LA NOVELA LUMINOSA DE MARIO LEVRERO
Hugo Giovanetti Viola
SEGUNDA ENTREGA
6 / París
No puedo recordar cómo me las arreglé para conseguir un ejemplar de París, novela de mediano aliento (más que nouvelle) escrita por Levrero en 1970 y recién publicada en el 79, que actualmente es considerada como la última pieza de la Trilogía Involuntaria junto a La ciudad y El lugar.
En 1981 Saúl Ibargoyen me pidió, desde el exilio, colaboraciones para el diario mexicano Excelsior y la revista Plural, en la que militó durante años como Jefe de Redacción, irradiando incansablemente su talento creativo y crítico y su generosidad incondicional congénitos.
Pude mandar entrevistas, muestras poéticas o artículos extensos (los dos más importantes fueron Manuel Espínola Gómez y el polifocalismo, elaborado a propósito de la histórica retrospectiva con la que se inauguró Galería Latina, y Algo más sobre Onetti, cuando el Borbón coronó al endémicamente ninguneado Periquito el Aguador con el Premio Cervantes) comentar libros o discos del Canto Popu (que estaba en pleno apogeo) y además era insólito que me pagaran en dólares por generar resistencia difusoria.
A mí La ciudad había logrado hipnotizarme nada más que con la aparición del músico Giménez, pero París me tenía intrigado desde hacía años, cuando Marcha adelantó un capítulo donde el protagonista lograba volar agónicamente sobre aquella intemperie que se vienen disputando, desde la alta Edad Media, Notre Dame y el Maligno.
Yo había rodado 20 meses, entre el 73 y el 74, emborrachándome con miel de avispa en aquel axis mundi estragado noósicamente por la modernidad existencialista, y en el 81 estaba peleando a pecho partido con la parición de Creer o reventar, mi novelón testigo de la transfiguración heroica.
Y realmente me sobraba compulsión para suscribir el alarido que vomitaría Jorge muchos años después: Esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida.
Había leído en un reportaje, además, que París fue escrita como América: sin necesidad de embarrarse in situ con el asentamiento geográfico de la desgracia.
Entonces decidí hacer una nota sobre la novela editada en Buenos Aires sin intuir que era un empuje telepático lo que me estaba enganchando de por vida con su sufrídismo autor.
7 / Amistad
París me conmovió compactamente.
El lugar, en cambio (que leí recién en el 83 en la mega revista El péndulo, cuando Tarik Carson me llevó a conocer a Marcial Souto en Buenos Aires) sólo me hizo penetrar en la Más Dimensión durante una escena que me inundó con la Gracia del ánima inclaudicablemente perseguida por la sequedad del alter-ego narrador, que sin embargo nunca logra perforar del todo su cielorraso tridimensional.
-Lo que pasa es que eso te gusta porque le conviene a tu religiosidad -casi se enojó Levrero cuando se lo comenté en el apartamento de la calle Soriano donde ya lo visitaba regularmente después que nos hicimos muy amigos.
(Aprovecho para señalar que al narrador y editor Marcial Souto le corresponde la más perfecta definición genérica que se ha hecho del autor de La novela luminosa a la hora en que la crítica patotera -como él solía llamarla- se preocupa nada más que por los encasillamientos: Mario Levrero es un escritor realista que vive en otro mundo.
Voilà la verité.
Tarik Carson, por su parte -que se vio mucho con Jorge durante la larga radicación bonaerense donde fue concebido el Diario de un canalla- es otro maestro inclasificable que para colmo llegó a ser emparaguado por el rótulo de cienciaficcionista.)
Tampoco puedo recordar si el día que nos conocimos personalmente con mi siamés místico en el legendario local de Arca (Andes 1118) él había leído mi nota bibliográfica.
En aquella época el buen Beto Oreggioni ya estaba casi transformado en un perfecto Larsen al frente de una empresa donde hacíamos años de cola para publicar algo que nos habían pedido (como pasó con mi Morir con Aparicio, que se agotó en tres meses y no fue reeditado porque el desexilio de Benedetti y Galeano, que firmaban contrato imponiendo 5 y 4 títulos por año, respectivamente, generaba una ganancia más segura) y donde Caza de conejos, armado y todo, nunca llegó a imprimirse.
Lo que recuerdo es que cuando vi la sonrisa del hombrón calvo que tenía un lipoma grande como una bolita de las que los botijas llaman bochones sobre la calva, supe que había encontrado una amistad sin tiempo, para hablarlo en Paco Espínola.
Con Onetti me había pasado lo mismo en la Intendencia a fines de los 60, aunque Juan manifestaba su cariño torciendo apenas una trompa mansa.
8 / Muración
Hoy estuve más de dos horas rezando mentalmente en una camilla mientras me escaneaban el esqueleto para rastrear posibles metástasis del carcinoma renal de células claras, y me acordé muchísimo de Levrero y de J.D. Salinger, nuestro staretz común.
Aclaro que fue recién leyendo la NL que supe que Jorge admiraba tanto al inventor de la familia Glass, porque en los años 80 no recuerdo que lo nombráramos.
Y cuando Pablo Silva Olazábal me regaló la reciente reedición chilena de sus Conversaciones con Mario Levrero, me encontré de repente con este párrafo invasivo como un centellograma: Lo último que leí que me produjo una impresión tremenda, como pocas cosas en los últimos años, es Franny y Zooey, un libro de Salinger. Ahí ves claramente lo que es un texto vivo, un texto inspirado, a pesar de un comienzo convencional y que tropieza un poco, no sé si por la traducción.
El Epílogo del Diario de la NL está epigrafiado, además, por una cita de Seymour: una introducción, lo que no me llamó la atención porque a lo largo de este voyage au bout de la neurosis se respira la asfixiada obsesión de hacerle ver al lector todas las estrellas posibles que caracterizó a ese verdadero santo enfermo (capaz de comparar su túnel sin salida con los de Kierkegaard, Van Gogh y Kafka) que fue el gran J.D.
Yo vengo leyendo Franny y Zooey (en traducciones cada vez peores) desde los 20 años, y en aquella época encontrar un narrador contemporáneo místico era un verdadero escándalo.
Y hoy mi hija me acompañó al sanatorio y me contó que había encontrado en Internet una historia sobre un conejo que vio resucitar a Jesús y se puso a pintar y a regalarle huevos de colores a los amigos porque no sabía hablar.
Mi nieta Emilia, que tiene 4 años y medio, quedó encantada con ese supuesto origen del chocolate pascual y al rato comentó sonriendo:
-Pero la muración de Jesús duró poco, porque el domingo ya resucitó.
Recién estuve a punto de ponerme a llorar de devoción.
Y creo que tanto Álvaro Matus como Ignacio Echevarría, los autores de los dos hermosos artículos anexos incluidos en el libro de Silva Olazábal, se van a deslumbrar con este evangelio apócrifo digno de la inventiva de J.D. Salinger y Mario Levrero.
¿Cuántos críticos capaces de emocionarse con la cosa existirán en el Uruguay?
9 / Pobreza
En el local de Arca donde nos conocimos había algunos moscones intelectuales, y al rato Jorge me invitó a acompañarlo al laberíntico apartamento de la calle Soriano.
En la NL consta que su función de psicomago (la definición es mía) capaz de abrigar y sosegar al prójimo con una locura absolutamente desinteresada fue siempre agendada en consultas personales.
Nos quedamos charlando hasta que hubo que prender la lamparita que colgaba sobre el desamparo de la pieza delantera, y estoy seguro que los dos sentimos que hacía por lo menos trescientos siglos que éramos amigos.
En una de las paredes también colgaba, como un cuadro-reliquia, el sobre de papel de manila donde Jorge recibió el ejemplar de su primera traducción al francés: Laberynthes en eau trouble, Bruselas, Editions Recto-Verso, 1977.
Pero lo que flotaba en aquella pieza sólo podría ser perfectamente descrito con algunos fragmentos de un texto de Pessoa:
(…) Y todo esto muy grande, muy eterno, definitivo para siempre, de la estatura única de Dios, allá en el fondo triste y somnoliento de la realidad última de las cosas… (…) De un padre sé el nombre; me han dicho que se llama Dios, pero el nombre no me da idea de nada. (…) ¿Cuándo se terminará todo esto, estas calles por las que arrastro mi miseria, y estos escalones donde encojo mi frío y siento las manos de la noche entre mis harapos? (…) Y de todo esto apenas quedo yo, un pobre niño abandonado… Tengo mucho frío. Estoy tan cansado en mi abandono. Ve a buscar, oh Viento, a mi Madre. Llévame por la Noche a la casa que no he conocido… Vuelve a darme, oh Silencio, mi alma y mi cuna y la canción con que dormía.
Tanto Santa Teresa de Jesús (la Patrona-musa de Levrero, según se explicita en la NL) como San Juan de la Cruz, definían a la pobreza de espíritu como el no conformarse con menos de Dios.
Y eso era lo que nos pasaba a los dos, desde siempre.
Aquella tarde-noche le hablé eufóricamente a Jorge sobre su París y sobre mi novela en construcción y antes de irme tuve el premio de conocer a su preciosa compañera.
En la NL él la llama ZZ y ella es el lucero que proyecta su misterio guardián sobre este libro-centellograma que pretende esclarecer esqueletariamente a mi amigo psicomago.
10 / ZZ
Repito que ZZ era una muchacha realmente preciosa en cuerpo y alma, y a propósito de su aparición en la NL me interesa reproducir un fragmento de la nota que publicó Elvio E. Gandolfo en El País Cultural Nº 828, el 16 de septiembre de 2005.
(…) El órgano más poderoso de Levrero suele ser el cerebro. Como él mismo define: “la mente es como una dentadura que necesita masticar todo el tiempo”. En esa masticación termina por descubrir lo inesperado. Lo hace cuando elige “visitar con la mente mi viejo apartamento de la calle Soriano, y apenas había comenzado a visualizar algunas habitaciones, apareció ZZ (una joven compañera de hace algunos años). La tenía casi completamente borrada, de modo muy sospechoso.” Lo que sigue es la inolvidable descripción, única y breve, del modo en que esa mujer atendía al personaje, convaleciente de una operación de vesícula, sirviéndole el desayuno con “un bailecito acrobático (...) una extraña danza, maravillosa, que soy incapaz de describir.” La bandeja entera parecía a punto de irse al demonio, pero la joven dama la “depositaba gentilmente (...) sobre mis piernas”. A la mente masticadora le cuesta aceptar esa felicidad a secas, sin agregados, y la atribuye al Inconsciente. La muchacha recibe además una doble ZZ como nombre, quizás por relegamiento al final del alfabeto por parte del Superyó. Su poética pirueta es un momento luminoso que logra ser expresado plenamente.
Gandolfo se veía mucho con Jorge desde fines de los 60, y me parece imposible que no supiera que su tan amigo, al enterarse que tenía que operarse de la vesícula, se zambullera zozobrantemente en la escritura de una novela donde trataría de demostrar la existencia de Dios.
Eso no figura textualmente en la NL, pero yo se lo escuché decir una tarde con un tono más deseoso que desafiante.
Y con el tiempo fui sabiendo que la trama se basaría en experiencias perceptivas excepcionales que venía acumulando desde hacía tiempo y en geometrías espirituales vividas en su actual relación con ZZ, con quien en ese momento proyectaba casarse.
Pero sobre lo que se termina extrayendo del totum de la nota de Gandolfo volveré a referirme más adelante.
Ahora tengo que instalarme en el mismísimo Prefacio histórico de La novela luminosa.

























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