traducción de José Ferrater Mora
CUADRAGÉSIMOCUARTA ENTREGA
XV
LA VOLUNTAD AVASALLADA (4)
Ahora podemos, por fin, plantear el problema. Pero, ¿de dónde viene esa Necesidad?, ¿quién o qué le ha dado un poder tan desmesurado sobre el hombre? Kierkegaard nos ha hablado de la obstinación, de la mala voluntad, de la rebelión, de la negativa a obedecer, pero hemos podido convencernos de que no se trata de nada de esto. Para demostrar que tenía razón, Kierkegaard nos ha remitido a la Escritura. Pero hemos visto que tampoco podía apoyarse en la Biblia, que la fuente de sus “intuiciones” no era la Biblia, sino la sabiduría griega. En cuanto a la Escritura, se veía continuamente obligado a corregirla con el fin de adaptarla, por poco que fuera, a sus interpretaciones. Hemos visto también que a medida que corregía la Biblia iba en aumento su “dureza”, y que la doctrina cristiana, generalmente calificada de tierna y dulce, se transformó en sus manos en una doctrina abominablemente “feroz”. He citado ya un gran número de pasajes de sus diarios y de sus obras que así lo demuestran. No creo inútil citar algunos extractos más con el fin de que el lector pueda hacerse una clara idea de la incandescente atmósfera dentro de la cual Kierkegaard vivía. Sólo entonces llegará a comprender el vínculo que une la “dureza” kierkegaardiana con la filosofía existencial. En uno de sus “discursos cristianos” leemos la siguiente frase: “Pues, en verdad, la doctrina cristiana provoca una desesperación más intensa que la producida por los más terribles sufrimientos humanos, por las mayores desdichas”. Y un poco más lejos: “Sólo mediante la tortura puede conseguirse del hombre ese reconocimiento (de la verdad de la doctrina cristiana): el hombre natural no consentirá jamás en darlo por su propio impulso. Y en 1850 inscribía en su Diario: “El amor perfecto consiste en amar a quien nos ha hecho desdichados. Ningún hombre tiene derecho a exigir que se le ame de otro modo. Pero Dios tiene derecho a ello, y en esto reside algo infinitamente majestuoso. Hay que decir del hombre religioso en el sentido más riguroso de este término que al amar a Dios ama a Aquel que, humanamente hablando, lo hace desdichado en esta vida al tiempo que lo hace muy dichoso.” Y, cosa extraña, se apresura agregar: “No tengo bastante fuerza para comprenderlo así, y con esto mucho temo verme cogido por el más peligroso de los lazos que pueden sernos tendidos: ponerme a creer en mis propios méritos. No obstante, el hombre religioso en el más riguroso sentido del término consigue vencer también este peligro.” Finalmente, he aquí lo que escribió el año de su muerte en una pequeña revista, El momento, de la que era a la vez editor y colaborador único: “¡Es tan terrible (humanamente hablando) ser amado por Dios y amar a Dios! Pues la tesis complementaria de ‘Dios es amor’ es esa otra tesis -Él es tu enemigo mortal.”
La insistencia con que Kierkegaard vuelve a tomar en todos sus escritos el tema de los horrores que fueron introducidos en la tierra por medio del cristianismo, y la sequedad de sus expresiones cuando se trata de la bienaventuranza prometida a los testigos de la verdad, nos hace pensar en esos predicadores que, al tiempo que fulminan contra el vicio, describen morosamente sus atractivos y sólo agregan, al final, rápidamente, como para desembarazarse de un deber pesado, que algún día habrá que pagar los placeres del vicio. Kierkregaard nos pinta con singular vigor los horrores del cristianismo, pero no le quedan para describir las bienaventuranzas ni colores ni imágenes. Es como si quisiera decirnos: ¡es pues!, ¿qué bienaventuranza puede existir en un mundo donde reina lo “ético-religioso”? No tiene, evidentemente, el menor deseo de conducir a los hombres hacia el cristianismo, por lo menos hacia ese cristianismo conocido del hombre contemporáneo, quien se ve obligado a desviar su atención del milagro (es decir, del “todo es posible para Dios”) y a contentarse con una fe justificada ante el tribunal de la razón. Por eso no se olvida nunca de recordarnos -y esta vez en pleno acuerdo con la Biblia- que el mayor de los escándalos consiste para el hombre en la afirmación: “Todo es posible para Dios”. Esto significa que la ética y la razón no son, diga lo que diga Sócrates, las realidades supremas. Esto significa que los innumerables “no puedes” dictados por la razón y los aun más innumerables “debes” impuestos por la ética no nos conducen al principio supremo, a la última fuente del ser. Contra este principio lucha a muerte “la duda”, esa duda que, según Kierkegaard, se suele considerar erróneamente como un obstáculo interpuesto a aquella fe en que se halla la base de la revelación bíblica y que esta revelación presupone siempre. En la medida en que otorguemos la soberanía a la razón, la fe y la revelación obtenidas por la fe en que todo es posible para Dios se hallarán en contradicción evidente con la verdad. Decir que todo es posible para Dios significa arrojar un desafío decisivo a la razón, la cual no puede soportar a su lado ningún otro poder y, por consiguiente, tiende siempre a destruir la fe. La razón percibe claramente, distintamente, y con entera certidumbre dónde terminan las posibilidades, de modo que no acepta la presencia de una fe que ignora totalmente sus pretensiones a la omniscencia y que espera la verdad del Dios viviente, libre de todo vínculo y de todo límite.

























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