miércoles

EL PODER Y LA GLORIA - GRAHAM GREEN

DÉCIMA ENTREGA


PRIMERA PARTE

IV

Los circunstantes (1)

Hacía años que Mr. Tench no había escrito una carta. Sentados ante la mesa de trabajo chupaba la pluma de acero. Un impulso extraño le había hecho poner en aquella carta lanzada al azar, la última dirección que él tuvo en Southen. ¿Quién sabe los que todavía estarían vivos? Intentó empezar: era como romper el hielo en una reunión donde uno no conoce a nadie. Empezó a escribir el sobre:

Mrs. Henry Tench, a cargo de Mrs. Marsdyke
3, The Avenue
WESTCLIFF

Era la casa de la suegra, la dominante y entremetida criatura que le había inducido a establecerse en Southen durante un período funesto. “Ruego se la entregue”, escribió. No haría tal si conociera su letra; pero probablemente la tendría olvidada por entonces.

Chupó la pluma entintada. ¿Cómo continuar? Sería más fácil si tuviera otro propósito que el vago deseo de hacer saber a una persona que todavía estaba vivo. Demostraría torpeza con esto si ella se hubiese casado de nuevo; pero en este caso ella no vacilaría en romper la carta. Escribió: “Querida Silvia”, con letra grande, clara e imperfecta, el oído atento a la fundición que ronroneaba sobre el banco. Estaba haciendo una aleación de oro; allí no había establecimiento donde comprar el material confeccionado. Además éstos no facilitan oro de catorce quilates para trabajos dentales, y él no podía proporcionarse un material más fino.

El engorro consistía en que allí jamás ocurría nada. Su vida era tan sobria, respetable, regular, como la misma Mrs. Marsdyke pudiera exigir.

Echó una mirada al crisol: el oro estaba a punto de mezclarse con la aleación; por tanto echole una cucharada de carbón vegetal para proteger la mezcla contra el aire, volvió a coger la pluma y se sentó embobado ante el papel. No podía recordar claramente a su mujer: tan sólo los sombreros que llevaba. ¡Qué sorprendida quedaría al saber noticias suyas después de tanto tiempo! Tan sólo habían escrito una carta cada uno desde la muerte del chico. Los años, en realidad, no significaban nada para él; pasaban con regularidad y rapidez sin cambiar una sola de sus costumbres. Seis años atrás había intentado marcharse, pero el peso bajó de valor a causa de una revolución, y él tuvo que instalarse en el Sur. Ahora tenía más dinero ahorrado, pero hacia un mes que el peso había vuelto a bajar: otra revolución en algún sitio. No había más remedio que aguardar... Volvió a meterse la pluma entre los dientes, y su memoria se desvaneció en el cuartito caluroso. ¿A qué escribir, después de todo? Ya no recordaba cómo se le había ocurrido tan extravagante idea. Alguien llamó a la puerta exterior y él dejó la carta sobre el banco, el “Querida Silvia” mirando para arriba, grande, descarado y sin esperanza. La campana de un barco sonaba junto a la orilla del río; era el General Obregón de vuelta de Veracruz. Se agitó un recuerdo; fue como si algo vivo y dolorido se moviera en el cuartito delantero entre las mecedoras-una tarde interesante: ¿qué le habría ocurrido cuando?... -Entonces esfumóse el recuerdo: Mr. Tench estaba acostumbrado al dolor; era su profesión. Aguardó con cautela hasta que volvieron a llamar a la puerta y una voz dijo:

-Con amistad -antes de descorrer el cerrojo y abrir para dar paso a un paciente. No había seguridad en ninguna parte.


El Padre José franqueó la gran portada clásica que rezaba, en letras negras, Silencio, en lo que la gente solía llamar el “jardín de Dios”. Era aquél un sistema de construir en que nadie se fijaba en la arquitectura de la casa vecina. Los mausoleos de piedra eran de cualquier altura y de cualquier forma; a veces un ángel estaba sobre el tejado con las altas cubiertas de liquen; a veces a través de una vidriera podían verse algunas flores de metal oxidadas sobre un anaquel: era como asomarse a la cocina de una casa cuyos dueños se acababan de mudar olvidándose de llevar los utensilios.

Reinaba una sensación de intimidad: uno podía ir a todas partes y verlo todo. De allí la vida se había retirado por completo.

El Padre José caminaba muy despacio entre las tumbas a causa de su corpulencia; allí le era posible estar solo: no había chiquillos por los alrededores y sentía despertarse en él una sensación de nostalgia preferible a la falta de todo sentimiento. Había enterrado a algunas de aquellas personas. Sus ojuelos inflamados giraban de aquí para allá. Al rodear la enorme masa gris del panteón de los López, familia de comerciantes que cincuenta años atrás poseía el único hotel de la capital, encontró que no estaba solo. Habían excavado una tumba en el límite del cementerio próxima a la pared. Dos hombres trabajaban con rapidez; a su lado estaban una mujer y un anciano.

A sus pies yacía un ataúd de niño. El suelo empapado permitía llegar rápidamente a la profundidad necesaria, pero el hoyo en seguida sé llenaba de agua. Por esto los que tenían dinero construían sus sepulturas sobre el nivel del suelo.

Todos se detuvieron un momento y miraron al Padre José, el cual torció hacia el panteón de los López como si fuera un intruso. No había señal ninguna de dolor en el día cálido y brillante: un zopilote permanecía sobre un tejado junto al cementerio. Alguien dijo:

-Padre.

Éste levantó la mano suplicando, cual si tratara de indicar que él no estaba allí, que se había ido lejos; perdido de vista. El anciano volvió a decir:

-Padre José.

Todos le observaban ávidamente: estuvieron resignados hasta que él apareció; pero ahora estaban ansiosos, exigentes... Escabullose dándoles un quiebro.

-Padre José -repitió el viejo-. ¿Una oración?

Los demás le sonreían, esperando. Estaban acostumbrados a ver morir gente, pero una esperanza imprevista de felicidad había surgido ante ellos: podrían después de aquello presumir de que al menos uno de su familia había sido enterrado con una oración oficial.

-Es imposible -contestó él.

-Ayer fue el día de su santo -dijo la mujer, como si esto modificara el caso-. Tenía cinco años.

Era una de esas mujeres parlanchinas que enseñan a los extraños las fotografías de sus hijos; pero entonces cuanto podía mostrar era un ataúd.

-Lo siento.

El anciano empujó a un lado el ataúd con los pies para mejor acercarse al Padre José; era pequeño y ligero y acaso no contuviera sino huesos.

-No se trata de un servicio completo, ¿comprende? Tan sólo una oración. Era una niña... inocente.

La palabra sonaba extraña, arcaica y local en la pequeña ciudad de piedra, anticuada como la tumba de los López, propia de allí tan sólo.

-Es contra la ley.

-Su nombre -siguió la mujer- era Anita. Yo estaba enferma cuando la tuve -explicó como para excusar la fragilidad de la niña que estaba produciendo todos aquellos inconvenientes.

-La ley...

El viejo se llevó un dedo a la nariz.

-Puede usted fiarse de nosotros. No se trata más que de una breve plegaria. Yo soy su abuelo y éstos son su madre, su padre, su tío. Puede usted fiarse de nosotros.

Pero allí estaba la dificultad: no podía fiarse de nadie. Tan pronto como volvieran a su casa, uno u otro empezaría a jactarse. El Padre José retrocedía sin cesar, agitando sus dedos rollizos, sacudiendo la cabeza, y casi chocó contra la tumba de los López. Estaba espantado y, sin embargo, un curioso orgullo bullía en su garganta, porque se le volvía a tratar como a un sacerdote, con respeto.

-Si pudiera -empezó-, hijos míos...

Súbita e inesperadamente la desesperación cayó sobre el cementerio. Aquella gente se había hecho a perder hijos, pero no a lo que conoce mejor el resto del mundo: ver desvanecerse una esperanza. La mujer empezó a llorar, en seco, sin lágrimas, con el ruido de un animal cogido en la trampa y que implora ser liberado; el anciano cayó de rodillas con las manos extendidas.

-Padre José -dijo ella-, no hay ningún otro...

Tenía el aspecto de quien pide un milagro. A él le asaltó una tentación enorme de correr el riesgo y decir una oración sobre la tumba; sentía la fuerte atracción de cumplir con su deber y empezó a trazar el signo de la cruz en el aire; entonces volvió el miedo, como un narcótico. El envilecimiento y la seguridad le aguardaban abajo, junto al muelle: necesitaba marcharse. Cayó desesperadamente sobre las rodillas y les suplicó:

-¡Déjenme solo! -Añadió-: Soy indigno. ¿No pueden verlo? Soy un cobarde.

Los dos viejos se miraban cara a cara arrodillados entre las sepulturas, con el pequeño ataúd apartado a un lado como un pretexto. Un espectáculo ridículo. Comprendía que era absurdo: toda una vida de autoanálisis le capacitaba para verse tal como era, gordo, repugnante, viejo y humillado. Fue como si un seductor coro de ángeles se hubiese retirado en silencio dejando oír las voces de los chiquillos en el patio:

-Ven a la cama, José,.ven a la cama -más agudas y estridentes que nunca. Comprendió que se hallaba en las garras del imperdonable pecado: la desesperación.

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