domingo

CHARLES BAUDELAIRE (7)




VIII / EL LOCO Y LA VENUS

Qué día admirable! El vasto parque se pasma bajo el ojo brillante del sol, como la juventud bajo el dominio del amor.

El éxtasis universal de las cosas no se expresa por ruido alguno; las mismas aguas están como adormecidas. A total diferencia de las fiestas humanas, hay aquí una orgía silenciosa.

Se diría que una luz siempre creciente hace brillar los objetos de más en más; que las flores excitadas arden del deseo de rivalizar con el azul del cielo con la energía de sus colores, y que el calor, haciendo visibles los perfumes, los hace remontarse hacia el astro como humo.

Sin embargo, en este regocijo universal, he visto a un ser afligido.

A los pies de una Venus colosal, uno de esos locos artificiales, uno de esos bufones voluntarios encargados de hacer reír a los reyes cuando los Remordimientos o el Tedio los obsede, disfrazado con un traje sorprendente y ridículo, con un sombrero adornado con cuernos y cascabeles, completamente aplastado contra el pedestal, elevaba sus ojos llenos de lágrimas hacia la inmortal Diosa.

Y sus ojos decían: “Soy el último y el más solitario de los humanos, privado de amor y de amistad y, en esto, más inferior que el más imperfecto de los animales. Sin embargo, estoy hecho, yo también, para comprender y para sentir la inmortal Belleza! Ah, Diosa! Tened piedad de mi tristeza y de mi de mi delirio!”

Pero la implacable Venus miró a lo lejos yo no sé qué con sus ojos de mármol.
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