domingo

WALT WHITMAN “SI NO ME ENCUENTRAS AL PRINCIPIO NO TE DESANIMES”


Por Emma Rodríguez © 2015

PRIMERA ENTREGA

Me canto a mí mismo, / y lo que yo acepto tú aceptarás, / pues cada átomo de mí también es parte de ti.

Así comienza el poema que abre Hojas de hierbade Walt Whitman, uno de esos libros célebres por su capacidad de transformación, de renovación, de marcada influencia en el devenir de la literatura. Despreciada en su día, criticada y mal entendida, nada volvió a ser igual en los senderos poéticos tras esta entrega del poeta vagabundo. ¿Qué se puede aportar sobre un autor del que tanto se ha dicho, de qué manera acercarse a una obra y a una figura míticas? Son preguntas que acuden a mí ahora que me propongo profundizar en una experiencia de lectura absolutamente gozosa.

Whitman era un murmullo lejano, un recorrido dejado atrás, nunca repetido. Whitman y sus Hojas de hierba eran una lectura distante, pero recordada, a la que ahora he regresado gracias a la publicación de Crónica de mí mismo, un volumen de cartas, en errata naturae, un sello con una capacidad especial para traer al presente textos y nombres de la literatura que nos ayudan a recuperar las brújulas, los ritmos perdidos. Ha sido ese ramillete de epístolas el que me ha impulsado a recobrar los versos y a sentirme partícipe del diálogo que Whitman abrió para sus lectores hace ya más de un siglo.

Ser partícipe de ese diálogo e intentar compartirlo desde la más absoluta humildad. He ahí la respuesta a mis preguntas. Cuando leemos a este hombre que fue capaz de crear una poesía nueva para un pueblo nuevo, para esos Estados Unidos, nación de naciones, que tantos sueños prometía, sentimos que no ha pasado el tiempo. Si dejamos atrás las referencias concretas a la época, las circunstancias políticas, que evidentemente son importantes y hay que tener en cuenta, resulta que estamos ante alguien que nos habla directamente, que nos mira a los ojos, que nombra con palabras cristalinas lo que sentimos, que nos abraza y nos sonríe, que nos hace ser conscientes de nuestra pequeñez y, al mismo tiempo, de nuestra grandeza, de nuestra capacidad para construir, en compañía de otros, sociedades más justas.

Whitman puede salir a nuestro encuentro en el parque por el que paseamos habitualmente; puede dirigir nuestra mirada hacia la belleza o el dolor que nos suelen pasar desapercibidos en el día a día. Es como si hubiese sabido que algún día íbamos a encontrarlo e íbamos a abrir las páginas de su libro, un libro que fue la obra de toda su vida, una obra en proceso, que creció con él y fue dando cuenta de sus distintas etapas, de su evolución como creador y como ser humano. Al final de ese primer poema de Hojas de hierba, titulado como el arranque de su verso inicial, Canto a mí mismo, lo dejó claro: “Si no me encuentras al principio no te desanimes, / si me pierdes en un lugar busca en otro, / me detendré en algún lugar a esperar por ti.


Pocas veces un poema nos produce tal estado de embriaguez y exaltación como éste en el que percibimos que nos hemos encontrado con alguien afín, alguien que supo que sus compañeros de viaje le aguardaban más allá de sus días, en el futuro, a través de espesas capas de tiempo, de generaciones. Cuando leemos a Walt Whitman apreciamos su cercanía, apreciamos su eternidad y su modernidad. Son las suyas hojas perennes que tomamos entre las manos como un legado. En ese canto a sí mismo, el poeta se retrata, se define, se siente un ser individual y a la vez se transforma en todos los seres que le rodean. Ese canto nos dice mucho de su capacidad de empatía, nos traslada al ayer y nos explica el ahora con tal lucidez que nos sobrecoge.

¿Los hombres y mujeres de a pie a los que se refiere Whitman no somos acaso los hombres y mujeres de estos comienzos del siglo XXI? ¿Cuándo habla de los esclavos fugitivos que acoge en su casa, de los inmigrantes, amontonados en el muelle o el embarcadero, que llegaban a América desde la empobrecida Europa para emprender una nueva vida, no nos está hablando acaso de tanta gente que hoy se ve obligada a dejar atrás sus países de origen, de los refugiados, de los exiliados, de los errantes?

Poeta de la democracia se ha dicho muchas veces de Whitman y, ciertamente, las ideas de libertad y de igualdad, tan en entredicho en las actuales democracias, planean sobre sus poemas. “Digo la contraseña primitiva… doy la señal de la democracia: / ¡Por Dios! no aceptaré nada de lo que todos los demás no puedan tener su contrapartida en condiciones de igualdad”, dejó constancia en ese extenso y ancho poema del que os sigo hablando y en el que el autor da entrada a “muchas voces largo tiempo calladas”, las voces de los desposeídos, de los débiles, de los marginados; las voces de la gente corriente. Porque la poesía de Whitman es un canto, un mensaje dirigido a la gente corriente.

“… El genio de los Estados Unidos no se manifiesta en todo su vigor en sus gobernantes y parlamentos, ni en sus embajadores o autores o colegios o iglesias o salones, ni siquiera en sus periódicos o en sus inventores… sino siempre en la gente corriente (…) La grandeza de la naturaleza o de la nación serían monstruosas si no se correspondieran con la grandeza y la generosidad de espíritu de los ciudadanos”, escribió el autor en el prólogo a la primera edición de Hojas de Hierba (Leaves of Grass), aparecida en 1855, un texto fundamental para comprender los retos que se marcó, el espíritu de una obra que, como decía antes, si la despojamos de su entorno, del marco en el que surgió, hoy nos habla de conceptos como soberanía ciudadana y nos conduce hacia la percepción de nuevas formas de articular las relaciones de convivencia, las ayudas y cuidados compartidos.

Por eso Walt Whitman es moderno y eterno. Su modernidad está en el lenguaje que utilizó, en sus construcciones métricas, en sus ritmos y cadencias, en sus temas. Qué escándalo supuso en su día la falta de rima, la innovación del poema narrativo, del verso libre. Qué escándalo la utilización de usos coloquiales, el cultivo de temas menos elevados, el tratamiento abierto del sexo, sin distinción de géneros; esa manera de amar, de la que dejó constancia en sus versos, a hombres y mujeres por igual… Todo eso, que en su día llevó a la gente de orden, a los críticos convencionales, a subestimarlo, es lo que ahora lo tornan tan cercano y, a la vez, aún tan lejano para mentalidades pacatas.
Porque es evidente que Whitman se adelantó a su tiempo de tal manera que, tal vez, todavía no estamos preparados del todo para ponernos a la par. Todavía no abrazamos como colectividad su visión cosmológica de la existencia. Todavía no nos sentimos responsables del maltrato a la naturaleza y sus devastadores efectos, cada vez más inminentes. Todavía no hemos sido capaces de sentirnos en la piel de los otros hasta el punto de defender, por encima de los propios privilegios, los de la humanidad en su conjunto. Por eso leer a Whitman es un baño de concienciación y una alegría.


Todo progresa y se expande… y nada se destruye, / y morir es distinto de lo que todo el mundo suponía, / y más afortunado”, seguimos leyendo Canto a mí mismo, donde el poeta se mira en el espejo interior para entenderse y entender el mundo. Se contempla a sí mismo y se explica. Nos mira a los ojos y nos hace preguntas que él mismo responde: “¿Te han dicho que era bueno vencer? / Digo, también, que es bueno caer… las batallas se pierden / con el mismo espíritu con que se ganan”.

Nos convertimos en cómplices de Whitman por su capacidad para interpelarnos con sabiduría, sin distancias de por medio. Nos atrapa el poeta con sus imágenes, con sus paralelismos y repeticiones. Sus palabras vibrantes, juguetonas, contundentes, luminosas, salvajes, no han perdido frescura y sentimos que podemos tocar la hierba y los árboles de los que nos habla; que podemos subir a su lado en los transbordadores que lo conducían de Brooklyn a Nueva York y que tanto le gustaban. Son muchas las zonas de sombra, los interrogantes, sobre la biografía de este creador que mantienen a los especialistas entretenidos. ¿Fue homosexual o bisexual? es una de las incógnitas por resolver. Un asunto que ha hecho correr ríos de tinta, sobre el que el autor siempre jugó a mantener la ambigüedad.

El volumen de cartas que acaba de llegar a las librerías españolas de la mano de errata naturae nos hace ver claramente lo mucho que valoraba y frecuentaba Whitman las amistades masculinas, así como la intimidad que nunca ocultó con hombres como Peter George Doyle, un conductor de ómnibus de Nueva York, con el que mantuvo una larga relación, o con el jovencísimo Harry L. Stafford, hijo de un matrimonio amigo, a quien le confiesa en una misiva que no pasa un día o una noche sin pensar en él; a quien, en su papel de mentor, aconseja y anima a dejar atrás sus frecuentes estados de melancolía.

Pero también hay mujeres que se enamoraron del poeta, caso de la londinense Anne Burrows Gilchrist, crítica literaria y biógrafa de William Blake, que tras leer Hojas de hierba no sólo se convirtió en una de sus mayores defensoras sino en una entusiasta de su autor, al que envió apasionadas cartas. Son interesantes estas escenas de una vida. Son curiosas estas circulares que nos acercan aún más al poeta, a sus emociones, pero, realmente, todo es secundario ante el sobrecogimiento que nos provoca una obra en la que se defiende un amor libre y universal, capaz de abrazar por igual a hombres y mujeres en medio de un universo cargado de misterios.


No deja de ser un ejercicio muy estimulante recorrer las piezas poéticas de Walt Whitman e irlas contrastando con su correspondencia, una correspondencia, que, como bien se indica, en el prólogo de la edición no fue escrita para la posteridad sino “para sus amigos, sus amantes, sus familiares y, ocasionalmente, para sus contados editores”, porque el autor “estaba convencido de que las cartas eran parte de la vida presente y no de los archivos y de los museos futuros”.

El sentido épico de la poesía de Whitman, su patriotismo, sus terribles vivencias junto a los soldados heridos en la Guerra de Secesión, su convicción de la necesidad de la contienda, pese al terror, su lucha por la abolición de la esclavitud… Todo está en su literatura y todo se expresa de otra manera en el diálogo urgente que, a través del correo, mantuvo el poeta con sus próximos. Pero no hay cartas excesivamente literarias ni explicaciones sobre el milagro de una obra salida de las manos de un autodidacta, de alguien que para nada fue un intelectual al uso. Hay retazos de una vida vivida con intensidad por un ser que se definía poeta de la bondad y de la perversidad al mismo tiempo. “¿Qué tanto parlotear sobre vicio y sobre virtud? / Me impulsa el mal, y me impulsa la transformación del / mal… no tomo partido, / mi talante no es el del que saca defectos o el del que nunca / está de acuerdo, / humedezco las raíces de todo lo que existe.”, seguimos escuchándole en su Canto.

La correspondencia va construyendo un mapa vital, una guía que permite un rápido recorrido por las distintas etapas y facetas del escritor. Aciertan los editores al separar los periodos temporales con breves resúmenes biográficos. A través de las cartas vemos al Whitman más joven, docente, periodista (a los dieciocho años llegó a fundar su propio periódico, The Long Islander) y editor en distintas publicaciones. Observamos hasta qué punto una pequeña y cerrada localidad como Woodbury, donde impartió clases, le resultaba asfixiante con su monotonía, con el afán de sus gentes por trabajar y por hacer dinero, sin otra altura de miras.

Poco convencional, amigo de la bohemia, ajeno a los prejuicios y reglas de su tiempo, altamente sensible y cultivador de emociones, fue la poesía el medio de expresión capaz de dar sentido a su visión, a su comprensión de la vida. Hojas de hierba fue una obra precoz, que fue conformándose y madurando a largo de todo un trayecto. La primera edición, costeada y vendida por el propio autor, apareció en 1855, cuando tenía 36 años, y, a partir de ahí se fueron sucediendo otras ocho más, hasta conformar un total de nueve, nueve puestas en escena (la última conocida como Edición del lecho de muerte). Un recorrido contado poéticamente, trecho a trecho, con sus variaciones, actualizaciones, añadidos.

Suele acompañar a todo precursor una falta de entendimiento de la sociedad de su tiempo. Suele suceder que a quienes son capaces de remover los cimientos en cualquier ámbito les acompaña el cuestionamiento feroz, la reticencia, el desprecio, de quienes se afanan en preservar el orden existente. Así sucedió con Walt Whitman, quien, como constata el catedrático José Antonio Gurpegui, en la interesantísima introducción de Hojas de hierba (Austral, 2011), estaba convencido de que no bastaba con la independencia política, de que Norteamérica tenía que luchar también por su independencia cultural, a través de una literatura nueva, diferente, capaz de ensalzar sus propios valores y romper con la hegemonía de los prestigiosos modelos ingleses.


 “No podemos achacar a la simple casualidad”, explica Gurpegui, “que en un plazo de cinco años, entre 1850 y 1855, se publiquen cuatro de las obras seminales en la literatura norteamericana: La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne; Moby Dick, de Herman Melville; Walden, de Henry David Thoreau y Hojas de Hierba de Walt Whitman. La independencia cultural era el claro objetivo de estos autores; no en vano, las cuatro obras citadas fueron entendidas de muy distintas maneras a lo largo de la historia: Hawthorne debió escribir una introducción a La letra escarlata explicando su teoría del romance; Moby Dick estuvo catalogado en la sección de zoología en la Universidad de Yale hasta muy entrado el siglo XX; el Walden de Thoreau lo estudian sociólogos, historiadores y literatos, reclamando cada uno de ellos la pertenencia del escrito a su campo de investigación, y respecto a Whitman, para algunos la suya sería la gran pieza poética de los Estados Unidos, en tanto que otros rechazan la calificación de poesía y aducen que se trataría de una obra artísticamente mediocre, de carácter autobiográfico y de escaso valor literario, a no ser por el oportunismo, en el mejor de los sentidos, al aparecer en un momento crítico de la historia literaria norteamericana”.

En muchas de sus cartas el poeta da cuenta de las controversias y polémicas que levantó su libro. La séptima edición de Hojas de hierba fue la que más satisfacciones económicas le deparó debido al escándalo y a la curiosidad que despertó en el público tras ser publicada por una editorial de Filadelfia después de la sonada prohibición del fiscal del distrito de Boston. Este consideraba obsceno e impropio para las mentes bienpensantes el contenido sexual de sus partes Cálamo e Hijos de Adán, que se añadieron al proyecto inicial y a las que Whitman nunca quiso renunciar pese a los muchos problemas que le ocasionaron.

Pero en ese momento, en el que se pudo librar de la precariedad e incluso adquirir una casa en Camden (Nueva Jersey) -finales de la década de los 80 del siglo XIX-,  la vida de Walt Whitman ya estaba en su desembocadura (falleció en 1892, a los 72 años) habiendo vivido a su manera, habiendo llevado el sombrero, como dice en sus versos, como realmente quiso. Las cartas nos permiten seguir su recorrido hasta llegar a ese recodo dulce del camino. Le vemos de joven, durante los años de la guerra, visitando día tras día a pobres soldados enfermos en distintos centros hospitalarios. Unas vivencias que, como comunicaba a dos de sus amigos, le abrieron las puertas a “un mundo totalmente desconocido”, dándole “una visión más honda de las cosas” y ofreciéndole una lección de humanidad. “Una humanidad sometida a las pruebas más terribles y espantosas, examinada a fondo, las miserias del cuerpo y del alma viviente”, les hacía saber. “¿Qué son vuestros dramas y poemas, incluso los más antiguos y lacrimógenos, comparados con éstos? Ni siquiera las tremendas tragedias griegas, donde el hombre compite con el destino (y siempre fracasa) o el propio Virgilio enseñándole a Dante la terrible agonía de los castigados se aproxima lo más mínimo a lo que veo aquí cada día…”, continuaba su reflexión.

El poemario de guerra Redobles de tambor fue el resultado de esa fase que tuvo un potente efecto de cambio en el alma del poeta. Mensaje a mensaje epistolar, seguimos sus huellas: asistimos a la etapa en que trabajó en distintos puestos administrativos; primero para la oficina de Asuntos Indios del Departamento de Interior en Washington y, posteriormente, para la oficina del fiscal general. Del empleo inicial fue despedido por culpa de Hojas de hierba; el segundo le permitió sobrevivir hasta que en 1873 sufrió un derrame cerebral que le paralizó el brazo y la pierna izquierdas y le obligó a ser más dependiente de su familia y amigos.
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