martes

LA INDECENTE NOCHE DE YEMANJÁ


HUGO GIOVANETTI VIOLA
1ra edición 1994 / 1ra edición Web 2012

DÉCIMA ENTREGA

TRES: NOCHE DE REYES (2)

“Sí” digo. Y me piden que cuente cómo fue por milésima vez. María Sara vivía en casa desde que el Chueco tuvo que irse un mes y medio al Brasil -por negocios, dijo. La acomodamos en el cuartito-corredor y los primeros días casi nos volvió locos: de madrugada se levantaba aullando y arañaba mordía escupía o pateaba al que quisiera tocarla. Después que la llevamos de visita a la chacra de Ismael se le empezó a pasar. Yo era el único chiquilín del barrio que iba de tarde a la escuela (Ricky Campbell también, pero él no se juntaba con nosotros) y cuando el Papalote terminó de hacernos el club nos pasábamos allí con Ma-Sa, jugando a cualquier cosa. Pero mientras duró la obra ella no quiso arrimarse a ver trabajar al Papalote por nada del mundo. Íbamos con mi abuelo, todas las mañanas. Y cuando yo volvía de la escuela el viejo seguía allí, dándole una mano al negro. “Tu abuelo sabe mirar” me dijo el negro un día, y yo no le entendí. “¿Mirar a quién?” le pregunté. Y él se quedó callado.

Ya estamos a fines de octubre, y hace un calor que parece verano. Pero es otro calor, porque el perfume vuela. A Ma-Sa le descubrimos piojos y le hicimos cortar el pelo muy corto y la gente la confunde con un varón, aunque para mí es como si ya fuera una mujer: tiene algo que me asusta en los ojos. Aquella mañana íbamos caminando para el club y de repente se me ocurrió preguntarle por qué el Chueco se había enojado tanto cuando grabamos A pedir su mano Ojalá que llueva café. Entonces ella arrancó un jazmín de un cerco y contestó: “Porque no me pagaron. ¿No sabés que Marilyn Monroe cobra hasta por hacer una guiñada? Y mi mamá cobre por dormir, idiota”. Y largó una risa horrible y salió corriendo hasta desaparecer en el baldío. Yo no la perseguí. Y pensé: Nunca le voy a contar a nadie lo que me pidió en la chacra. Nunca.

Y cuando rodea la última isla de aromos los encuentro enfrentados: el Papalote con el sombrero y la piel y la ropa resplandecientes, y ella bajo su sombra. Ella oliendo el jazmín sin enfrentar el oro macizo de los ojos del negro, y el Lobo que me gruñe y suelta la flor-hueso hasta que el hombre dice: “Tranquilo, compañero. Es Abel, un amigo. Él va a quedarse vigilando con usted ahí atrás, para que nadie venga a interrumpirnos. Porque yo necesito la voz de Yemanjá del Mar Dulce para volar más alto que los papalotes y hoy le voy a enseñar una bachata nueva. Y mañana un merengón. ¿Verdad?”. Entonces Ma-sa inclina la cabeza y se pone a lamer la corola. “¿Verdad?” repite el negro.

Mi padre se sirvió una ginebra mientras a mí se me terminaba la Coca-Cola, y empezamos a escuchar Como abeja al panalYo sé que soy de tu agrado cantó tersamente el Papalote: no niegues en darme el sí / que yo te he ofrecido a ti / un matrimonio sagrado. / Nomás porque me enamoro / se ponen a dar querella / total, las palmas son más altas / y los puercos comen d’ellas. Y yo la vuelvo a ver a ella (que dejó la escuela del barrio Borro en tercer año y apenas puede leer de corrido pero memorizó la bachata y el merengón como si fuese una profesional) grabando con las manos enlazadas y los párpados bajos. Y de golpe su ronquera voló aterciopeladamente, y sus ojos se estrellaron al responder: No quieren que yo te quiera / me tienen impedimento / y no me dejan salir / de la puerta al aposento. / Créame que mucho lo siento / pero qué dirán de mí / tengo un amor de pasión / por eso es que a otro, yo / no le puedo dar el sí. Y ahora observo a mi padre escuchando al Papalote (que sentencia, rendido): Yo no encuentro un corazón / que me sepa acotejar / cuando yo llego a tu puerta llega la abeja al panal. / MIEEEEL GENERAAAAL!!!! Y me parece comprender para siempre su corazón y el mío. Lo triste es que no sé (ni sabré en muchos años) que comprendo, por Dios.

Después cantaron el estribillo a dúo, varias veces -Quiéreme como te quiero a ti / dame tu amor sin medida / búscame como abeja al panal / liba la miel de mi vida- y con variaciones intercaladas -quiéreme solamente una vez (el negro) y ara que sane me herida (la chiquilina), quiéreme que sólo en ti me hundo de amor (ella) y quiéreme que sólo en ti me hundo de amor (ella) y quiéreme que estoy viviendo en tu corazón (él)- hasta rematar otra vez a dúo: Júrame / labio a labio / bajo el cielo / amarnos toda la vida. Y las botellas los vasos los cigarrillos los rostros y el autorretrato de Torres García parecen titilar acompasadamente. Y cuando Manolita prendió la lámpara el viejo horizontalizó una bota sobre la otra antes de apisonar la pipa y murmurar: Se ponen a dar querella. Eso es. La fábula perfec-”. Pero el pianista y papa Noel lo atajaron al unísono, y mi padre no dudó en volver a hacer correr el hilo de la magia.

“Este merengón es lo único que ella canta completamente sola” tuvo tiempo de aclarar. Entonces Manolita apagó la lámpara y sentimos emerger la marejada celeste de la infanta: Reforéstame el amor de ayer / siembra una tarea de cariño / en mi corazón / dale de beber / abónalo en tu pecho / desnúdalo sobre el huerto / y hazlo crecer. / Reforéstame al amanecer / cubre con tus manos mi lecho / y un rayo de luz / nos dibujará / mi tierra es de la buena / tu siembra será cosecha / una vez más. / Y si llueve arrópalo en tu pelo / oh oh / arrúllalo en la arena / y enséñale el camino / de la luna entre palmeras. / Y bendícelo en el riachuelo / oh oh / y a gajo de ternura / oh oh / acuéstalo en el cielo / como nube de azucena-”. “BASTA” gritó Melchor, y mi padre volteó un vaso al manotear el aparato. Después hubo un largo silencio interrumpido por los bufidos caballunos del hombre que se arrancó los lentes para manejar un pañuelo como si estuviese fregando un ventanal. Y cuando se recompuso roncó: “Excuse me, please. Creo que voy a poder seguir participando de esta encantadora soirée siempre que me dejen salir a vaciarme al campito. Y perdonen la indecencia. Pero si paso cerca de algún botiquín me deshago la cara de un piñazo”. Y salió lentamente del salón entre una humareda de plata.

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