jueves

LEON CHESTOV - KIERKEGAARD Y LA FILOSOFÍA EXISTENCIAL


(Vox clamantis in deserto)
traducción de José Ferrater Mora

DECIMOCTAVA ENTREGA

VIII

EL GENIO Y EL DESTINO (2)

Estas líneas y lo que Lutero nos ha dicho en su De servo arbitrio pertenecen a las intuiciones más profundas y más asombrosas del espíritu humano. “La angustia es el vértigo de la libertad” y “la caída se produce siempre en un síncope”. Así dice Kierkegaard. Y esta angustia es la angustia de la Nada. “La Nada de la angustia es, pues, aquí un complejo de presentimientos que se reflejan en sí mismos y se aproximan cada vez más al individuo aun cuando no posean esencialmente ninguna significación dentro de la angustia (es decir, no le den, por así decirlo, el menor pábulo). Sin embargo, no se trata de una Nada con la cual el individuo nada tiene que ver, sino de una Nada que se halla continuamente en relación viva con la ignorancia de la inocencia. Con toda su atención puesta en tensión máxima, Kierkegaard se absorbe en la consideración de la Nada y de su vínculo con la angustia que le han sido descubiertos. “Si preguntamos cuál es el objeto de la angustia, la respuesta será siempre: la Nada. La angustia y la Nada van siempre aparejadas. Pero tan pronto como se plantea la realidad de la libertad del espíritu, la angustia desaparece. ¿Qué es, en suma, la Nada en la angustia del paganismo? Es el destino… El destino es la unidad de la Necesidad con el azar. Esto halla su expresión en el hecho de que nos representamos el destino como algo ciego: el que avanza ciegamente se mueve tan necesaria como accidentalmente: una Necesidad inconsciente de sí misma es eo ipso un azar con respecto al momento siguiente. El destino, es, por consiguiente, la Nada de la angustia.” El hombre más genial no podrá vencer el concepto del destino. Por el contrario, “el genio descubre en todas partes el destino, y esto tanto más profundamente cuanto más profundo él sea. Para un observador superficial, esto es evidentemente una tontería. Pero, en realidad, ahí radica su grandeza, pues ningún hombre nace con la idea la providencia… El genio manifiesta precisamente su original poder en el hecho de que descubre el destino, pero también en el hecho de que con ello demuestra igualmente su impotencia”. Y Kierkegaard termina sus reflexiones con estas provocativas palabras: “A pesar de su brillo, de su belleza, de su inmensa influencia histórica, esa existencia genial -es pecado. Se necesita valor para comprenderlo. Y difícilmente lo comprenderá quien no haya aprendido todavía a aplacar el hombre de su alma afligida, Y, no obstante, así es.”

La falta de lugar me impide multiplicar las citas. Kierkegaard varía hasta el infinito los pensamientos antes expresados, todos los cuales culminan en su afirmación de que la angustia de la Nada desemboca en el síncope de la libertad; de que, tras haber perdido su libertad, el hombre se encuentra sin fuerzas y, en su debilidad, toma la Nada por el Destino invencible, por la Necesidad omnipotente. Y el hombre se apega a esta convicción tanto más cuanto más lúcido sea su pensamiento y mayores los dones recibidos. Vemos que, no obstante todas las reservas antes referidas, Kierkegaard vuelve íntegramente a la narración bíblica de la caída del primer hombre. El genio, el mayor genio, admirado por el mundo entero, considerado como un bienhechor de la humanidad, el que espera una gloria inmortal en la tierra precisamente porque es un genio, porque su mirada lúcida penetra la existencia casi en sus últimas honduras -ese genio es también el mayor pecador, el pecador por excelencia. En el mismo instante en que descubrió “las verdades generales y obligatorias” que constituyen todavía hoy las condiciones del saber objetivo, Sócrates renovó el crimen de Adán: tendió la mano hacia el árbol prohibido. Así, a pesar de toda su gloria, de su enorme importancia histórica, no es sino un hombre caído, un pecador. Por mi parte agregaré que es tal vez este pecador el que, de acuerdo con el Libro eterno será recibido en los cielos con más alegría que diez justos; no por ello dejará de ser un pecador. Ha probado los frutos del conocimiento, y la Nada se ha transformado para él en Necesidad que, cual la cabeza de Medusa, petrifica a todos los que se vuelven hacia ella… Ni siquiera tuvo idea de lo que había hecho, como no tuvo idea de lo que hizo el primer hombre cuando aceptó de manos de Eva los frutos de tan seductor aspecto. Bajo el conjuro pronunciado por el tentador: eritis sicut diis scientes bonum et malum se ocultaba la invencible fuerza de la Nada, que paralizó la voluntad hasta entonces libre del hombre.

Claro es que Kierkegaard hace observar, de paso, que, en tanto que era un inocente, Adán no podía comprender el sentido de las palabras de Dios cuando le prohibía gustar de los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal, pues ignoraba el bien y el mal. Pero, ¿se puede y se debe “comprenderlas”? Nosotros las comprendemos, nosotros sabemos que el bien es el bien y el mal es el mal. Pero otra posibilidad permanece y seguirá permaneciendo oculta a nuestra comprensión, una posibilidad de que la Escritura precisamente habla. No se trata de que Adán ignorase la diferencia entre el bien y el mal, sino de que esta diferencia no existía. Para Dios, y en la medida en que vivía en presencia de Dios, conocedor del bien y del mal, para Adán, no había mal: todo en el mundo era valde bonum. Al prometer al hombre que si gustara del árbol de los frutos de la ciencia sería igual a Dios, conocedor del bien y del mal, la serpiente le engañó doblemente. El hombre no llegó a ser igual a Dios; Dios no posee, en general, ningún “saber”, y no tiene, en particular, la ciencia del bien y del mal, ciencia que el hombre caído, hechizado por las engañosas seducciones de la Nada, considera todavía hoy como su más alta dignidad. Sócrates, el más sabio de los hombres, el genio incomparable, fue el mayor de los pecadores: no fue, como él lo creía, un Sócrates libre, sino un Sócrates hechizado, encadenado. La angustia ante la Nada que le descubrió el tentador paralizó su voluntad sin que ni siquiera pudiera darse cuenta de que su voluntad había sido paralizada. Estaba persuadido de que su voluntad era libre y de que la razón, directora de esa voluntad, era lo que había de mejor en él, y en todos los hombres; creía que la promesa eritis sicut dii scientesbonum et malum había sido realizada, que había llegado a ser semejante a Dios, y ello precisamente en tanto que “sabía”. Ahí radica el sentido de las palabras de San Pablo citadas por Kierkegaard: todo lo que no procede la fe es pecado. El saber al cual nuestra razón tan ávidamente aspira es el más grande y mortal de los pecados. Kierkegaard tendía tan apasionadamente hacia lo Absurdo y nos ponía en guardia contra las pretensiones de la ética. La razón, con su sed (lo repito una vez más -concupiscentis invencibilis) de verdades necesarias, y el bien, con sus exigencias categóricas: he aquí precisamente lo que nos proporcionaron los frutos del árbol prohibido. Estos frutos hicieron impotente al hombre y le impidieron ver que su impotencia era una desdicha. Le quitaron el deseo de luchar. El hombree se transformó en caballero de la resignación, pues consideró la resignación como su mérito, como su virtud, y llegó a identificar el conocimiento con la verdad. Perdió la libertad y no se sintió por esto horrorizado, pues pensó que así debía ser, que no hay ni puede haber libertad, que el mundo está basado en la coacción expresada en las “leyes” del ser, leyes identificadas con la verdad, y en las leyes del deber, cuyo conjunto constituye su moral. Creyó que su tarea consistía en investigar las leyes del ser y en realizar en su vida las leyes de la moral: faciente quod in se est deus non denegat gratiam (Dios no rehusa su gracia a quienes hacen lo que pueden).

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Google+