domingo

LAS NÁUSEAS PRIMAVERALES DE SARTRE


por Francisco Arbós

Por el momento querían vivir con el mínimo de gasto, economizar gestos, palabras, pensamientos, hacer la plancha: tenían un solo día para borrar las arrugas, las patas de gallo, los pliegues amargos que deja el trabajo de la semana. Un solo día. Sentían que los minutos se les deslizaban entre los dedos; ¿tendrían tiempo de acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana?

Leído así, sin previa explicación, este texto no parece tener demasiado sentido. Sin embargo, nos concierne a todos. ¿Acaso ninguno de vosotros ha sentido alguna vez la terrible opresión de un domingo por la tarde, esa sensación de muerte momentánea que suele sobrevenir en invierno cuando las farolas comienzan a encenderse, a eso de las seis, y por las calles solo circulan parejas salidas del cine e individuos solitarios junto a sus perros? ¿Y qué hacemos los sábados ante la perspectiva de experimentar tan desagradable sensación? Posiblemente lo mismo que describe Jean-Paul Sartre en ese párrafo suelto: “acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana”. Cierto es que él lo escribió en una época en la que sólo podía descansarse en domingo –al menos otros peones de la vida como nosotros–. De ahí que en sus domingos confluyeran los dos extremos: el esplendor de la vida y el estertor de la muerte. Ya lo decía Isabel Coixet: Alguien tendría que prohibir los domingos por la tarde. Más allá del tópico –ya lo es en la actualidad–, lo que Sartre pretende corporeizar mediante esa imagen tan cotidiana es la “irreversibilidad del tiempo”, la imposibilidad de detenerlo para que nuestras vidas transcurran en un continuo presente. Es decir, pretende negar la existencia del pasado. Para muestra, el botón que luciremos más adelante.

A Sartre se le reconoce fácilmente por multitud de detalles superfluos. Cualquiera de nosotros habrá oído hablar de su ojo perezoso, de su sopa de cebolla, de los rincones parisinos en los que solía recalar en compañía de Simone de Beauvoir, el Polidor, la Brasserie Lipp, el Café de Flore, o incluso asociado su rostro de intelectual en blanco y negro con unas diminutas gafas redondas y a veces enteladas –recuerdo ahora una fotografía en la que aparece sentado en una mesa del Flore completamente absorto en sus papeles, mientras a su lado un grupo de jóvenes da buena cuenta de una botella de champagne–. Y unos cuantos por algunas de las obras de pensamiento más relevantes del siglo XX, como El ser y la nada, Crítica de la razón dialéctica o el libro que queremos sacar a colación, La náusea (1938, Alianza Editorial, 2011). Una novela de entreguerras cuya impronta fue capaz de sugerir, por sí sola, algunas de las líneas maestras del primer credo filosófico sartriano, un credo que acabaría sintetizado en las dos obras filosóficas mencionadas en primer lugar. En esto Sartre emula a Platón y también recupera la intencionalidad de ciertos paisanos ilustres, como Voltaire y Rosseau. La náusea recupera esa antigua manera de hacer filosofía a través del relato y de la poesía. Si los personajes del Fedón nos acercaban a la inmortalidad del alma, o El banquete a las trampas del amor… si el Cándido de Voltaire nos permitía experimentar en nuestras propias carnes toda la ingenuidad de un ciudadano sometido a la dictadura del optimismo histórico, el protagonista de La náusea, Antoine Roquentin, se atreve a mostrarnos esa complicada amalgama de abstracciones que subyace bajo lo que solemos denominar “realidad”, y que habitan sobre la base de una existencia totalizadora. Es decir, que para leer este libro es necesario contemplar nuestras vidas como si formaran parte de una película barata en la que nos desfondamos absurdamente para borrar “las arrugas, las patas de gallo, los pliegues amargos que deja el trabajo de la semana”, y dejar que Antoine nos lea el guión primigenio, posiblemente escrito por un demiurgo con aspecto de burgués decimonónico.

 (…) de pronto uno siente que el tiempo transcurre, que cada instante conduce a otro, éste a otro y así sucesivamente; que cada instante se aniquila, que no vale la pena intentar retenerlo, etc., etc. Y entonces atribuimos esta propiedad a los acontecimientos que se presentan en los instantes; lo que pertenece a la forma lo referimos al contenido. En suma, se habla mucho del famoso transcurso del tiempo, pero nadie lo ve. Vemos una mujer, pensamos que será vieja, pero no la vemos envejecer. Ahora bien, por momentos nos parece que la vemos envejecer y que nos sentimos envejecer con ella: es el sentimiento de aventura.

Antoine Roquentin no es en absoluto un ciudadano común. Ha pasado media vida viajando a través de diversos países del norte de África y del continente asiático, ha visto entierros en góndola en Venecia, sentido el olor a hinojo que flota en las calles de Tetuán, contemplado estatuitas kmer en Hanói, residido en ciudades desconocidas como Meknes o Jihlava; ha leído todo lo que se debía leer para completar una instrucción a prueba de objeciones, e incluso comenzado su propia contribución bibliográfica a la Historia del Hombre; sin embargo, después de tanta “aventura” lo único que ha permanecido inalterable es la sospecha de atesorar un enorme vacío existencial. Exiliado en Bouville, una imaginaria ciudad de la costa atlántica francesa –suponemos–, trata de aprovechar su aislamiento voluntario para componer una biografía minuciosa del Marqués de Rollebon, a la sazón uno de los personajes más destacados de la política francesa de finales del siglo XVIII y principios del XIX –supuestamente responsable, incluso, de la muerte de Pablo I, el entonces Zar de Rusia–. Sin embargo, a lo único que parece conducirle su inevitable soledad es a pensarse a sí mismo –“me cansa pensarme”, decía Delibes– y todo lo concerniente a su propia existencia. Cuando no está en la Biblioteca Municipal, se dedica a recorrer las decadentes y opresivas calles de esa ciudad encerrada en sí misma para sacar algo en claro de su propia vida. Hasta que comprende, a fuerza de pensar, lo que anticipábamos algunas líneas más arriba: que el pasado es una ilusión.

Eché una mirada ansiosa a mi alrededor: presente, nada más que presente. Muebles ligeros y sólidos, incrustados en su presente, una mesa, una cama, un ropero con espejo –y yo mismo. Se revelaba la verdadera naturaleza del presente: era todo lo que existe, y todo lo que no fuese presente no existía. El pasado no existía. En absoluto. Ni en las cosas ni siquiera en mi pensamiento. (…) Para mí el pasado sólo era un retiro, otra manera de existir, un estado de vacaciones y de inactividad; al terminar su papel, cada acontecimiento se acomodaba juiciosamente en una caja y se convertía en acontecimiento honorario: tanto cuesta imaginar la nada.

Si nosotros utilizamos el recuerdo para sentir que el tiempo no ha transcurrido en balde, Antoine, en cambio, necesita creer que ningún instante es recuperable para sentir la sensación de aventura en toda su intensidad. Al final, todos sus esfuerzos acaban en un dique tan seco como aquel que controla el caudal de sus necesidades más atávicas. La auténtica aventura conlleva una insoportable sensación de vértigo, una náusea tan desagradable físicamente como placentera desde un punto de vista intelectual: contemplar la verdadera existencia en toda su enormidad solo puede conducir al vacío, a la muerte espiritual, por cuanto más allá de ella no existe absolutamente nada. De repente, su ser le parece tremendamente detestable. Pero, ¿qué otra cosa puede pensarse cuando se desbaratan esas ideas que con tanto ahínco elevara Platón a la categoría de eternas e inmutables? ¿Qué sucede cuando descubrimos que no existe esa cualidad contenedora de todo lo concreto, como ese verde en el que se refugia todo lo que es verde, como el mar que baña las costas de Bouville o una simple chaqueta de franela? Para Antoine no hay idea eterna que valga. Solo un mar que, por alguna razón, es verde, y una chaqueta cuyas características no alcanzan más allá de sí mismas. Lo único que es eterno e inmutable es precisamente la existencia de esas cosas. Y frente a ellas, unos entes pensantes que, por alguna razón, han adquirido conciencia de sí mismos y cuyo mundo no puede ir más allá de los límites marcados de forma natural por esa misma conciencia. En definitiva, “la existencia precede a la esencia”, y el conocimiento se caracteriza principalmente por su inmanencia, es decir, por su incapacidad para abrazar cualquier asomo de trascendencia.

Dicho esto, cuesta entender la negativa de Sartre a asimilar la idea de pasado, por cuanto en su discurso encontramos evidentes influencias de Descartes –al menos en su metodología racionalista–, y, sobre todo, de Husserl (cuidado que esta novela es de 1938, y Sartre no leyó bien a Heidegger hasta que fue confinado, en 1940, en un campo de prisioneros alemán).

Yo, yo me saco de la nada a la que aspiro; el odio, el asco de existir son otras tantas maneras de hacerme existir, de hundirme en la existencia. (…) Soy porque pienso que no quiero ser.

Es entonces cuando Antoine (Sartre) se atreve a resolver el gran misterio, aún a sabiendas de que le costará una buena náusea: todo es pura contingencia.

(…) no hay nada, nada, ninguna razón para existir.

Más allá de reflexiones filosóficas, La náusea nos muestra un personaje en evidente estado de descomposición a la altura de El solitario de Eugène Ionesco, o del Herzog de Saul Below. Tal vez la acción brille por su ausencia, por cuanto se trata sobre todo de concentrar la atención en el pensamiento de Antoine, pero la plasticidad y colorismo de que hace gala la voz narrativa de Sartre suple con creces esa carencia inevitable.

El editor de la primera edición mexicana de La náusea, publicada por Editorial Diana en 1952, afirmaba en su momento que el existencialismo carecía “del rigor científico necesario” –claro que la Crítica de la razón dialéctica, su obra más formalmente filosófica, no se publicó hasta ocho años después–. Iris Murdoch, por su parte, dijo una vez que “la incapacidad de Sartre para escribir una gran novela es el síntoma trágico de una situación que nos afecta a todos –afirmación curiosa en alguien que nunca escribió una novela memorable–. Nosotros tampoco consideramos La náusea como una novela memorable en tanto novela, pero sí, desde luego, una obra imprescindible para todo aquel que pretenda adentrarse en la literatura y el pensamiento de la primera mitad del siglo XX. Tal vez consiga experimentar los domingos de una manera más llevadera. Y ya sólo por eso merece la pena.
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