sábado

NICOLÁS MAQUIAVELO - EL PRÍNCIPE (7)



INTRODUCCIÓN

CAPITULO IV (1)

Por qué ocupado el reino de Darío por Alejandro, no se rebeló contra los sucesores de este después de su muerte

Considerando las dificultades que se experimentan en conservar un Estado adquirido recientemente, podría preguntarse con asombro, cómo sucedió que hecho dueño Alejandro Magno del Asia en un corto número de años, y habiendo muerto a poco tiempo de haberla conquistado, sus sucesores, en una circunstancia en que parecía natural que todo Estado se pusiese en rebelión, le conservaron, sin embargo, y no hallaron para ello más dificultad que la que su ambición individual ocasionó entre ellos. He aquí mi respuesta: los principados conocidos son gobernados de uno u otro de estos modos: el primero consiste en serlo por un príncipe, asistido de otros individuos que, permaneciendo siempre súbditos bien humildes al lado suyo, son admitidos por gracia o concesión en clase de servidores solamente, para ayudarle a gobernar. El segundo modo con que se gobierna, se compone de un príncipe, asistido de barones, que tienen su puesto en el Estado, no de la gracia del príncipe, sino de la antigüedad de su familia. Estos barones mismos tienen Estados y gobernados que los reconocen como señores suyos, y les dedican su afecto naturalmente.
El príncipe, en los primeros de estos Estados en que gobierna él con algunos ministros esclavos, tiene más autoridad, porque en su provincia no hay ninguno que reconozca a otro más que a él por superior: y si obedece a otro no es por un particular afecto a su persona, sino solamente porque él el Ministro y empleado del príncipe.
Los ejemplos de estas dos especies de gobiernos son, en nuestros días, el del Turco y del rey de Francia. Toda la monarquía del Turco está gobernada por un señor único; sus adjuntos no son más que criados suyos; y dividiendo en provincias su reino, envía a ellas diversos administradores, a los cuales muda y coloca en nuevo puesto a su antojo. Pero el rey de Francia se halla en medio de un sinnúmero de personajes, ilustres por la antigüedad de su familia, quienes, por otra parte, les profesan afecto. Estos personajes tienen preeminencias personales, que el rey no puede quitarles sin peligrar él mismo.
Así, cualquiera que se ponga a considerar atentamente uno y otro de estos dos Estados, hallará que habría suma dificultad en conquistar el del Turco; pero que si uno le hubiera conquistado, tendría una grandísima facilidad en conservarle. Las razones de las dificultades para ocuparle son que el conquistador no puede ser llamado allí de las provincias de este imperio, ni esperar ser ayudado en esta empresa con la rebelión de los que el soberano tiene al lado suyo: lo cual dimana de las razones expuestas más arriba. Siendo todos esclavos suyos, y estándole reconocidos por sus favores, no es posible corromperlos tan fácilmente; y aun cuando se lograra esto, no podría esperarse mucha utilidad, porque no les sería posible atraer hacia sí a los pueblos, por las razones que hemos expuesto. Conviene, pues, ciertamente, que el que ataca al Turco, reflexione que va a hallarle unido con su pueblo, y que pueda contar más con sus propias fuerzas que con los desórdenes que se manifestarán a favor suyo en el imperio. Pero después de haberle vencido y derrotado en una campaña sus ejércitos, de modo que él no pueda ya rehacerlos, no quedará ya cosa ninguna temible más que la familia del príncipe. Si uno la destruye, no habrá allí ya ninguno a quien deba temerse; porque los otros no gozan del mismo valimiento al lado del pueblo. Así como el vencedor, antes de la victoria, no podrá contar con ninguno de ellos, así también no debe cogerles miedo ninguno después de haber vencido.

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