domingo

CUANDO YA NO IMPORTE 3) - BEATRIZ BAYCE



3 / LA CASA SOBRE PILARES


“después de huir de Monte… luego de atravesar el río de barro y de sueñera… desembarqué en un amanecer sanmariano” (pág. 23).

Debe ser posible llamar “amanecer” al momento inicial de toda nueva vida o etapa nueva, distinta, que debería incluir siempre alguna esperanza: esperanza de liberación en La vida breve, esperanza justicia en El astillero. Aquí la esperanza de Carr se congeló junto con las piedras de la casa que se conservarían para la arqueología, recuerdos que “ya no ayudaban” porque “ya no se creían” (pág. 29). Tampoco podría ser de esperanza la ciudad que se exhibe como reconstrucción de Puerto Astillero. Poco tuvo que hacer Carr, a su llegada, con su flamante título de ingeniero: la represa estaba casi terminada, quedaban sólo obras de apuntalamiento.

Díaz Grey definía Puerto Astillero como un lugar de soledad, lleno de símbolos engañosos (11). Perdura en el lugar uno de esos símbolos, las casa de Petrus, un cuadrilongo blanco edificado sobre catorce pilares de cemento (pág. 43). Diversas señales equívocas le habían presentado a Larsen desde su primera recorrida por el astillero: todas parecían indicar que estaba llegando a algún “reino de los muertos”.

La mitología nos dice que en esas ciudades no podía faltar el palacio del dios. Frente a esas construcciones, unas imaginadas, otras de templos que se conservan en países de antiquísima tradición religiosa, el palacio de Petrus parecía una irónica réplica o una traslación onírica: pilares ordinarios de cemento sustituyen las suntuosas columnas que tienen en cada región una simbología especial. El Templo del Cielo de Pekín tiene ocho columnas, cifra de la rosas de los vientos y de las amarras del mundo. Las cuatro filas de columnas de cedro del Líbano y las columnas del pórtico del Templo de Salomón simbolizan la unión entre el cielo y la tierra. En cambio las columnas de cemento sólo tenían, parece, una finalidad funcional.

Larsen se dejó deslumbrar y pudo imaginar a Petrus semejante a un dios, “gozando de la gloria” en el piso alto de la casa. No reparó, entonces, que el número de los pilares contenía para él un mensaje, una advertencia, porque catorce es el número que expresa, para los pitagóricos, la desilusión y el sacrificio.

El cielo ambicionado por Larsen que también significativamente es visto como una “forma vacía”, está ahora ocupado por Díaz Grey, Angélica Inés y Josefina y sigue siendo la sede de la mentira, de las falsas identidades del pueblo de Santamaría que vive del contrabando, acechado por la policía, los hombres “de azul” que marcan el fin de tantas aventuras. Los habitantes de la ciudad Nueva recuerdan la crecida del río que anegó el valle (pág. 30). La casa había sido construida en alto para prevenir nuevas inundaciones. Como si no hubiera sido siempre demasiado grande y notoria, alguien se la muestra a Carr en su recorrida por el lugar.

“…y ahí mismo mirá para el río y ahí está la bruta casa que hizo el viejo millonario después de muerto” (pág. 40).

Sin sorpresas, con la mayor naturalidad, los sanmarianos dan noticia de un hecho de “la vida de los muertos”, esto es, de su propia vida.


Notas

(11) Onetti, El astillero, pág. 104.
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