palenques, cruzados de cabestros. Domingo en la veleidosa taba dando tumbos en el aire y en la cantada apuesta corajuda. Domingo ruidoso en los cintos gordos de patacones. Domingo ruidoso en el moño primoroso, oscilante en las trenzas, secreto en los corpiños. Domingo tendido sobre los mostradores, bañados de vino. Domingo en el chaschás de las bolas de billar y en la confusión gárrula de los tacos. Domingo en la carcajada y en las palabras sin control. Y domingo en la seriedad responsable del comisario, en la preocupación avarienta del bolichero y en las artimañas celestinescas de la Mandamás.

“La lechuza” -veinte casas a lo largo del camino- era un caserío para los domingos. Tres o cuatro boliches en cuyos palenques alardeaban filas de cabalgaduras de todos los pelajes, de todas las marcas. Las colas inquietas, alzaban nubes de moscas, y el piso, verde de bosta fresca, ponía una nota de color en la tierra pardusca y árida.

Volantas, sulkies y jardineras, próximos a una enramada, de techo raído por los vientos.

El boliche más frecuentado era una casa baja, la fachada de un rosa desteñido. A la derecha, maizales. A la izquierda, la cancha de carreras. Quinientos metros aplanados, donde se abría un trillo polvoriento: el andarivel.

Los ponchillos de verano aleteaban en la puerta del boliche y bajo de ellos se movía la mano que registra el cinto, sube la bombacha caída o palpa la culata del revólver o el mango del cuchillo. A los borrachos se los desarma. A los ricos se les respeta el derecho de permanecer armados.

A pocos pasos de la pulpería, próximo a un rancho de totora, manipuleaba un par de gatos barcinos un personaje llamativo. Vestía camisa roja, bombacha azul y alegraba su cabeza de negro motudo un chambergo de paja, cuya ala estaba unida a la copa por un broche dorado. Se llamaba Paujuán.

Con una carcajada de loco atraía a los habitantes de los ranchos que no concurrían al boliche. Como era oriundo del Brasil, explicaba en una jerga pintoresca la utilidad de los gatos.

La concurrencia, mujeres y niños en su mayoría, se mostraba incrédula. Paujuán presentábales las carreras de gatos y hacía un formal desafío a los felinos de “La lechuza”.

Las carcajadas del negro atrajeron público. Mientras preparaba la cancha, lanzaba pullas, zahería a alguien, bromeaba con los “gurises”.

Se había formado una rueda de curiosos. Demoraba exprofeso para atraer a la gente.

Desembolsó por fin la pareja de gatos enardecidos, con la que tres o cuatro veces había amenazado a los circunstantes.

De la pareja, uno era rabón, con las orejas cortadas. De no entrar el maullido en su cuerpo, como entraba, largo y lamentable, la gente hubiese dudado de que se trataba de un gato.

Paujuán sacó del bolsillo un reseco marlo de choclo y, dejándolo caer, cogió por la cola al otro gato. Lo levantó en el aire y fue acercándolo poco a poco al marlo. Furioso el animalejo, estiraba las patas, armadas las uñas, buscando algo de qué prenderse. Con un manotón, alcanzó el marlo y el enfurecido animal llevóselo a la boca, hundiendo en él sus colmillos. La escena duró unos instantes, hasta que el negro sonrió, sentenciando:

-Istá furioso.

Soltó el gato dentro de la bolsa, donde maullaba el compañero rabón. Ante la expectativa de muchos -ya aumentada considerablemente la concurrencia- comenzó a desenvolver un ovillo de gruesa cuerda. Arregló cuatro estacas y, clavándolas a cierta distancia, preguntó si en el boliche había gatos. Unos chicos comedidos trajeron al momento dos ejemplares negros que maullaban amenazados por los perros.

Al verlos, el negro opinó que estaban muy gordos y pesados para correr.

Los paisanos lo observaban. Matacabayo y Secundina se acercaron a curiosear.

Colocadas las estacas una frente a otra, a una distancia de diez pasos largos, unió las dos primeras con la piola. Luego hizo la misma operación con las restantes.

La expectativa se fue haciendo cada vez mayor. Aparecieron dos chicos más, con sendos felinos. A uno y otro lado del negro maullaban gatos de varios pelajes. Miserables sarnosos.

Terminada la tarea de extender las líneas, exclamó:

-Bueno… Isto es para mis bichinhos… A la segunda volta eu desafío a todos os gatos de “La lechuza”.

Se apretó más aun la rueda. En el centro, el negro se sentía admirado. Resaltaban espectaculares, su camisa roja y su bombacha azul.

El negro se encaminó con el gato rabón hacia una de las estacas. Un collar de trapo se ajustaba alrededor del pescuezo del animal. En el mismo, una argolla, en la cual ensartó la piola, que volvió a atar fuertemente a la estaca. Así amarrado, el rabón se quedó quietecito maullando.

Con el otro felino hizo igual operación. Como a los gallos antes de entrar en el reñidero, trató de enfurecerlo con el marlo.

Cada gato en la estaca correspondiente y en medio el negro, con el saco de arpillera en la mano.

-¡Bueno, hay que apostar! -gritó. Y, encarándose con Matacabayo, lo interrogó-: ¿A quien aposta, o sinhor?

-Hacelo correr, nomás… Dispués apostamos.

-¡Ah no, sinhor! ¡Dinheiro, dinheiro!

Dos paisanos quisieron apostar entre sí.

-Voy al rabón.

-¡Yo voy al barcino coludo, cinco pesos!

Y uno del grupo que permanecía atento bromeó con el que ofrecía cinco pesos contra el rabón.

-¡Qué vas a apostar vos, si tenés la bolsa como buche de pavo rastrojero!

Un pavo que se alimenta en los rastrojos tiene el buche lleno de pajas inútiles. El herido con aquel dicho abarajó la broma y se adelantó:

-¡A vos mismo te los juego!

-¡Pero si no corren ni nada que se les parezca! -terció otro.

Ante la incredulidad de la gente, Paujuán, gran conocer de su público, creyó conveniente hacerlos correr para demostrar la forma como desempañaban los felinos.

-¡Eu vo facer una experiencia!
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