sábado

LA TIERRA PURPÚREA (66) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XVII / DOLORES (2)

Al otro lado de la cerca había un potrero donde tenían dos o tres caballos y una vaca. El mozo, que se llamaba Nepomuceno, presidía en la huerta, el potrero y, hasta cierto punto, en todo el establecimiento. Nepomuceno era un negro de pura raza, un viejecito de poco más o menos un metro sesenta de altura, de cabeza redonda y ojos leñosos; las pasas que cubrían la cabeza eran muy blancas; era tardo en el hablar y también en sus movimientos; sus viejos dedos achocolatados, todos chuecos y tiesos, apuntaban espontáneamente en diversas direcciones. Jamás he visto nada en ser humano que iguale la dignidad de Nepomuceno; la profunda gravedad de su talante y expresión hacía recordar mucho a una lechuza. Al parecer, había llegado a considerarse a sí mismo como el único jefe y señor del establecimiento, y el sentido de su responsabilidad había equilibrado su espíritu. Por supuesto que no era de esperar en una persona tan grave encontrar aquella propensión de los negros, de prorrumpir en frecuentes explosiones de inmotivada risa; pero era, me parece, demasiado seria para un negro, pues, aunque su rostro reluciera en días de calor como bruñido ébano, nunca sonreía. Todos los de la casa confabulábanse en mantener la ficción de la importancia de Nepomuceno; en efecto, tan bien la habían mantenido, y durante tan largo tiempo, que casi había dejado de ser una ficción. Todos le trataban respetuosamente y con gravedad. Jamás se omitía una sílaba de su largo nombre; no sabría decir cuáles habrían sido las consecuencias si se le hubiese llamado por el diminutivo Nepo, Ceno Cenito, pues nunca me atrevía a hacer la prueba. Siempre me entretenía cuando oía a doña Mercedes llamándolo desde la casa, y poniendo todo el énfasis sobre la última sílaba en un prolongado y estridente crescendo Ne - po - mu - ce - no. A veces, cuando estaba sentado en la huerta, venía él, y plantándose delante de mí, discurría gravemente sobre las cosas en general, cortando sus palabras y convirtiendo la en r, como acostumbran los negros, de modo que yo apenas podía contener una sonrisa. Después de terminar su coloquio con algunas oportunas reflexiones morales, añadía: “Pues, aunque soy negro por fuera, señor, mi corazón es branco”; entonces apoyaba uno de sus viejos dedos chuecos solemnemente en la parte donde se suponía que estuviese aquella curiosidad fisiológica.

No le gustaba que se le ordenara hacer ningún trabajo doméstico, y trataba de prevenirlo, haciendo de antemano y a hurtadillas todo pedido de esa naturaleza que se pudiese ofrecer. A veces olvidaba esta peculiaridad del viejo, y le pedía que me lustrase las botas. No hacía el menor caso de mi súplica y seguía hablando algún tiempo sobre asuntos políticos o sobre la incertidumbre de todas las cosas mundanas; al cabo de un rato, mirando mis botas, decía como por incidencia que no estaban lustradas, ofreciendo pomposamente, al mismo tiempo, mandarlo hacer. Por nada habría admitido que era él quien hacía estas cosas. Una vez traté de entretener a Dolores remedándoles el habla, pero muy pronto me hizo callar, diciéndome que quería demasiado a Nepomuceno para permitir que aun su mejor amigo se burlase de él. Había nacido cuando su familia tenía negros esclavos, la había llevado en brazos cuando niñita y había visto a todos los varones de la familia Zelaya arrebatados uno tras otro por las guerras entre Blancos Colorados; pero en los días de sus infortunios, su afecto, fiel como el de un perro, jamás les había fallado. Daba gusto ver el modo como le trataba. Cuando quería alguna rosa para su tocado o vestido, no la cortaba ella, ni aun permitía que yo lo hiciera, sino que había de ser Nepomuceno. Todos los días iba a sentarse al lado del viejo en el jardín para contarle las noticias del pueblo y del país, y pedirle su consejo en todo lo concerniente a la casa.

Dentro o fuera de ella, yo tenía generalmente a Dolores de compañera, y por cierto no podía haber tenido más encantadora compañía; la revolución -aunque el pequeño amago en el Yí apenas merecía todavía ser así llamado- era su constante tema de conversación. Nunca se cansaba de ensalzar a su héroe, el general Santa Coloma; su intrépida resolución y paciencia en la derrota; sus singulares y románticas aventuras; los innumerables disfraces y estratagemas de que se había valido mientras andaba rondando por su país, donde se había puesto a precio su cabeza; siempre esforzándose por infundir nuevo ánimo en el pecho de sus batidos y descorazonados partidarios. Ni por un momento admitía Dolores que el partido que gobernaba tuviese el menor derecho de estar en el poder o poseyera virtud alguna; o que, en efecto, fuera otra cosa que unas funesta calamidad y carga para la Banda Oriental. Se figuraba a su país como Andrómeda atada a la roca, sola, anegada en lágrimas y abandonada a los furores del aborrecido monstruo Colorado; mientras que con la rapidez de los vientos celestiales, nunca dejaba de llegar al socorro de tan hermoso ser, su glorioso Perseo, los ojos centelleando terribles venganzas y con el poder de los dioses inmortales en su fuerte brazo derecho. Muchas veces procuró persuadirme a que uniera mi suerte a la de este romántico cabecilla, y era difícil, harto difícil, resistir sus elocuentes palabras, y tal vez fuera cada día más y más difícil, a medida que el encanto de su atrayente hermosura se iba prendiendo de mi corazón. Yo siempre recurría al argumento de que era extranjero, que amaba a mi patria con ardor igual al que ella le brindaba a la suya, y que el tomar armas en la Banda Oriental me despojaría en el acto de los derechos y privilegios de mi ciudadanía inglesa. Apenas tenía paciencia para escuchar este argumento, pareciéndole muy trivial, y cuando me pedía otras y mejores razones, no tenía ninguna que ofrecerle. No me atrevía a citarle las palabras del huraño Aquiles:

“Los troyanos tan lejos jamás me han injuriado”

pues ese argumento le hubiera parecido aun más flaco que el anterior. Por supuesto que jamás había leído la Ilíada en ningún idioma, pero luego me hubiera inducido a hablarle de Aquiles, y cuando hubiese terminado el cuento, con el miserable Héctor arrastrado tres veces alrededor de los muros de Troya -sabía que llamaban a Montevideo la Troya moderna-, entonces habría vuelto al argumento contra mí y me habría pedido que procediera con el Presidente del Uruguay como lo había hecho Aquiles con Héctor. Viendo que me quedaba callado, volvía el rostro indignada; sin embargo, sólo era por un momento; luego aparecía la brillante sonrisa otra vez, y exclamaba: -¡No, no, Ricardo, no olvidaré mi promesa, aunque a veces pienso que usted trata de hacérmela olvidar!
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