HUGO GIOVANETTI VIOLA
1ra edición 1994 / 1ra edición Web 2012
UNDÉCIMA ENTREGA
TRES: NOCHE DE REYES (3)
Manolita volvió a prender la luz. Baltasar y Papá Noel aprovecharon para salir con Melchor, y mi padre secó la mesa mientras el rey canoso fumaba con su perfil de acero clavado absortamente en la constelación de jazmines que se asomaban temblando al ventanal. Cuando los otros volvieron rascándose hasta la exasperación la viuda colocó espirales. Y Gaspar esperó el reacomodo general y repitió: “Eso es. La fábula perfecta. El héroe anticipándose, anunciando la querella. Y el irreprimible (y abominable y maravilloso y bendito y maldito) intento de salvación del alma de la perla. Cristo. La orden eterna. Ellas que dan la orden de abrazarse al chiquero y nosotros que morimos inexorablemente en la-”. “¿Ellas? ¿Quiénes?” lo interrumpió Manolita. “Ustedes” contestó el viejo, con severa dulzura: “En este caso Yolanda y sobre todo la ciervita chumbeada, la propia perla hundida en el chiquero. O María (Sara) Magdalena, como quiera. Y además negra. Cristo”.
Nos miramos con mi padre, y Gaspar sopló otra densa parrafada en dirección a nuestro asombro: “Negra, claro. Piel canela barrio Borro madre prostituta padre abrasilerado y demás ingredientes. Como si no alcanzara con la metafórica cruz de ébano que hoy en día hasta los mismos humillados llevan tatuada en la espalda desde el nacimiento. Y la orden de abrazarse al barro y reventar por-”. “Por nada” completó el hombre calvo: “O mejor, por la nada”. “No” porfió el viejo: “No. Por la verdad vencida. Por la tierra sin fe. Y la mujer-madre indestructible”.
“Che, ¿pero aquí están todos embalsamados? ¿Nadie puede bailar otro ratito?” casi gritó Papá Noel, para enorme beneplácito de la viuda y el pianista: “A ver maestro: haga correr la cinta y ofrézcanos algún merengón de la marginación. El más loco más sucio más escandaloso y más libre que tenga, por favor”. “Claro que tengo” carcajeó mi padre: “Justo el que viene ahora. Aunque éste fue estrenado en plena calle recién cuando el botija Campbell denunció al Papalote y se armó el gran escándalo”. “¿Cómo? ¿Hubo denuncia concreta? Eso no lo sabía” salta el empelucado. Y mi padre me mira y siento que me toca contar, otra vez.
Ya faltaban pocos días para que volviera el Chueco. Aquella mañana el Papalote y Ma-Sa estaban ensayando mi canción preferida, De tu boca -algo que nunca fue merengón ni bachata (ni tampoco una mezcla al estilo bolero-chachachá) y que surgió cuando mi padre invitó al negro a ver Semilla de maldad y salieron enloquecidos con el rock and roll de Bill Halley.
Y qué importa / si en mis sueños no te encuentro empezaba cantando el Papalote: este amor que llevo dentro / no se tiñe, no se borra. / Y qué importa / que ahora viva en tu cintura / como ola sin espuma / recorra el mar de tu cuerpo. Y Ma-Sa respondía: Y qué importa / si al final ocupas todo / y me entrego a tu simiente / y te entregas como siempre. Y de golpe hay un silencio que me eriza y el lobo gruñe, hasta que abandonamos el puesto de vigilancia y bordeamos los aromos en dirección al club. “Quietos” nos grita el negro, con voz tensa y quebrada: “El amigo ya se va. Ustedes quédense quietos”. El club medía un metro y medio de alto, y tenía una abertura-puerta y una ventanita-respiradero frente a la que estaba parado Ricky Campbell. Nosotros lo veíamos sólo a él. Ricky tenía mi edad, y era flaco cabezón y muy rubio, como el padre. Apenas nos conocíamos de vista (de las papaloteadas en la cantera y de la primera noche que el padre lo trajo a lo del Chueco). Entonces él empieza a caminar hacia atrás y las pecas y los ojos azul piedra repulsivamente iluminados. Claro: saltó el tejido del fondo de la casa -pienso, pegándole una patada a la arena. “Bueno, el ensayo sigue porque esta noche hay que grabar sin falta” decidió el negro, y suspiró muy hondo: “A sus puestos, caballeros”. Y enseguida cantó: Y qué importa / que la noche vista a oscuras / si tu rostro en vez de luna / mi cuarto menguante alimenta. / Y qué importa / que la brisa se desnude / si tu amor sopla de golpe / y me arrastra en una nube. Y ella le contestó: De tu boca / dame más que se me agota / y recuerdo el último intento / de vivir en un solo cuerpo. / De tu boca / donde emigra mi ternura / donde apago el sol de mi hoguera / y en la sombra un beso me quema / dame más que se me agota.
Las grabaciones eran operativos secretos que los días de semana me correspondía organizar a mí, antes que mi padre llegara del trabajo. Manolita estaba casi siempre dispuesta, y después de arreglar la hora sólo había que correr hasta la cantina del Club Marítimo para avisarle al Papalote. Aquella tarde yo empecé a ponerme nervioso recién cuando Ma-Sa apareció en el jardín con el vestido de volados y lunares blancos. Estábamos sentados todos (menos el viejo) en la hamaca grande, frente a la cumbre de un crepúsculo que olía enervantemente a glicinas. “Andá, mija. Sacate eso” dice mamá, cariñosa: “Eso es para salir, o para alguna fiesta. ¿No te das cuenta que si lo usás en casa parecés una chirusa?”. Entonces Ma-Sa posa un momento la humedad de sus ojos sobre mi erizamiento, y vuelve para adentro a cambiarse. “Pobrecita” chista la vieja: “Vaya a saber adónde irá a parar esta criatura”.
Cuando llega mi padre alcanza con hacerle una seña muy leve para que recoja el termo y el mate, y anuncie que me van a acompañar a estudiar un poco el piano. La cita es a las siete. Entonces vemos estacionar un flamante coche sport frente al boliche, y mi abuelo -que está sentado en la vereda- gargajea con desprecio. Ma-Sa se puso más roja que el cielo y yo empecé a temblar mientras nos cruzábamos con los dos metros de Mr. Campbell (sonriente sobrador y rumiando chicléts a lo Marlon Brando) que nos dejó pasar haciendo una reverencia, aunque no nos saludamos. “Lo único que le faltaba a ese boliche podrido era que volviera el yanqui a revolver la mierda” se desbocó mi padre, castigando la campana de los Torres con nuestro 1 / 4 / 2 (ya extensivo al Papalote). Y yo miré a Ma-Sa y ella bajó la cara.
El Papalote está más borracho y ceniciento que hace un rato, cuando lo vi en la cantina del Marítimo. “No me parece que se haya curado mucho haciéndoles el club a los gurises, compañero” lo rezonga mi padre con tierna firmeza. Y el negro se levanta apoyándose sudorosamente sobre el perro -como si llevara la luna cargada en la espalda, otra vez- y se endereza frente al autorretrato. La noche oscura no brilla / más que sobre la verdad contestó: Y lo que sea enfermedad / es paloma de otra orilla. Manolita aplaudió, aunque se arrepintió enseguida. “Es cierto lo que dice don Pepe” lo sermoneó alzando un dedo: “Si no vuelve al hospital para que le hagan el análisis no va a poder curarse”. “Don Pepe sabe muy bien que lo que hay que reforestar a tiempo es el corazón” retrucó el Papalote: “¿Grabamos, compañeros?”.
Y grabaron De tu boca. Pero esta vez el negro ubicó a la infanta en posición cabalgadora sobre uno de los brazos del sofá y él se sentó en el suelo. No hubo percusión. Y recién me doy cuenta que esta mañana tampoco hubo percusión. Las manazas del negro están entrelazadas como frente a un altar. Y ahora la infanta cierra los ojos durante cada solo, y al terminar la última estrofa observa el techo sonriendo y la mirada de oro macizo del Papalote parece haberla penetrado con suavísima ciencia.

























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