sábado

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 48 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO SEGUNDO

8 (1)

Cuando una mujer con voz de soprano emite sus notas vibrantes y melodiosas, al percibir esa armonía humana mis ojos se llenan de un fuego latente y despiden chispas dolorosas, mientras en mis oídos parece resonar el retumbo de los cañones. ¿De dónde puede provenir ese disgusto profundo por todo lo que se refiere al hombre? Si los acordes se desprenden de las cuerdas de un instrumento, escucho con voluptuosidad esas notas perladas que se deslizan cadenciosas por las ondas elásticas de la atmósfera. La percepción no transmite a mi oído más que una impresión de una dulzura capaz de derretir los nervios y la mente; un sopor inefable envuelve con sus mágicas adormideras, como un velo que tamizara la luz del día, la potencia activa de mis sentidos y las fuerzas viva de mi imaginación. Cuentan que nací en brazos de la sordera. En las primeras épocas de mi infancia, no oía lo que me decían. Cuando con muchas dificultades consiguieron enseñarme a hablar, sólo después de haber leído lo que alguien escribía en una hoja podía yo comunicar a mi vez el hilo de mis razonamientos. Por ese tiempo -tiempo funesto- yo me desarrollaba en belleza e inocencia, y todos admiraban la inteligencia y la bondad del divino adolescente. Muchas conciencias enrojecían cuando contemplaban aquellos rasgos límpidos en los que el alma había asentado su trono. No se aproximaban a él sino con veneración, porque descubrían en sus ojos la mitad de un ángel. Pero no, yo sabía de sobra que las rosas felices de la adolescencia no florecían perpetuamente, trenzadas en caprichosas guirnaldas sobre su frente modesta y noble que besaban frenéticamente todas las madres. Comenzaba a parecerme que el universo, con su bóveda sembrada de globos impasibles e irritantes, no era quizás lo que yo había soñado de más grandioso. Así es que un día, fatigado de marcar el paso por el sendero abrupto del viaje terrestre, y de andar tambaleándome como un ebrio a través de las catacumbas oscuras de la vida, alcé lentamente mis ojos spleenizados, que cercaban sendos círculos azulinos, hacia la concavidad del firmamento, y me atreví a escudriñar, yo, tan joven, los misterios del cielo. No habiendo encontrado lo que buscaba, levanté mis párpados azorados más arriba, aun más arriba, hasta que percibí un trono formado de excrementos humanos y de oro, desde el cual ejercía el poder con orgullo idiota, el cuerpo envuelto en un sudario hecho con sábanas sin lavar de hospital, aquel que se denominaba a sí mismo el Creador. Tenía en la mano el tronco podrido de un hombre muerto y lo llevaba alternativamente de los ojos a la nariz y la nariz a la boca; una vez en la boca, puede adivinarse qué hacía. Sumergía sus pies en una vasta charca de sangre en ebullición, en cuya superficie aparecían bruscamente, como tenias a través del contenido de un orinal, dos o tres cabezas medrosas que se atrevían a hundir con la velocidad de una flecha: un puntapié bien aplicado en el hueso de la nariz era la consabida recompensa por la infracción del reglamento, provocada por la necesidad de respirar otro ambiente, ya que, después de todo, esos hombres no eran peces. ¡Todo lo más, anfibios que nadaban entre dos aguas en ese líquido inmundo! Hasta que, no teniendo ya nada en la mano, el Creador, con las dos primeras garras del pie tomó a otro de los zambullidos por el cuello como con unas tenazas, y lo levantó en al aire, sacándolo del fango rojizo, ¡salsa exquisita! Con este hizo lo mismo que con el otro. Le devoró primero la cabeza, las piernas y los brazos, y, en último término, el tronco, hasta que, al no quedar nada, roía los huesos. Y así sucesivamente en todas las horas de su eternidad. A veces exclamaba: “Os he creado, por lo tanto tengo derecho de hacer con vosotros lo que quiera. No me habéis hecho nada, no digo lo contrario. Os hago sufrir para mi propio placer.” Y proseguía con su cruel manjar, moviendo la mandíbula inferior, la que a su vez movía la barba salpicada de sesos.
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