martes

PORCA MISERIA (5) - SAÚL IBARGOYEN


HAY OTROS eventos vinculados con el mero existir de lo cotidiano que, sin que nos lleven a los imprecisos espacios de lo filosófico, pueden inclinarnos a nuevas reflexiones sobre nuestra ubicación en el fragmento de realidad que debemos pisar cada día. Nuestra familia continuaba su desarrollo como si las dificultades económicas y de todo tipo (que incluso amenazaban la soberanía nacional) fueran algo que simplemente sucedía en cualquier país y que en alguna instancia futura sería bien resuelto.

Esa confianza internalizada en la democracia burguesa y en los exaltados valores que venían del siglo XVIII francés, más las gestas libertadoras ocurridas en la América Latina del silo XIX, proclamadas en las fiestas patrias y en los manuales escolares, producían un endeble y aun falso optimismo histórico, sobre todo en las capas medias.

“El pobrerío nunca piensa en la historia, porque desdichadamente no saben pensar” escuché en un programa radial cuando ya nos habíamos mudado a una casa bastante holgada, en una región no lejana del centro, ¿cuándo, antes o después de la anterior?, ¿qué presente estoy recordando?

“Si hasta aceptan ser pobres, para ser atendidos como hijos… o sea, lo que saben es aceptar lo que Dios les dio. Esa es su inocente sabiduría. Porque todo está predestinado, debemos entonces ayudar a esos infelices, hermanos nuestros unidos por el Evangelio, a que conozcan la bondad divina” era una voz con ligeras implicancias de otra lengua, tal vez la inglesa.

“Dejemos que ellos vengan a nos, sí, ¡pero iremos por ellos para dar consolación a su desamparo! ¡Hasta el sábado que viene, queridos radioescuchas!” cerró la voz predicadora, para que una tanda de música sacra la sustituyera.

A esa mi edad me sonaban ajenas tales palabras, sobre por el tono monótono del discurso, pleno de entusiasmo voluntarista y vacío de toda pasión. Un discurso higiénico, limpio, creo que pensé. Pero ¿cómo caerá en las orejas de sus destinatarios?         

En la mayor parte de las cuadras de aquel barrio había diversos comercios de alimentos, tiendas de ropa, kioscos, minimercados, zapaterías. Cerca de nosotros, a unos cien metros, se alzaba una escuela privada -dos pisos, patio central- que reunía a numerosos alumnos. En las aceras no crecían los árboles de “ornato público”, todos los edificios ostentaban buena construcción, no menos de planta baja y un piso, ventanas sobre balcones de hierro pintado de negro y celosías de madera.

En verdad lo digo, era un sitio urbano distinto, que otorgaba sensación de seguridad, aunque ahí no duramos mucho, unos dos años, no sé. Mi hermana preguntaba por qué no nos inscribían en aquel colegio, “es de pago, nena”, decía mi madre, pero ella insistía hasta fastidiar a mi padre. Años más adelante, en un feo discutidero familiar, mi hermana le reprocharía a ambos el hecho de no haber estudiado en aquellos colegios de prestigio.

La escolaridad siempre la llevamos en la enseñanza pública, nada de método global de lectura y escritura, aprendimos sílaba a sílaba, sonido a sonido, rigurosa interpretación de significantes y significados. Por eso es bien probable que no aparezcan faltan de concordancia o de ortografía en este recordatorio.

Como era mi costumbre, largamente sostenida, solía recorrer las calles del barrio como si fuera a quedarme ahí hasta que me crecieran los bigotes. Pero a cada momento esa asediado por la inseguridad, “¿a dónde iremos a parar?” como cantaba Atahualpa Yupanqui. Eso desarrolló en mí una certeza, más que sensación, de lo impermanente de todos los seres vivos y de todas las cosas. Cuando escribo una palabra, una sílaba, una letra, me parece que van a disolverse antes de que alguien las lea.

Lo que yo extrañaba era la presencia de olores diferentes, propios de las cocinas de Europa central, según nos comentara un médico, amigo de la familia.

“Es gente que ha venido de unos cuantos países, se acomodan con cierta facilidad, aunque hay una tendencia a agruparse de acuerdo con los lugares de origen… ¿Por acá escuchan ustedes otros idiomas?” terminó el doctor Arnoldo, que nos daba consulta gratuita si era de necesidad.
        
Mis padres dijeron que sí, que oían conversaciones o gritos en algo como alemán, también en italiano.

“Hablan en cocoliche” dijo papá.

En una de mis salidas exploratorias, al final de nuestra estadía, descubrí una calle cerrada, de una cuadra nada más, sin placa señalando nombre, un paisaje bien diferenciado del resto de la comunidad. Había desperdicios de cosas varias por todos lados, hedor a materias orgánicas, periódicos despedazados, dos o tres perros vagabundos metiendo el hondo hocico en la basura, hasta un gato descolorido que a distancia los contemplaba.

No había una distinción nítida entre las piedras y el asfalto de la calle y las aceras. Cinco o seis casas deslucidas sobre cada lado, con una puerta y un balcón. El minimalismo de la pobreza, pienso ahora. La tarde era reflejo del otoño primerizo, se percibía el deslizar del humo saliendo de cortas chimeneas de zinc. La puerta más cerca de mi sombra se abrió con demorado movimiento, una figura de mujer apareció, descalza, torpemente vestida con enormes pantalones, un suéter masticado e informe y un trapo gris en la cabeza. No hubo mirada ninguna, no hubo ningún asombro. Llevaba sujeta con las dos huesudas y exageradas manos un recipiente colmado de sobras de una comida tal vez incomible, quizá vomitada, que vació en el medio del arroyo.

Luego sí me miró, en verdad como si yo no estuviera, y exclamó:

“¡Si querés comer, tendrás que agacharte como un perro!”        

Al momento de traspasar la puerta, me envió una ácida carcajada, salida quizá de neuronas enfermas o simplemente hambrientas de lo que nadie puede alcanzar.            
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