domingo

AURELIO GONZÁLEZ CANTÓ LAS 40 - UNA VIDA DE PELÍCULA


por Gerardo Tagliaferro

PRIMERA ENTREGA

"Jamás se me pasó por la cabeza ser fotógrafo, ni mucho menos que un día iba a sacar un libro, hacer un documental e ir por muchos países dando conferencias", dijo Aurelio González, que contestó Las 40 de Montevideo Portal.

Que no me embromen: la vida de este hombre la libretó algún guionista en plena inspiración. "La trama va evolucionando en medio de sobresaltos hasta el desenlace final, sin que falten las vueltas de tuerca ni las triquiñuelas del azar", podría decir la crítica.

El muchachito nace en un país que no es el de sus mayores, pierde a su padre a los 5 años y antes de cumplir los 20 conoce la cárcel. Poco después se precipita hacia lo desconocido como polizón en un barco transatlántico y llega, solo y con lo puesto, a un país del que apenas sabe que es campeón del mundo de fútbol. Duerme en el banco de una plaza y conoce a otro viajero solitario que sobrevivió a la guerra y la tuberculosis y que le enseña el oficio de fotógrafo. Así consigue trabajo en un diario comunista y eso le abre la mente a los conflictos sociales, en épocas de barricadas y gases lacrimógenos.

La cámara del polizón convertido en fotógrafo registra como ninguna todo eso y, cuando ve amenazado el testimonio de toda esa pasión propia y ajena, esas imágenes que están destinadas a las generaciones futuras, toma una dramática decisión: huye pero esconde el tesoro. Regresa al lugar años después y comprueba con desazón que el tesoro oculto desapareció. Pero, obviamente, hay un final feliz: cuando ya casi no había esperanza y por los increíbles vericuetos del quién sabe qué, un día los negativos perdidos aparecen. 

Para quienes todavía no la vieron, el protagonista es Aurelio González, un español nacido en Marruecos y llegado como polizón al Uruguay, que fue fotógrafo de El Popular hasta que la dictadura clausuró el órgano oficial del PCU. El 6 de julio de 1973 escondió en un recoveco del edificio Lapido -sede del diario- los negativos resultantes de esos años de trabajo y cuando poco después marchó al exilio, vivió pensando en volver un día y recuperarlos. Eran más de 100 mil fotogramas que documentaban buena arte de la vida política de un país convulsionado. 

En 1985, cuando pudo regresar, fue al Lapido y todo había cambiado. El rincón ya no era tal y de las latas ni noticia. Más de veinte años después vino a dar con el relato de un hombre que cuando niño vivía en el Lapido y jugaba con unas latas con fotos. Y el hombre sabía dónde estaban ahora.

Aurelio ha contado miles de veces la historia pero cada vez es como si fuera la primera. Lo ha hecho incluso en documentales y hasta en un libro de María Esther Gilio. Sentado ahora en un rincón cualquiera del Centro de Fotografía de Montevideo, se apasiona otra vez reviviendo los detalles de esta superproducción de la vida real y su propia vida de película. Mueve los brazos, gesticula, se ríe, se le iluminan los ojos y la voz. Es un adolescente de 84 años, feliz con sus fotos renacidas y con sus recuerdos.

1) Nació en Marruecos y vivió ahí hasta los 17 años, pero sus padres son españoles. ¿Por qué estaban en Marruecos?

Porque mi padre era militar y fue destinado a Marruecos. Somos una familia de 10 hermanos y nacimos allí los últimos tres.

2) ¿Cuántos de los 10 hermanos viven?

Cuatro. El único que vino para acá fui yo, los demás fueron más inteligentes (se ríe). Siempre estuve en contacto con ellos y estuve varias veces allá. En Marruecos ahora queda solamente un sobrino, los tres hermanos vivos están en España. Hace dos años estuve de visita.

3) Se crió en una cultura muy diferente a la nuestra.

Totalmente. Dese cuenta que es un país árabe, con su religión mahometana, con sus tabúes. Igualmente era un ejemplo en aquel momento de convivencia agradable entre tres culturas: los árabes, la colectividad judía que era muy numerosa y los cristianos, que eran básicamente españoles. Y no había conflicto. Tampoco había entrevero: los españoles se casaban con las españolas, los judíos con las judías y los árabes con las árabes. Pero había una convivencia totalmente pacífica.

4) Vino a Sudamérica como polizón en un barco.
Sí, no tiene mucho mérito lo mío. Yo no buscaba hacerme rico ni era perseguido.

5) ¿Y qué buscaba?

Según mi madre, yo no me conformaba con nada. Si estaba aquí me gustaba más estar allá, pero cuando llegaba allá resulta que esto era mejor. Eso me costó tres meses de prisión: yo vivía en el Marruecos español y al lado estaba el Marruecos francés, y Francia estaba varios pasos delante de España. Entonces con Mauricio, un muchacho de la colectividad judía pensamos en irnos del lado francés. Pasamos la frontera clandestinamente y nos agarraron en Casablanca, indocumentados. En ese momento Francia estaba en guerra en Indochina, la actual Vietnam, entonces precisaban carne de cañón. Nosotros teníamos 18 años y nos propusieron enrolarnos en la Legión Extranjera por cinco años e ir a la guerra en Indochina. Dijimos que no y nos metieron tres meses presos.

6) La opción era la Legión Extranjera en Indochina, o la cárcel.

Claro. Fuimos a juicio en el que nos defendió una abogada de oficio, que no dijo ni media palabra y nos condenaron a tres meses de prisión. Una prisión como cualquier otra en el mundo: superpoblada. Quedamos en celdas distintas, llenas de marroquíes y algún que otro francés. Celdas para dos en las que a veces había siete; teníamos que dormir en el suelo.

7) ¿Fue muy dura la experiencia?

Fue dura, pero uno tenía 18 años y hubo algo que nos cambió la vida. Llevábamos 15 o 20 días de estar presos y sin oficio de presos, cuando viene uno de los funcionarios de la cárcel y nos propone anotarnos para trabajar de lunes a sábado en la construcción de casas para la policía de Casablanca. Entonces, todos los días nos levantaban a las 7, pasaban lista, nos subían en camiones y nos llevaban a un lugar cerca de Casablanca. Ahí pasamos los tres meses, trabajando en la construcción. Por eso no fue tan grave.

8) ¿Qué hizo cuando salió?

Tuve que hacer el servicio militar y fui a parar a una ciudad cercana a Cádiz que se llama San Fernando. Ahí estuve otros tres meses aprendiendo tonterías: cómo desfilar, cómo tirar una bomba de mano... pasamos hambre ahí, era una época muy difícil en España, coletazos de la guerra mundial, España aislada... Cada familia española tenía uno o dos tuberculosos por la hambruna. De ahí nos trasladaron a Las Palmas de Gran Canaria, donde la vida no era para nada desagradable. Pero yo quería salir de esa situación y como me gustaban mucho los barcos y observaba los transatlánticos que cruzaban el Atlántico rumbo a Río de Janeiro, Santos, Montevideo y Buenos Aires, decidí meterme en uno de polizón.

9) Era un aventurero.

No sé si se le puede llamar así, un aventurero de tercera categoría en todo caso (se ríe). No le tenía miedo a qué pasaría mañana, esa inquietud para mí no existía. Mañana es mañana, se resolverá. Yo caminaba así en la vida. Cuando terminé el servicio militar, casi sin plata, me fui a dormir al puerto. Una mañana me desperté y vi un gran barco, que se llamaba Andrea. Averigüé a dónde iba y decidí subirme. Yo tenía mucho oficio, no me detenía ningún muro, la verdad.

10) Esa característica le fue muy útil años después, en su oficio.

Claro. Y entonces esperé que bajaran los pasajeros, que siempre lo hacían para recorrer, comprar artesanías y esas cosas, y cuando vi que bajó un grupo de italianos en el que iban algunas muchachas jóvenes, los seguí. Vi que compraron algunas cosas y yo compré media docena de bananas, envueltas en un papelito. Cuando regresaron me mezclé con ellos y cuando llegamos a la escalinata del barco vi la figura del capitán, allá arriba, con su uniforme blanco impecable, recibiendo a los pasajeros. Ya no podía echar para atrás y tuve la suerte de que aquellas muchachas que venían en el grupo empezaron a bromear con aquel capitán elegante, de buena pinta: "¿Qué compraste? ¿Qué no compraste?" Y lo distrajeron y ahí me colé.

11) ¿No sintió miedo?
No, para nada, yo sabía dónde me metía. Además había estado embarcado otras veces porque había trabajado en barcos. Me escondía para dormir donde guardaban las pinturas y las herramientas, pero el 2 de noviembre, los marineros en lugar de trabajar desde las 8 de la mañana arrancaron a las 4 para tener la tarde libre y ahí me agarraron durmiendo. Me dijeron que me iban a devolver, que me iban a trasbordar a un barco que iba para Europa. Pero entonces me escondí seis horas y cuando salí, ese barco ya se había ido.

12) Les ganó.

Me encerraron en un calabozo que improvisaron ahí hasta que apareció el primer oficial, al que le caí bien y me dijo que había convencido al capitán de que me dejaran en Montevideo. Incluso hicieron una colecta y me bajaron con un montón de miles de liras, que al cambio de la época eran 36 pesos uruguayos. Era el 14 de noviembre de 1952 cuando llegué a Montevideo, el día que cumplía 22 años.

13) ¿Sabía algo de Uruguay?

Cuando estaba preso se estaba jugando en Brasil el mundial de 1950. Y uno de los guardias tenía una radio con la que escuchaba y así me enteré que Uruguay había salido campeón. El guardia hablaba admirado de Uruguay, un pequeño país, campeón del mundo. Cuando me metí en el barco de polizón, yo sabía que venía para Sudamérica pero no sabía a qué lugar. Y cuando me enteré que llegaba a Uruguay dije: "¡El campeón del mundo!"

14) Trabajó en la construcción y aprendió fotografía con un español al que usted le hizo lugar 
en su casa.

Sí, cuando llegué no quería gastar los 36 pesos y dormía en la calle. Un día vi un aviso que decía: "Reunión antifranquista, 18 de Julio 1323". Me fui para allá y ahí me cobijaron unos chicos en una pensión de la calle Joaquín Requena. Un día apareció Lucio Navarro, un español que había estado en la guerra civil, recién salido del Saint Bois. Llegó muerto de hambre y enfermo, y nos pidieron si alguien le podía dar un lugar. Con 22 años, yo dije: "Yo puedo, aunque mi vivienda es muy humilde".

15) ¿Seguía viviendo en la pensión todavía?

No, a esa altura estaba viviendo en la calle Dante 1985; aquello era un gallinero, no un apartamento, al fondo de otro apartamento. Ahí llevé a este español, flaco como un tallarín. A los cuatro meses se había repuesto, agarró novia y se casó y todo (se ríe). Él me quiso pagar y fue así que insistió para enseñarme fotografía. Yo no quería al principio, no me interesaba.

16) ¿Nunca había sacado fotos antes?

No, jamás se me pasó por la cabeza, ni mucho menos que un día iba a sacar un libro, hacer un documental e ir por muchos países dando conferencias. En mi familia nadie, con una vida más ordenada, jamás ha escrito un libro ni ha viajado invitado a ningún lado (se ríe). Estuve en París dando una charla en La Sorbona, por ejemplo, hace siete u ocho años. Después estuve hace un par de años en Grenoble, donde se dio el documental "Al pie del árbol blanco".

17) Cuando trabajaba en El Popular y andaba todos los días con su cámara registrando lo que sucedía, ¿sentía que estaba haciendo algo trascendente?

No, si seguí con la fotografía se debió a que muchas veces iba a hacer notas a obreros de la construcción que estaban levantando edificios en Pocitos y ellos vivían en ranchos de lata con piso de tierra. Y yo decía "esto es injusto". Ahí se me despertó el interés por cambiar las cosas y me afilié al Partido Comunista. Hasta hoy estoy afiliado. Vivíamos en una democracia pero con muchos problemas: haciendo mi trabajo muchas veces fui golpeado, me fracturaron una mano a sablazos, me rompieron una costilla... en democracia.

18) Entre tantos hechos que registró con su cámara, están las marchas cañeras de principios de los 60.
La primera marcha desde el interior de la que participé fue de los peones de tambo. Hombres que tenían cayos en las manos todos ellos, se llamaban entre ellos "milicos de tambo". Y un día se organizó una huelga por mejores condiciones de vida y se hizo una marcha de la que participé como fotógrafo. Y ahí vi la realidad. Luego vinieron los cañeros, los textiles, la gente del Anglo y nosotros como diario de la clase obrera estábamos presentes.


19) ¿Cuándo le quebraron la mano de un sablazo?

Fue en el 64 o 65, en 18 de Julio y Julio Herrera y Obes en una movilización de estudiantes por el presupuesto de la Universidad. Todo eso lo viví muy de cerca, saqué fotos de jóvenes muertos por las balas.

20) De Susana Pintos por ejemplo.

Sí, de Líber Arce, de Heber Nieto, de Ramón Peré.
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