sábado

MARIO LEVRERO - ALICE SPRINGS (EL CIRCO, EL DEMONIO, LAS MUJERES Y YO)


CUARTA ENTREGA

IV
YO
Cruzando el Pont des Arts, entrando al Louvre atravesando sus patios interiores, caminando hacia la izquierda, uno puede lle­gar a Les Tuilleries; y parado aún en los últimos peldaños de la escalinata del Louvre uno puede mirar de manera que se super­pongan el chorro de agua de la primera fuente con el chorro de agua de la última fuente, y alinearlos con el obelisco de la Place de la Concorde y, allá a lo lejos, después de la suave curva de les Champs Elisées, centrar el obelisco de la Place de la Concorde en la justa mitad del Arc de Triomphe, mientras se respira el aire más dulce del mundo. Inmediatamente después, uno, si tiene el co­raje suficiente, puede volarse los sesos.
El recorrido desde el Gran Hotel Saint-Michel hasta el Louvre, tanto a pie como en metro, las Tullerías o el jardín de Luxemburgo o mismo el puente Alejandro III ya no lograban conmoverme. Hacía más de quince días que Marie había logra­do localizar y reconquistar a su marido. Me había dejado un largo beso, una cara húmeda por las lágrimas suyas y las mías, y el alma fragmentada de una manera irreversible.
Muchas veces había soñado, durante años y años, con llegar un día a París; sin embargo ahora yo no estaba allí, había llega­do a París sin llegar. Yo estaba en Marie, y Marie ya no estaba, y ahora me movía sin sentido en una ciudad sin sentido. La filo­sofía de Dante cobraba en mí un cuerpo insospechadamente fuerte. Nada es real. Del mismo modo que se puede viajar a la luna sin moverse del camastro de un altillo en un pueblito per­dido de Australia, también se puede estar en París sin estar en ninguna parte.
En el hotel hice cuentas y comprobé que me iba quedando muy poco dinero. A la mañana siguiente iría a la embajada uru­guaya a pedir la repatriación. Esa noche salí a mirar una vez más la catedral de Nôtre-Dame a la luz de la luna, pero aquello era pura rutina. En una vidriera vi un pequeño anuncio: la película pornográfica que exhibían en un cine cuyo nombre no recuer­do, en la rue des Capucines. La película se llamaba “El sexo de Anita”, o algo parecido, y era en tercera dimensión, para mirar con anteojos especiales. Así gastaría mis últimos francos, de la manera más idiota, y nunca volvería a lavar una copa, ni un plato; nada, nunca más. Porque nada es real.
Salí del hotel sin la guía y me perdí una vez más por las calle­jas retorcidas del Barrio Latino. Fui a parar varias veces al Sena y cuando por fin di con la rue des Capucines y encontré el núme­ro que buscaba, el cine estaba cerrado. Me quedaría sin conocer el sexo de Anita en 3-D, del mismo modo que me quedaría sin conocer el sexo de tantas mujeres mucho más interesantes que esa Anita. Lloviznaba levemente y empecé a buscar la salida del laberinto rumbo al hotel. Estaba más allá de cualquier senti­miento de frustración, porque ya no había en el mundo nada capaz de generarme la menor esperanza. Había muerto una vez más, probablemente la última. Nada es real.
Al pasar por tercera o cuarta vez por un mismo callejón que se empeñaba en atravesarse sistemáticamente en mi camino, con la misma tenacidad del Sena, cada vez que creía estar saliendo del laberinto, reparé en un cartel colocado sobre un portal estrecho, y los colores chispeantes y atractivos me des­concertaron. ¿Cómo pude pasar por allí tantas veces sin verlo? Desde la vereda de enfrente leí las letras multicolores: OKLAHOMA BIG MAGNETIC CIRCUS; más abajo, LE CIRQUE MAGNETIQUE D’OKLAHOMA y más abajo aún, en letras más peque­ñas: Nothing is real – Rien est réel. Y si la vista no me engañaba, allí en el portal, metida dentro de un pequeño quiosco metálico, estaba la mujer-niña vendiendo los tickets.
No había un alma a la vista. Crucé la calle y me acerqué al kiosco.
-C’est combien, le ticket? -pregunté.
-Un franc, Monsieur -respondió imperturbable la mujer-niña. Pagué la suma ridícula y me interné por el largo pasillo, que concluía en un cortinado negro. Junto a él, el padre de la mujer-niña, el-que-no-podía-morir. Le entregué el ticket, y con una pequeña reverencia entreabrió el cortinado y me hizo pasar.
El escenario consistía en una pequeña pista circular; y para el público había una sola butaca. El padre de Mariarrosa me acompañó hasta ella.
-Asseyez-vous, monsieur, s’il vous plaît.
Inmediatamente se apagaron las luces y un solo foco iluminó la pista, donde se erguía una réplica exacta del padre de la mujer-niña, vestido de negro, con un látigo en la mano. Se hizo escuchar una música estridente de circo, ampulosa y desafinada, y la réplica comenzó a variar levemente hasta transformarse por completo en Mariarrosa, y luego otra vez en su padre, y siguió oscilando hasta que la música cesó bruscamente.
-Señoras y señores -tronó la voz del padre de-Mariarrosa, y me sentí incómodo de que hablara en plural cuando yo era el único espectador; hablaba en perfecto español- antes de comenzar el fabuloso espectáculo, debemos advertir que es pre­ciso mantener la sangre fría. Mediante avisos oportunos recordaremos a los espectadores que nada es real, y este aviso, visual o auditivo, tendrá la virtud de calmar por completo cualquier inquietud. No debe perderse de vista que se trata de un espectáculo que sólo busca entretener y divertir. Nada es real en él, todos son trucos ópticos y electromagnéticos -hizo restallar el látigo, y la luz cambió del blanco al verde-. Ahora, invitamos al público a subir al escenario. El espectáculo va a comenzar.
Una vez más restalló el látigo y me sentí impelido a levantarme de la butaca y entrar al redondel. La figura era ahora una réplica de Mariarrosa. Un nuevo chasquido del látigo y el esce­nario pareció extenderse al infinito; me encontré sumergido en medio de una muchedumbre, en pleno centro del Barrio Latino. Mariarrosa me tomó de un brazo y luego señaló la estación de mètro en la vereda de enfrente.
-¡Mira! -exclamó. Miré, y vi a Marie que descendía las esca­leras de la estación acompañada por un hombre vagamente conocido. Crucé la calle corriendo y bajé yo también, pero no logré distinguir a la pareja entre la multitud que subía y bajaba atropelladamente. Seguí internándome por los túneles del mètro, mareado por ese olor particular, no del todo desagradable, que me hacía pensar en el ozono, y por las luces brillantes de los escaparates, hasta que me fui dando cuenta de que aquello no era ya una estación, y ni siquiera se trataba ahora de París: estaba en una tienda montevideana, antigua, la misma donde había traba­jado mi padre durante casi toda su vida. Y allí estaba él ahora, de pie junto a uno de los tantos pequeños mostradores de la sección de artículos para hombres. Corrí hacia él, con alegría, y una voz metálica, inubicable, como si saliera por varios altoparlantes a la vez, me recordó: NADA ES REAL. Mi padre parecía no verme, o no reconocerme; quedé parado ante él, desconcertado, lleno de angustia, sin poder hablarle. Mariarrosa me llamó la atención ha­cia los ascensores, ubicados a nuestra derecha; alcancé a ver entre las rejas metálicas, dentro de la caja del ascensor que subía, una falda de color claro que me pareció la de Marie. Fui corriendo hasta el ascensor contiguo, y no supe cuál botón apretar; el padre de Mariarrosa estaba a mi lado, y apretó uno que me pareció que llevaba el número 108, aunque eso era imposible. Me atacó una violenta sensación de vértigo mientras subíamos a una velocidad enorme y yo imaginaba encontrarme ya a gran altura; cuando me sentí a punto de desmayarme, sobre una de las paredes del ascensor comenzó a titilar un cartelito rojo: NADA ES REAL -NOTHING IS REAL – RIEN EST RÉEL, y automáticamente me sere­né. La puerta se abrió y eché a andar entre mostradores atendi­dos por mujeres; una vendedora muy solícita se me acercó para ofrecerme una crema de afeitar a precio de promoción. Al mirar a la vendedora a la cara me sorprendió reconocerla: era nada menos que aquella muchacha a quien debía el viaje a Australia.
-¿Qué haces aquí? -exclamé, con admiración.
-Excusez-moi, monsieur -dijo ella, y advertí que me había confundido; era en realidad más vieja que mi amiga y, mirándola bien, no se le parecía en lo más mínimo. Sin embargo, agregó-: Madame est là, monsieur -señalando a una mujer que se alejaba junto a un hombre, la misma que había confundido con Marie al bajar las escaleras del mètro; ahora bajaban nuevamente, tomados de la mano, por las escaleras alfombradas de la tienda. Intenté correr hacia ellos, pero la vendedora se interpuso-. Vôtre creme-à-raser, monsieur. Ce sont dix francs -me señaló la caja, donde había una larga fila de gente que esperaba turno para pagar.
-No… no puedo… ahora no -murmuré, y corrí hacia las escaleras. Me crucé con mi padre, disfrazado de conejo gigante, que miraba un enorme reloj unido a su chaleco por una larga cadena de oro y se repetía que era tarde, que era muy tarde, que era demasiado tarde. Bajé enloquecido los escalones de la tien­da y me parecía que todo comenzaba a girar y, cuando estaba por caer, Mariarrosa me aferró por los hombros y me gritó que nada era real. Un poco más sereno, seguí bajando lentamente. Vi un cartel que decía: OFICINA DE OBJETOS PERDIDOS – NIÑOS PERDIDOS – PERSONAS DESAPARECIDAS, y me acerqué a la venta­nilla. Allí había una mujer de rostro familiar, que me sonreía.
-Yes, Sir? -preguntó con afabilidad.
-Well -dije-, I have lost quelque chose, quelqu’un… I don’t know, I can ‘t remember… Who are you?
-Who are you? -replicó la empleada, señalándome con un índice acusador, y estaba vestida igual que Marie, y ahora comenzaba a reconocerla.
-¡Sí! -exclamé, y la empleada era ahora una niña, y estába­mos en un inmenso patio descubierto, bajo unas nubes de abril, cerca de un árbol que exhalaba un perfume ligeramente ácido y amable-. Yo te amaba… -mi niñez se transformaba abrupta­mente en adolescencia, y una ola de secreciones nuevas me enrojecía la cara y no me dejaba hablar-. Yo… -el látigo res­talló y la niña se transformó en Mariarrosa.
-¡Más atrás! -gritó, y me encontré frente a una niña peque­ña; yo también era muy pequeño, y ambos estábamos separados por un inmenso foso. Alrededor del foso había otros niños, un poco mayores. Yo miraba fascinado a la niña de trenzas negras, y al mismo tiempo temía caer en ese pozo que se abría junto a mis pies. Oí la voz de mi madre que me llamaba desde la casa vecina. Mariarrosa puso un revólver en mi mano derecha y acomodó mi índice sobre el gatillo-. Mátalos -dijo, señalando a los otros niños, y en un árbol lejano titilaba un cartel que decía NADA ES REAL. Intenté apretar el gatillo pero no pude; la voz de mi madre seguía llamándome, y tenía urgencia por obedecer. A un nuevo sonido del látigo, y mientras Mariarrosa repetía “¡Más atrás!”, vi que sobre mí se inclinaban unos rostros deformes y ávidos; yo estaba en una cuna, y los rostros sonreían con perversidad, como tratando de devorarme-. ¡Mátalos! ¡Mátalos! -mi manecita de bebé ocultaba entre las blancas sábanas un revólver que oscilaba apuntando a uno y otro rostro, mientras mi pequeño dedo índice hacía un esfuerzo supremo por mover el gatillo, sin poder vencer la resistencia del resorte. Me puse a llorar a gritos. Una voz que ya no provenía del exterior, sino que resonaba dentro de mi propia cabeza, me dijo perentoriamente que nada era real, y con un sus­piro recobré un tanto la calma; pero aún mi cuerpo se estremecía en ligeros espasmos, y sentí que transpiraba copiosamente-. NADA ES REAL -decía un enorme cartel, y era lo único que había ahora ante mi vista. Al sonido del látigo la escena se trasladó a un terraplén junto a las vías de ferrocarril en el pueblito obrero de mi infancia. Yo estaba en brazos de un aya que olía muy bien, una muchacha joven que me paseaba por encargo de mi madre.
-¿Dónde está papá? -pregunté; era una pregunta recurren­te que nunca tenía una respuesta clara.
-Está trabajando, en el centro.
-¿Y dónde está el centro?
El centro comenzó a girar; ¿qué es el centro? Buscar el cen­tro; allí está él. Todo hacia el centro. Mariarrosa me sacudió, tomándome de los hombros, sacándome de un remolino que me arrastraba.
-NADA ES REAL -gritaba ella. Sentí un dolor terrible en las palmas de las manos y en los pies; me habían clavado a una cruz, en lo alto de un monte, y una corona de espinas se hundía en la carne de mi frente. Sentía que la vida se me iba gota a gota.
-Padre mío -dije-. Por qué me has abandonado.
A los pies de la cruz lloraba una mujer.
-¡María! -grité.
Pero la mujer ocultaba su rostro con un velo. El látigo resonó otra vez. Ahora estaba en un parque, sentado en el murito que bordeaba una piscina circular donde nadaban algunas mucha­chas. El aire era fresco, primaveral, y en ese parque desconoci­do comencé a sentir un gran bienestar. De pronto, en el agua surgió una figura enorme y monstruosa, un pulpo o una medu­sa, justo en el centro de la piscina circular; algo que antes no podía verse en las aguas traslúcidas, algo que se había formado en ese momento arremolinando el agua. Las muchachas logra­ron huir, pero sobre la cabeza del monstruo se veía, como un señuelo, la figura de mi hija; tal vez una muñeca’ con su apa­riencia.
-¡Mátalo! -gritó Mariarrosa-. ¡Mata a ese monstruo! -levanté pesadamente el brazo, apunté a la cabeza del pulpo, la que lentamente se iba transformando en la cabeza de un ave, mientras la muñeca sentada sobre ella parecía cobrar cierta vida, ciertos colores. Mi dedo presionó sobre el gatillo y con un tremendo esfuerzo, apretando los dientes, logré accionarlo. Sonaron seis disparos. El monstruo se fue desinflando, entre chorros de un liquido verdoso, nauseabundo, como un muñe­co lleno de basura licuada; por un instante me miró, con ojos entre acusadores e implorantes, y hubo algo que no quise reco­nocer en esos ojos; luego se desinfló por completo y cayó al fondo, mientras para mi alivio la muñeca, que había cobrado vida, se echaba a nadar y alcanzaba rápidamente el borde de la piscina.
-Au secours! Au secours! A l’assassin! -viejas histéricas chillaban junto a las rejas de las ruinas de Cluny, sobre el Boulevard Saint-Michel; a mis pies yacía el cadáver del padre de Maria­rrosa, y yo tenía el revólver en la mano. Me atacó el pánico, y busqué un lugar entre la multitud de bastones y paraguas que se agitaban y ojos desorbitados y bocas llenas de dientes que seguían gritando; a lo lejos sonaba la sirena de un coche poli­cial. Au secours! Au voleur! A l’assassin! -me sentí perdido, pero en una columna de alumbrado la chapa con el nombre del Boulevard comenzó a titilar en rojo, verde, violeta, blanco: NADA ES REAL – NOTHING IS REAL – RIEN EST RÉEL. Dejé caer el revólver y eché a andar con paso calmo hacia la rué Cujas. En la administración del hotel recogí la llave de mi pieza, y pedí al sereno que me despertaran temprano a la mañana siguiente.
El barco en que fui repatriado no tenía prevista para ese viaje una escala en Montevideo, pero sí en Buenos Aires. Yo había escrito a algunos amigos de allá anunciando mi regreso. El día de la llegada a Buenos Aires, mi amigo Jaime esperó en el puerto durante las tres horas de retraso que traía el barco. Después obser­vó cuidadosamente a cada uno de los pasajeros que descendían por la escalerilla; no me encontró. Insistió en subir a bordo, logró después de muchas discusiones consultar la lista de pasajeros, la revisó varias veces de arriba abajo, y no encontró mi nombre.
Se volvió caminando a su apartamento en Barrio Norte, con las manos en los bolsillos. “Nada es real”, pensaba.

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