traducción de José Ferrater Mora
CUADRAGÉSIMONOVENA ENTREGA
XVI
DIOS ES EL AMOR (4)
Justamente hacia mediados de siglo, es decir, en el momento de la encarnizada lucha de Kierkegaard contra el cristianismo oficial que había suprimido a Cristo, Kierkegaard conoció las obras de Schopenhauer, que comenzaba a adquirir una cierta notoriedad en Alemania. Le causaron una gran impresión. “Me ha sorprendido -anota en su Diario- descubrir a un escritor que me es, a pesar de nuestras profundas divergencias, tan próximo.” Pero Kierkegaard reprocha a Schopenhauer que “ofrezca una ética que no tiene poder suficiente sobre el que la enseña para obligarle a manifestarla en su vida”. Sin, embargo, habría que decir lo mismo de Kierkegaard: tampoco él logra justificarse por el hecho de que confiese sinceramente que no tiene derecho a llamarse cristiano. Schopenhauer es lo “bastante honrado” para no pretender igualar a los justos a quienes glorifica y para no querer pasar por santo. Kierkgaard subtaya este hecho y, a pesar de ello, aplica a Schopenhauer el patrón de la filosofía existencial: quiere “obligarle” a realizar su doctrina en vida. En cambio, no estima ni posible ni necesario someterse él mismo a tal obligación, y después de su encuentro con Schopenhauer prosigue con un frenesí cada vez mayor su predicación de un cristianismo “feroz”. No obstante, sería falso ver en esto una falta de lógica. Lo que aquí se manifiesta es más bien, si se quiere, una indiferencia total, un odio inclusive contra la lógica teórica y contra todo lo que recuerde la “obligación”. La filosofía existencial no soporta ninguna obligación; abandona ésta a la llamada filosofía especulativa. Y aunque Kierkegaard exigiera de Schopenhauer que no se limitara a ultrajar a los hombres en libros que podían leerse o no leerse, sino que lo hiciese en las plazas públicas, en los teatros, en las iglesias, en el fondo él no estaba inclinado a hacerlo o, para decirlo más exactamente, estaba inclinado a hacer algo muy distinto. Si vis me flere primum est tibi ipsi dolendum. (Si quieres hacerme llorar, debes comenzar por sufrir.) Kierkegaard sentía que Schopenhauer vivía en buenos términos con su pesimismo. Y no podía perdonárselo. Schopenhauer se mofaba de Leibniz, calificando a su optimismo de “impío”. Pero ante las exigencias de Kierkegaard respecto a la filosofía, un pesimismo “ajustado” a la vida, satisfecho de sí mismo, era probablemente aun más “impío”.
En ese lenguaje particular que le es propio, Kierkegaard llama “simultaneidad” a la relación en la cual se encuentra con el cristianismo. Según él, los horrores de la vida terrestre de Cristo no pertenecen al pasado, sino al presente. No han terminado, sino que prosiguen. Y en esto ve lo “decisivo”. Además, aun cuando nos haya confesado que no puede proporcionarnos una exposición honrada del cristianismo y que ha sido siempre incapaz de realizarlo en su vida, declara sin vacilaciones: “Y esto (la simultaneidad) es lo decisivo. Este pensamiento es para mí el pensamiento de mi vida. Y puedo decir en verdad que tengo el honor de sufrir por haberlo proclamado. Por eso muero alegremente, lleno de gratitud hacia la Providencia por haberme permitido dirigir mi atención hacia ese pensamiento y dirigido también hacia él la atención de otros. No soy yo quien lo he inventado. ¡Dios me libre de esta presunción! No, este pensamiento ha sido descubierto desde hace mucho tiempo: fue proclamado por el Nuevo Testamento. Pero me ha sido otorgado hacer revivir por el sufrimiento esa idea que, como el ácido arsenioso para las ratas, es un veneno para los profesores, ese desecho de la humanidad que ha arruinado, propiamente hablando, al cristianismo. Para los profesores, esos hombres valientes que levantan mausoleos en honor de los profetas, que exponen objetivamente las doctrinas de éstos, que objetivamente (y probablemente llenos de orgullo por su objetividad) sacan provecho de los sufrimientos y de la muerte de esos hombres admirables, pero que personalmente (y siempre con ayuda de tan glorificada objetividad) se colocan al margen, lo más lejos posible, de todo lo que pudiera parecer una pequeña participación en los sufrimientos de los mejores entre los hombres… la simultaneidad -todo radica en esto. Imagínate al testigo de la verdad, es decir, a un hombre que siga el ejemplo de esos grandes hombres. Ha soportado todas las persecuciones, todos los malos tratos, y ha resistido largamente a ellos. Finalmente, ha sido ejecutado. El suplicio a lo que ha sido condenado es espantoso, ha sido quemado vivo, con refinada crueldad, a fuego lento.
“Imagínatelo. La gravedad del asunto y el cristianismo exigen que te representes todo esto de manera que tu sufrimiento sea idéntico al que habrías experimentado si hubieses sido contemporáneo de ese hombre y lo hubieses reconocido por lo que era. He aquí en qué consiste la seriedad del cristianismo.”

























No hay comentarios:
Publicar un comentario