jueves

LA TIERRA PURPÚREA (45) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XIII / ¡VIVA SANTA COLOMA! (1)

Allí me senté hasta que se puso bien oscuro, y mientras más tiempo me quedé sentado, más y más me fui entumeciendo; sin embargo, no sentía ningún deseo de seguir adelante. Por último, un gran lechuzón que llegó batiendo sus alas cerca de mi cabeza, dio un prolongado siseo, seguido por un penetrante sonido de tictac y terminando con un fuerte y repentino grito semejante a una carcajada.

La proximidad del graznido me sobrecogió, y mirando hacia arriba, vi fulgurar momentáneamente a través de la vasta y negra llanura, un amarillo rayo de luz. Algunas linternas revoloteaban por el pasto, pero estaba seguro que el fulgor que acababa de ver provenía de algún fuego, y después de tratar inútilmente de verlo otra vez de donde estaba sentado en el suelo, me puse de pie y seguí adelante y, fijando la vista en cierta estrella que brillaba directamente sobre el lugar, con gran contento mío, volví a verla en el mismo sitio, y me convencí de que era la lumbre de algún fuego que brillaba por la ventana o puerta abierta de un rancho o una casa de estancia. Cobrando esperanza y energía, me apresuré, aumentando el brillo de la luz a medida que avanzaba, y después de haber andado a buen paso durante media hora, hallé que me iba acercando a una vivienda. Podía vislumbrar una masa oscura de árboles y arbustos, una casa larga y baja, y más inmediato a mí, un corral de palo a pique. Sin embargo, ahora que parecía tener tan cerca donde cobijarme, el temor a los terribles perros bravos que tienen la mayoría de las estancias, me hizo vacilar. A menos que deseara correr el peligro de ser muerto de un balazo, era preciso gritar a toda voz para anunciar mi llegada; pero, al hacerlo, también atraería hacia mí una cuadrilla de enormes perros enfurecidos, y era mucho menos terrible contemplar los cuernos del toro bravo al que había encontrado aquella tarde, que los colmillos de estos temibles y feroces animales. Me senté en el suelo para considerar bien la situación, y luego oí un estrépito de cascos de caballos que se acercaban. Al momento me pasaron tres hombres a caballo, pero no me vieron, estando yo en cuclillas detrás de algunos achaparrados arbustos. Cuando se aproximaron los hombres a la casa, los perros se precipitaron hacia ellos para acometerlos, y sus fuertes y salvajes ladridos y los agrestes gritos de alguien de la casa que les llamaba, eran para inquietar a cualquier persona no montada. No obstante, esta era mi única esperanza, así que levantándome del suelo, apresuré el paso en dirección de donde venían las voces. Al pasar por el corral, los perros percibieron que algún extraño se acercaba, y luego empezaron a darse cuenta de mí. Grité desesperadamente “Ave María Purísima”, y, revólver en mano, me quedé esperando la embestida; pero cuando se aproximaron lo suficiente para permitirme distinguir que la jauría se componía de unos ocho o diez mastines amarillos, me flaqueó el valor y eché a correr hacia el corral, donde, con mi agilidad superando a la de un gato pajero -tan grande era mi susto- trepé a un poste y me puse fuera de peligro. Con los perros que ladraban furiosamente debajo de mí, volví a gritar “Ave María Purísima”, como siempre se acostumbra a hacer en estas piadosas latitudes al acercarse uno a casa extraña. Después de algún rato, se aproximaron los hombres -cuatro de ellos- y me preguntaron quién era y qué estaba haciendo allí. Les expliqué quién era y entonces les pregunté si correría algún peligro bajándome del poste. El dueño de casa tomó la indirecta y ahuyentó a sus fieles protectores, después de lo cual bajé de mi incómoda percha.

Era un gaucho alto, bien formado, pero de feroz aspecto; de ojos oscuros, penetrante mirada y de espesa barba negra. Parecía sospecharme -cosa muy inusitada en la casa de un paisano- y me hizo muchísimas preguntas; por último, aunque se veía que de mala gana, me convidó a pasar a la cocina. Ahí encontré un gran fuego que ardía alegremente en el fogón de argamasa situado en el centro de la espaciosa pieza; junto al fogón estaba sentada una vieja encanecida, otra mujer alta, trigueña y de madura edad vestida de morado -esposa del dueño de casa-; también, una bonita y pálida muchacha de unos dieciséis años de edad y una chiquilla. Cuando tomé asiento, el dueño de casa volvió a interrogarme, dando como excusa que mi llegada a pie le parecía una circunstancia sumamente extraordinaria. Les conté cómo había perdido mi caballo, el recado y mi poncho en el monte, y entonces les referí mi aventura con el toro. Escucharon todo con caras muy graves; pero estoy seguro que fue para ellos tan bueno como si hubiese sido una comedia. Don Sinforiano Alday, el dueño del lugar y mi interlocutor, me hizo quitarme la chaqueta para que le mostrara los moretones de los hombros y brazos que me habían hecho las patadas del toro. Aun después de eso, quiso que le diera más pormenores respecto a mí mismo; así que, para satisfacerle, le hice una breve relación de algunas de mis aventuras en el país hasta el momento en que fui hecho preso con Marcos Marcó; también les conté cómo aquel habilidoso caballero se había escapado de la casa del juez. Eso les hizo reír a todos, y los tres hombres a quienes había visto llegar y que parecían estar allí casualmente de visita, se hicieron muy amigos míos, pasándome con frecuencia la botella de caña de la que andaban provistos.

Después de haber sorbido mate y caña durante una media hora, nos sentamos a una abundante cena de carne asada, puchero, carne de carnero y grandes platos de bien sazonado caldo. Comí una cantidad extraordinaria de carne, tanta, en efecto, como cualquier gaucho allí presente; y el comer de una sentada tanta carne como uno de esos hombres es una hazaña de la cual bien puede preciarse un inglés. Terminada la cena, encendí un cigarro, y arrimándome a la pared, gocé a la vez de muchas agradables sensaciones, el calor y descanso, el hambre satisfecha y la sutil fragancia de aquel amigo y gran consolador del hombre: el tabaco. Mientras tanto, en el otro extremo de la pieza, el dueño de casa les hablaba en voz baja a los hombres. Una que otra furtiva mirada en mi dirección parecía indicar que todavía me guardaban cierto recelo, o que tenían que discutir graves asuntos no para los oídos de un extraño.
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