sábado

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES - G. K. CHESTERTON


DECIMOCTAVA ENTREGA

CAPÍTULO SEXTO (1)
LA INEXPLICABLE CONDUCTA DEL PROFESOR DE WORMS (1)


-¡Sentarse! -gritó Domingo con una voz que pocas veces dejaba oír, una voz que  hacía caer de las manos las espadas.

Los tres que se habían levantado soltaron a Gogol, y el equívoco personaje reasumió su  asiento.

-Bien, señor mío -dijo con presteza el Presidente, como si se dirigiera a un desconocido-. ¿Quiere usted hacerme el favor de enseñarme lo que lleva en el bolsillo del  chaleco?

El pretendido polaco estaba algo pálido, bajo la maraña negra de sus cabellos; pero afectando tranquilidad, metió dos dedos en el bolsillo indicado, y sacó una tarjetita azul. Al verla sobre la mesa, Syme recobró el sentido del mundo exterior. Porque, aunque la tarjeta estaba en el otro extremo de la mesa y no podía leer su inscripción, era idéntica a la que él mismo llevaba, a la que le habían dado cuando ingresó en la cuadrilla antianarquista.

-Patético eslavo -dijo el Presidente-, trágico hijo de Polonia ¿se atrevería usted, ante  esta tarjeta, a negar que está usted, por decirlo así, de sobra en nuestra tertulia?

-No señor -dijo el antes Gogol. Y todos se sorprendieron de oír salir, por entre aquel  bosque de extranjero pelamen, una voz clara, comercial y hasta "cockney", de bajo pueblo londinense. Era tan absurdo como oír a un chino hablar de pronto en inglés con el acento de Escocia.

-Comprendo que usted se da cuenta de su situación -dijo el Domingo.

-Usted lo ha dicho -replicó el falso polaco-; ya veo que es un poco desairada. Y sólo  mantengo que ningún polaco es capaz de imitar mi acento como yo he imitado el suyo.

-Concedido -dijo el Domingo-. Creo en efecto que el acento de usted es inimitable, y  aun confieso que en vano he tratado de remedarlo a la hora de mi baño. ¿Tendría usted  inconveniente en dejarme sus barbas con su tarjeta?

-Ninguno -contestó Gogol; y con un dedo se arrancó toda su envoltura peluda,  descubriendo unos ralos cabellos rubios en una cara pálida y descocada-. Esto es sofocante -añadió.

-Le hago a usted la justicia de confesar -observó Domingo con cierta brutal  admiración- que usted, sin embargo, ha sabido conservar su sangre fría debajo de esa envoltura. Y ahora, óigame usted: me gusta usted. Esto quiere decir que si supiera yo que  ha muerto usted en el tormento, me sentiría molesto por espacio de dos minutos y medio.  Pues bien: si usted descubre algún día a la policía o a cualquiera persona la menor cosa  que nos incumba, tendré esos dos minutos y medio de molestia. Y de la molestia que usted  tendrá no hay para qué hablar. Pase usted muy buenos días. Y cuidado con la escalera.

El blondo detective que se escondía bajo la máscara de Gogol, se levantó y salió del  cuarto con un aire de completa indiferencia. Sin embargo, el asombrado Syme comprendió que esta indiferencia era afectada, porque un tropezón al salvar la puerta dio clara señal de que el detective no pensaba en la escalera.

-¡Cómo pasa el tiempo! -dijo alegremente Domingo echando un vistazo a su reloj, que  como todas sus cosas parecía de tamaño más que natural-. Tengo que irme; tengo que  presidir una reunión humanitaria.

El secretario se volvió hacia él con ceño adusto:

-¿Y no sería mejor -dijo con cierta sequedad- discutir los detalles de nuestro  proyecto, ahora que estamos sin el espía?

-Creo que no -dijo el Presidente con un bostezo que parecía un terremoto. Dejémoslo  en tal estado. Que lo arregle el Sábado. Yo tengo que irme. Almorzaremos aquí el domingo  próximo.

Pero la dramática escena había fustigado los nervios casi desnudos del secretario. Era  uno de esos hombres concienzudos hasta en el crimen.

-Me veo obligado a protestar, Presidente, esto es una irregularidad -dijo-. Es una  regla fundamental de la Sociedad el discutir todos los planes en pleno consejo. Cuando  estaba aquí el traidor, comprendo que usted dijera...

-Secretario -interrumpió el Presidente con gravedad-. Si usted hubiera hecho hervir  su cabeza en casa como un nabo, puede que sirviera para algo. No estoy seguro, pero  pudiera ser...

El secretario retrocedió con furor equino.

-Verdaderamente -empezó a decir muy ofendido- no comprendo...

-Eso es, eso es -le interrumpió el Presidente moviendo la cabeza-; usted no  comprende, usted no comprende nunca. Diga usted, asno entre los asnos -gritó  poniéndose de pie-, usted no quiere que le oigan los espías ¿no es verdad? ¿Y quién le  asegura a usted que ahora mismo no le están oyendo?

Y con esta palabras, se encogió de hombros desdeñosamente y salió del cuarto.

Los otros cuatro se quedaron viéndolo boquiabiertos, sin entenderle. Sólo Syme sabía a  qué atenerse, y un frío le corrió por los huesos. Si algo quería dar a entender el Presidente, es que había sospechado de Syme, que no podía denunciarlo como a Gogol, pero que tampoco se fiaba de él. 

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