lunes

JOSÉ LEZAMA LIMA


LA EXPRESIÓN AMERICANA

VIGESIMOSEGUNDA ENTREGA

CAPÍTULO IV (3)

Nacimiento de la expresión criolla (3)

En el argentino la querencia tiene algo de la maternidad del ombú. Como el ombú no busca caminar en el desierto, es la casa del desierto, el sitio donde cae la noche y las estrellas. Es como una protección tierna ante la grandeza. Es esta frase de Ricardo Güiraldes: “Sentí que la soledad me corría por el espinazo, como un chorrito de agua.” La atractiva gracia de la frase radica en la fulminante contraposición y soldura de la soledad, y lo que corre por el espinazo, con la risa esencialidad de la médula, y el gracioso diminutivo chorrito de agua. Al fundirse en punto de gracia, la fuerza de la frase, sin perder el toque de su vigor, se irisa con ternura.

Con alegría saboreamos el desprendimiento y liberación del corrido en relación con el romance. Con la misma alegría para la aparición del grabado, al tiempo que el corrido alcanza el mayor lujo de su garganta. De los sueños, de los infiernos quevedianos, de sus nupcias de modos adverbiales, surgen los demonios, monstruos y murciélagos goyescos. El sueño de la muerte, en Quevedo, prepara el desfile de un tíovivo con la pobre gente, pero rehúsa las burlas mayores, que son las que necesitaba América, así cuando en los infiernos alguien pregunta por Felipe III, se le responde al punto: “Fue santo rey, y de virtud incomparable según leí yo en las estrellas pronosticado. Reina Felipe IV dos días ha”, se oye entre las sombras, y el comentario, “que ya ha dado el tercero cuarto para la hora que yo esperaba”. Entonces es cuando se pierde en sus disparos a Chisgaravis, que viene de la Edad Media y que reaparece por la sátira mexicana de la colonia, para constatar Quevedo que hay más de doscientos mil de ellos en París. Pero esa estadística no le pierde la reverencia mayor, con fuerza destructiva. La fauna que coloca Quevedo en los infiernos, los Chisgaravis, los Pero Grullo, los Don Diego de noche, hoy no nos interesa, pues en los virreinatos nuestros había que bajar a las profundidades las eminencias alterosas y no muñecos embetunados por un gran festín verbal.

El corrido produce como una alegría retrospectiva sobre las jácaras de Quevedo. Cuando después del afán noticioso, de la cantoría, del entonarse en la vida y en la muerte, que está en el corrido, volvemos de nuevo sobre la jácara quevediana, aparentemente cenizosa, parece como que se colorea de nuevo, que soldara sus huesos y lograra nueva pulpa. Para un español, lector de la época áurea, el conocimiento de los cronistas de las Indias, puede pasar como prosistas menores, que añaden un primor o una gracia de primitivo. Pero el americano encuentra en esos cronistas de Indias sus primeros prosistas, los hombres que hablan porque el paisaje les dicta. De la misma manera, la jácara de Quevedo va de la niebla al hielo, por falta de entono popular, de coplilla, de guitarra, de querencia, pero cuando ornado con esas regalías americanas volvemos sobre las jacarillas, les prestamos vida agrandada con el paisaje nuestro. Quevedo parece hecho con un ojo y medio oído superpuestos. Sus sentidos ofrecen esas pausas sombrías, motivadas por el tiempo en que un sentido se sumerge hasta que encuentra su complementario. Por eso Don Luis y Quevedo, tuvieron que hacerse americanos, para alcanzar circulación en el paisaje, influencia sobre nuevos tuétanos, rebajados y subidos, pulimentados por un agua nueva.

Las armas en el grabado goyesco eran símbolos de una teología donde la caída aparece siempre acompañada de unos golpes con escoba sulfúrea. Para combatir ese mundo tragicómico, que se desmorona, Goya emplea, además de su genio que lo pone siempre a flote, las luces de la Ilustración. El grabador mexicano, que acompaña siempre a su corrido, no tiene un mundo teológico, sino la referencia circunstanciada. Si ese grabador dijese con Paul Valéry, los acontecimientos no me interesan, estaría perdido. Partiendo del suceso, ya político, ya de crónicas de hechos de sangre, se convierte en José Guadalupe Posada, en una inmensa esqueletada sonriente. El miedo a la carroña en la Edad Media apesadumbra sin tregua. Los jesuitas para apuntalar el mundo medioeval que hacía crisis en sus valores externos, convirtieron las postrimerías en el tema central de sus ejercicios. La reacción del mundo de la Ilustración, con su liberalismo y su progreso indefinido, era un mundo que dependía del cuerpo al que se enfrentaba. En América la reacción contra las postrimerías y la carroña se debilitaba, pues un paisaje nuevo demandaba ofrecimientos que ahuyentaba centrarse en la muerte… Por eso, el grabador José Guadalupe Posada, realiza la esqueletada sonriente, la conversión del bullicio, del hecho, de un esqueleto que sonríe. Hemos visto en algunas dulcerías mexicanas, figuras de alcorza que eran un cráneo. Y para incorporarse el merengue en forma de cráneo, hay que poseer, desde luego, una inmensa voluntad sonriente.

El grabador mexicano, que está en la raíz de nuestra expresión, partía de un surgimiento anónimo, tanto que José Guadalupe Posada, se debe más al hecho multitudinario que al rescate de su yo. Por eso Diego Rivera, en palabras que habrá siempre que repetir, dice: “Posada fue tan grande, que quizá un día se olvide su nombre, y está tan integrado al alma de México que tal vez se vuelva enteramente abstracto; pero hoy su obra y su vida trascienden (sin que ninguno de ellos lo sepa) a las venas de los artistas jóvenes americanos.” El tequilero, los muchachos papeleros, los bailadores de jarabe, Huerta y Zapata, los amantes, Doña Tomasa y Simón el aguador, los fifís, pasan como esqueletos inconmovibles, que no han olvidado la cotidianidad de su sonrisa. En sus ilustraciones, en la mejor época del corrido, su paralelismo con el hecho que las produce, es casi genial. A veces sus grabados me han recordado las ilustraciones de algunos libros de Raymond Roussel, particularmente El suicida. Su realismo, si es que esa palabra lo expresa, es como el punto invariable alcanzando por una forma de raíz muy soterrada, necesaria y fatal.

La sátira mexicana de los virreyes mal se libera del cenizoso quevediano, y al alcanzarse después el cantío de los corridos estaba todavía demasiado presionada por las jacarillas y la esqueletada de Posada. Pero la alegría de la verídica nueva expresión tiene un matinal sureño. Los hombres de la ciudad que pasan por las estancias oyen al hombre de la llamada con el canto. Se han inventado sus palabras necesarias, el facón para el cuchillo sudado, y el redomón para el potro de su costumbre. Parten de la pronunciación, del aliento que en cada tierra aspira y devuelve a su manera; parten de la pronunciación, no de la ortografía, y el idioma suena otra vez a clásico, en esa toma por asalto de sus palabras.

Al tiempo que el feroz Monteverde acuchilla a los caraqueños separatistas, empiezan por la Banda de la Argentina y Uruguay, a combatir con querencia, a manejar el acento como llave que penetra el paredón. Las huestes de Fernando VII entran y abandonan ciudades, perseguidos por los cielitos uruguayos de Bartolomé Hidalgo… Cielito, cielito que sí, y después un castigo, una referencia a la maldad que se consuma. En la conmemoración jubilosa el cielito acerca por el cariño apegado del relato, o cuando el estanciero va a hundirse en las maravillas de la ciudad, relata también con ternura para evitar el asombro que separa.

Lo primero que señalamos en estos poemas gauchescos es su necesidad, su nacimiento de cosas muy cosidas en acontecimientos y entrañas. Todo eso forma su imprescindible clásico, su tono de hombres, que lejos de restarle y prestarle separación, lo iguala con todo lo producido seco, escamado y fatal. Si vemos el gaucho con el poncho a medio envolver, rodeado el brazo para parada y defensa, a punto el comentarista se ve obligado a anotar: ya se usaba entre los romanos lo que ahora llamamos combatir a capa y espada. Viene la cita de Julio César: envuelven la manta en el brazo izquierdo y sacan la espada. Fuerte nacimiento de literatura clásica, es decir, clase poderosa y saneada, necesidad que crea su forma, libertad que nace exenta de precauciones y resguardos literarios.

Lo primero es ese hombre natural que emplea el idioma con decisión y tono, dando su pechada, su expansión, con un júbilo incontrastable. En el buen gusto de echarse al agua, de sentarse a la mesa con decisión rotunda:

¿Se acuerda del fandangazo
que vimos en lo de Andújar
cuando el general Belgrano
hizo sonar los cueritos
en Salta, a los maturrangos?

Ahí el idioma está tomado por su alegría, no por la tradición humanista que le llega en un momento en que se ve obligada a destellar. Sus hallazgos son aumentativos que conlleva una expansión, fandangazo; por diminutivo que lleva una graciosa contracción, hizo sonar los cueritos. El propio relato, sin  necesidad de cultivar excesos, le da el nacimiento del lenguaje, como quien doma una situación y ya la fija:

Comieron con gran quietú,
y después de de haber sestiao
ensillaron medio flojo
y se salieron al tranco
al rancho de Andrés Bordón,
alias el Indio Pelao.

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