lunes

ENCUENTRO CON LA SOMBRA (El poder del lado oscuro de la naturaleza humana)


CUADRAGESIMOSEGUNDA ENTREGA


TERCERA PARTE: (10) LA SOMBRA PARTIDA POR LOS HERMANOS (3)


Christine Dowing


La figura de la Hermana constituye una de esas fantasías primordiales -verificada en numerosas ocasiones por mi experiencia profesional- que, según Freud, permanecen activas en nuestra vida psicológica independientemente de nuestra experiencia biográfica. En muchos de los talleres que he dirigido a mujeres me he encontrado con la necesidad de trabajar la relación entre hermanas. La primera vez que me encontré con esta situación me pregunté: “¿Qué es lo que tengo que decir al respecto? ¿Acaso sé lo que es carecer de hermana biológica?” Entonces me dije: “¡Claro que sí!” Mi madre fue hija única y mi hija sólo tiene hermanos. En cierta ocasión, mi madre me contó cuánto había deseado que yo creciera para poder tener la hermana de la que había carecido y entonces descubrí que el sutil contrapunto que me une a mi hija es el de hermana a hermana.

Comprendo que la idea que mi madre tenía de la fraternidad estaba teñida por el hecho de carecer de hermana. Es por ello que idealizaba la relación que yo sostenía con mi hermana y sólo podía ver sus aspectos positivos sin aceptar siquiera la posibilidad de que hubiera algo valioso en los momentos tensos de nuestra relación. Durante unos cincuenta años la relación que ha sostenido con su cuñada -su hermana política- ha estado marcada por los celos aunque ni siquiera se le ha ocurrido pensar que la suya, a fin de cuentas, no deja de ser una relación fraterna. Mi hija, en cambio, creció entre chicos y para ella los hombres no encierran grandes misterios y por ello busca la compañía de las mujeres como amantes y como hermanas.

Al calificar a la figura de la Hermana como un arquetipo no estoy diciendo que exista una especie de esencia universal ahistórica de la fraternidad sino que tan sólo expreso mi convencimiento de que conlleva una dimensión transpersonal, extrapersonal y religiosa que confiere una numinosidad daimónica, un aura divina a todas aquellas personas reales sobre las cuales “transferimos” el arquetipo. Pero no tenemos que creer en esto como si se tratara de una dogma sino que debemos observar en qué medida nuestra experiencia concreta sirve de detonante de un arquetipo que provoca respuestas similares y recurrentes. Siempre me ha impresionado profundamente la observación de Freud de que aunque hemos hecho algo sagrado de la relación paternofilial hemos permitido, no obstante, que la relación entre hermanos se convirtiere en algo profano. Yo también experimento que el arquetipo de la Hermana es menos abrumadoramente numinoso que el de la Madre ya que la figura de esta es divina mientras la de aquella no lo es y es proporcionada a las dimensiones de nuestra propia alma. La relación que mantenemos con la mortal Psique difiere -y mucho- de la que sostenemos con Perséfone (la diosa con la que inicié mi investigación).

La figura de la sombra es particularmente interesante a este respecto porque, como decía Jung, en los mitos, en la literatura y en los sueños la sombra suele representarse como un hermano. Jung estaba muy interesado por lo que él denominaba “el motivo del enfrentamiento entre hermanos”, un tema emblemático de toda antítesis, especialmente de las dos formas antagónicas de tratar con el poderoso inconsciente: la negación y la aceptación, el literalismo y el misticismo. Este interés le llevó a estudiar detenidamente el cuento de E. T. Hoffman El Elixir del Diablo y a concluir que el rechazo y el temor que sentía el protagonista por su malvado hermano terminaron conduciéndolo a la rigidez, al estrechamiento de su conciencia, a la inflexibilidad violenta y, en suma, a la unidimensionalidad de “un hombre carente de sombra” (1).


Notas

(1) C. G. Jung, “Symbols of the Mother and Rebirth”, Collected Works, vl. 5, p. 259 (Nueva York: Pantheon, 1959): C. G. Jung, Two Essays on Analytical Psychology, C. W. vol. 7, pp, 38, 75.

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