domingo

JULIO HERRERA Y REISSIG - EPÍLOGO WAGNERIANO A LA “POLÍTICA DE FUSIÓN” (8)



Con surtidos de psicología sobre el Imperio de Zapicán

Todos estos peajeros, y estos Reyes, y estos mercaderes; todos estos guardianes de países y de tiendas, todos son mis enemigos. Abomino todo sacrificio al dios vulgo o al dios éxito. Me repugna lo trivial. Odio la hipocresía y el servilismo como los mayores crímenes. He de decir la Verdad aunque me aplaste el Universo.

NIETZSCHE:
Así hablaba Zaratustra.

(…) Por eso te decía que toda idea divorciada de los Partidos es estéril en nuestra atmósfera. Aquí se odia furiosamente todo lo nuevo cogitacional y darles a nuestros uruguayos otra cosa que emociones es como “pretender alimentar con carne a un toro”, Ellos son, como diría un psicólogo, enemigos del progreso, y sostén de la reacción en todas las formas y materias; permanecen apasionadamente ligados al pasado y al tradicionalismo, y consideran lo nuevo como una ofensa personal, reproduciendo servilmente lo que han visto hacer. Esto se explica “porque las nuevas ideas exigen esfuerzos para pensarlas, y todos los esfuerzos son dolorosos” más en una masa como la nuestra cuya vitalidad supera apenas a la del salvaje. En arte, en política, en ciencia, en costumbres, lo nuevo siempre sucumbe ahogado por la rancia autoridad de lo pretérito que ha tomado posesión del organismo de nuestros hombres. Estos no pueden abandonar la concha atávica en que han vivido; no pueden encontrarse a gusto sino en condiciones hereditarias bebiendo de la misma alberca. Un nuevo ambiente los torturaría, porque los obliga a una adaptación violenta; a familiarizarse de inmediato con situaciones a que se opone vivamente la incipiencia de su organismo “para los cuales no están dispuestos ni su cerebro ni sus nervios”.

No resisto a la tentación de transcribirte algunas líneas, a este respecto, para que tengas el gusto de estrecharla mano al misoneísmo de tu bella patria.

Algunos viajeros regresan a Montevideo llenos de extraña fatiga, rabiosos de los que han experimentado… Cuando se les pregunta acerca de los países que han visto, responden por lo general: ¡Qué corrupción espantosa, es para volverse loco! Aquello enferma de repugnancia. No se conoce honradez. Muchos edificios portentosos, mucha gente, casas muy lindas, museos deslumbrantes, exposiciones lujosas, un mundo de maravillas, pero, cansa, aburre…

Está bueno para estar cinco o seis días y volverse a Montevideo. Las costumbres son lo más raras, uno se encuentra perdido… aquello es un manicomio… siempre estaba con jaqueca… La gente no es franca; las señoritas de la sociedad no pasean por las plazas; no hay una calle Sarandí. Para conocer a la sociedad se necesita ser muy rico, tener títulos de nobleza. Las mujeres, todas tienen amantes. ¡Qué escándalo! Había momentos que yo hubiera dado mi vida por no haber ido a esas capitales. Y después cuánto barullo. “demasiada agitación para un hombre” (1); no se habla sino de anarquistas, de crímenes, de adulterios, de robos. En Montevideo da gusto, no hay nada de eso… Me he convencido que para vivir no hay como Montevideo.

A propósito, un intelectual elogiaba a nuestro país, diciendo: esta es una tierra en que no sucede nada; da gusto vivir aquí!...

Algunos touristes se han dado vuelta en mitad de sus itinerarios. Un abogado que estuvo en París decía: lo que más extrañé fue el Cerro, cada vez que abría los balcones de mi cuarto y no podía ver la fortaleza me desesperaba horriblemente…

Otro intelectual llegó a París, un 14 de julio, y lo primero que hizo fue meterse en la cama. A eso de las cuatro viniéronle a despertar para que presenciara el desfile de las tropas, que se presumía fuera imponente. El uruguayo, desperezándose, respondió: déjenme dormir; estoy harto de veinticinco de agosto…!

Con frecuencia se da el caso de un meeting social de burlas a un extranjero que lleva sombrero verde o sobretodo hasta los tobillos. La gente se enfurece; los paseantes avinagrados insultan a la indumentaria en la persona de quien lo hace.

De un joven uruguayófobo, que vestía con cachet, que ostentaba ciertas prendas originales en su moderno atavío, decían en coro nuestros avispones: es un imbécil, un loco lindo; con una pateadura se le quitarían todas las zonceras; con semejantes mamarrachos insulta a la sociedad, ofende nuestra cultura. Son varios los dandys que han desfilado por una avenida de risa, que han sido casi silbados por distinguirse en sus elegancias de la estúpida totalidad. Tales personas se han atraído con unas polainas, un frac o una corbata, la aversión de nuestro rebaño, de los trilingües filisteos, de los arquetipos de imbecilidad que pululan por nuestras plazas, de los literatoides bambarrias, y de las mujeres que en nuestro país, más que en la Cafrería, consideran lo nuevo como una ofensa inaudita a la dignidad de las personas y a la aristocracia de su buen gusto.

Un caballero es aborrecido de todo el mundo, nada que porque viste originalmente, sin sujeción a los reglamentos de las sastrerías, porque ostenta sombreros a lo Gales, chalecos de Nabab y corbatas a lo Chantilly. De este caballero se expresaba aun montevideano, ingenuo como la leche: “es el tipo más antipático que dar se puede; con sólo verlo se me revuelven las tripas”.


Notas

(1) Frase de un viajero decepcionado.
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