domingo

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 85 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO TERCERO

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Era un día de primavera, los pájaros derramaban sus melodías de trinos, y los humanos, entregados a sus diversas ocupaciones, se bañaban en la santidad de la fatiga. Todo trabajaba en su destino; los árboles, los planetas, los escualos. ¡Todo, excepto el Creador! Estaba echado en el camino con las ropas destrozadas. Su labio inferior pendía como un cable somnífero; sus dientes no estaban lavados, y se entremezclaba el polvo con las ondas rubias de sus cabellos. Amodorrado por un irresistible sopor, molido por los guijarros, su cuerpo hacía esfuerzos inútiles para levantarse. Sus fuerzas lo habían abandonado, y yacía allí, débil como la lombriz de tierra, impasible como la corteza. Chorros de vino llenaban las huellas dejadas por los sobresaltos nerviosos de sus hombros. El embrutecimiento de hocico de cerdo lo cubría con sus alas protectoras, y le arrojaba una mirada amorosa. Sus piernas con los músculos flojos, barrían el suelo como dos mástiles ciegos. Manaba sangre de sus narices, pues al caer, su rostro había dado contra un poste… ¡Estaba borracho! ¡Horriblemente borracho! ¡Borracho como una chinche que ha sorbido durante la noche tres toneles de sangre! Llenaba el eco con palabras incoherentes que me cuidaré de repetir aquí; si el beodo supremo no se respeta, yo debo respeto a los hombres. ¿Sabíais que el Creador… se emborrachaba? ¡Piedad para ese labio manchado en las copas de la orgía!

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