domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (20)


III (6)

Se quedaron silenciosos, respirando juntos. La mano de Clorinda iba y venía por la cicatriz de la espalda de Chaves, como si con ello se distrajese. Chaves seguía acariciándola sin articular palabra. Pasaron varios minutos sin ninguna variante. Clorinda pensaba en cosas lejanas. El cuerpo de Chaves le daba calor y se dejaba estar sin pedir más. El tropero, con la boca posada en el pescuezo de Clorinda, permanecía silencioso. Trataba en vano de reconstruir las escenas de acrobacia. Concentraba toda su imaginación, a fin de revivir los momentos cautivantes del circo. Quería tener en aquel instante el mismo deseo de posesión, de cuando veía a Clorinda sobre el caballo. Inútilmente esforzaba su imaginación. No podía. No sentía su cuerpo adueñado por el sortilegio de la acróbata. Pensó que pasándole la mano por los cabellos, tan seductores al verlos caídos sobre las espaldas, podría representarse la ansiada visión. Pero era imposible. Se le aparecían cosas vagas y lejanas, pensamientos absurdos, sin ninguna relación con lo anhelado. Aguardó unos minutos más, y en un momento creyó ver a la muchacha saltando sobre las ancas del tordillo, con sus piernas bien contorneadas, con la cabellera rubia al aire, con sus faldas de colores vivos. Encendido de deseo, volvió a reconstruir la escena y a acariciar a Clorinda, pero se esfumó de pronto la visión feliz y vio a un amigo suyo domando un potro del mismo pelo que el de la acróbata. Abrió los ojos y por la abertura de la carpa descubrió las estrellas. Fastidiado, sin advertirlo, repentinamente se incorporó.

-Bueno -dijo, como si saliese de una pesadilla-. ¡Dejame ir! Tomá esos pesos.

Clorinda, desde el suelo, bostezó ruidosamente y tendió  la mano.

Cuando Chaves palpó los billetes falsos, se detuvo sorprendido. Había olvidado por completo la farsa. Arrojó al suelo los pedazos de papel secante y, buscando en el cinto unos pesos:

-¡Tomá, pa comprarte algo!... ¡Me voy!... -dijo con rabia.

Apenas había dado unos pasos, cuando la mujer le chistó.

-¿Qué te pasa? -le preguntó-. ¿Qué tenés?... ¿Estás enfermo? ¡Hablá!

Chaves iba a encender un fósforo para dar fuego a un “charuto”, cuando se acordó de la orden.

-¿Qué te pasa?... ¿No podés decirme? ¿Tenés algo o no te gusto?...

El tropero enlutado bajó la mirada buscando el bulto de la mujer.

Ante su inexplicable silencio, insistió Clorinda:

-¿No te gusto? Hablá.

Y él respondió, fuera de sí:

-¡El finau no me deja!... ¡Maldito sea!... ¡Desde hace tiempo no puedo hacer!... No me deja, canejo, no me deja hacer!... ¡Maldito sea!...

Y salió al campo, haciendo sonar con rabia las espuelas en el yuyal, pisoteado por los que lo habían precedido.
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