Comenzaron a pasar las carretas rumbo a la Media Luna. Él se agachó, escondiéndose en el galápago que bordeaba el río. «¿De quién te escondes?», se preguntó a sí mismo.
-¡Adiós, padre! -oyó que le decían.
Se alzó de la tierra y contestó:
-¡Adiós! Que el Señor te bendiga.
Estaban apagándose las luces del pueblo. El río llenó su agua de colores luminosos.
-Padre, ¿ya dieron el alba? -preguntó otro de los carreteros.
-Debe ser mucho después del alba -respondió él. Y caminó en sentido contrario al de ellos, con intenciones de no detenerse.
-¿Adónde tan temprano, padre?
-¿Dónde está el moribundo, padre?
-¿Ha muerto alguien en Contla, padre?
Hubiera querido responderles: «Yo. Yo soy el muerto». Pero se conformó con sonreír. Al salir del pueblo precipitó sus pasos.
Regresó entrada la mañana.
-¿Dónde estuvo usted, tío? -le preguntó Ana su sobrina-. Vinieron muchas mujeres a buscarlo. Querían confesarse por ser mañana viernes primero.
-Que regresen a la noche.
Se quedó un rato quieto, sentado en una banca del pasillo, lleno de fatiga.
-¡Qué fresco está el aire!, ¿no, Ana?
-Hace calor, tío.
-Yo no lo siento.

























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