domingo

LOS SINUOSOS CAMINOS DEL SABER (3) - RICARDO AROCENA


EL DESARROLLO INDUSTRIAL
La primera revolución industrial produjo cambios sustanciales en la forma de trabajo. La manufactura constituía el medio generalizado de organización, pero la fábrica era solo típica de algunas industrias y no estaba totalmente difundida. La manufactura implicaba la concentración laboral en un taller y la liquidación del trabajo domiciliario, pero esta concentración no era consecuencia de una organización del trabajo muy diferente, sino del costo de la maquinaria que ahora se debía utilizar en la producción, siendo el trabajo en sí, en parte mecánico y en parte manual. La división, aunque importante y diferente de la conocida anteriormente, no era aun el trabajo en serie, donde cada trabajador realiza una parte de la operación total. La fábrica, tal como la conocemos, recién emerge en la segunda mitad del siglo XIX.
La consolidación de la industria fabril es producto de la utilización de nuevos procedimientos industriales, donde juega un papel fundamental la aplicación de una serie de adelantos técnicos, como la turbina de vapor, el motor de gasolina y el motor de combustión interna. Se utiliza la electricidad con fines industriales, el hierro es sustituido por el acero y se crean nuevas máquinas-herramientas como las fresadoras, rectificadoras, torno revólver, etc. El hormigón armado es usado para construir y la química conoce un desarrollo importante, lo que permite fabricar colorantes, perfumes, productos farmacéuticos y fotográficos, explosivos, disolventes y las primeras fibras textiles artificiales.
El ferrocarril revoluciona los medios de transporte, y permite la incorporación de amplias zonas hasta entonces marginales. En lo referente a la navegación marítima el vapor reemplaza a los veleros. Vapor y ferrocarril juntos revolucionarían a los puertos acortando distancias. Como resultado de todo esto el mercado mundial fue ampliado sin cesar, a lo cual contribuyó también el telégrafo, el teléfono y el cableado submarino. En las últimas décadas del siglo XIX el capital financiero comienza a predominar por sobre el comercial y se abre el período de formación de cárteles y monopolios. Los adelantos científico técnicos eran ampliamente utilizados por la burguesía para extender su dominio e incrementar sus ganancias, pero la investigación científica nuevamente comenzó a tropezar, esta vez con las limitaciones de clase de la propia burguesía y con los vaivenes del mercado, que sólo entiende de precios y ganancias.
Señala Andrei Sujotin en su libro “Ciencia e Información” que el capitalismo a la vez que facilita el crecimiento de la ciencia, "la obstaculiza convirtiendo los productos del trabajo científico (y a menudo a este mismo) en objeto de compra venta y recabando sobre ellos los derechos del propietario particular. De este modo se introducen en el campo de la ciencia factores totalmente ajenos a su naturaleza. El principio que declara la producción científica propiedad particular se halla en inconciliable contradicción con el carácter social de la ciencia". Una densa enramada constriñe el desarrollo de la investigación científica. El mundo del lucro desecha lo que no aporta dividendos o, cosa que ocurre muy a menudo, no utiliza las innovaciones, cuando estas lesionan algún interés particular. Veamos algunos ejemplos.
CIENCIA Y CAPITAL
Desde hace décadas, especialistas en materia de salud vienen denunciando que grandes compañías internacionales han dejado de lado las investigaciones tendientes a crear una vacuna contra el SIDA, porque encontraron medicamentos de nueva generación que son capaces de inhibir la aplicación del virus. Esta clase de tratamientos es costoso y permite obtener un alto rédito económico: resulta más lucrativo vender las drogas que invertir en la obtención de una vacuna, pues los resultados son a largo plazo. Entre las empresas que cambiaron de política en esta materia se encuentra la United Biomedical, que paradójicamente es una de las que contaba con los experimentos más adelantados en la lucha contra el síndrome.
Nada de esto es nuevo, ya en el siglo XVIII, durante el cual se produce un importante desarrollo de la ciencia y la tecnología, se comprueban serias contradicciones entre el desarrollo científico y el interés privado. Un ejemplo de esto es lo sucedido al científico Denis Papin, quien en 1707 construyó un barco a vapor. El avance era notable para la época, pero los propietarios de los barcos a vela y el poder político del momento no permitieron que aquel precursor invento pudiera ser utilizado.
Lo mismo ocurrió a principios del siglo XIX con los autobuses de vapor, inventados en Inglaterra a fines del siglo XVIII, que eran capaces de alcanzar una velocidad de 25 Km. por hora y llevar 14 pasajeros. Esto no le convenía a los propietarios de las diligencias que lograron que se promulgara una ley según la cual los novedosos medios de transporte estaban obligados a desplazarse a una velocidad no superior a los 4 Km. por hora y con un hombre corriendo adelante con una bandera roja en señal de peligro.
A fines del siglo XIX las compañías General Electric y Edison lanzaron una violenta ofensiva contra la corriente alterna porque habían invertido importantes sumas en empresas que utilizaban corriente continua. Pese a la constatación de que la primera presentaba claras ventajas pusieron obstáculos a su utilización e intentaron desacreditarla ante el gran público. Es así que obtuvieron de las autoridades de Nueva York una orden que obligaba a ejecutar a los criminales con corriente alterna, lo que produjo que la masa de consumidores, que ya de por sí rechaza las novedades, se negara a utilizar esta forma de energía.
La utilización del nylon, que fue descubierto en 1938, fue frenada hasta después de la guerra ante las presiones de la industria textil que vio en el nuevo producto una amenaza para sus intereses. Pero además, cuando los laboratorios del consorcio "Dupont" obtuvieron un pigmento eficaz, tanto para el metal, la madera como la vestimenta, los empresarios textiles, previendo una disminución de los precios, hicieron todo lo posible para demostrar que el pigmento inventado no podía utilizarse. Hasta llegaron al extremo de mezclar sustancias que dejaban manchas en los tejidos y provocaban graves enfermedades de la piel.
Al conflicto de intereses habría que sumarle los prejuicios de diverso tiipo, que no acabaron con el feudalismo y que perviven en la sociedad moderna, a veces en "estado puro", otras enmascarados detrás de complejos ropajes culturales. Valga el caso ya citado de la Universidad Católica de Perú o el famoso "proceso del mono" en 1925 en los EEUU.
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