jueves

LEON CHESTOV


KIERKEGAARD Y LA FILOSOFÍA EXISTENCIAL
(Vox clamantis in deserto)
traducción de José Ferrater Mora
  
DUODÉCIMA ENTREGA
IV
EL GRAN ESCÁNDALO (2)
Conviene decir que aun en esos instantes en que, al modo del hijo pródigo, regresa a lo ético, lo hace de tal modo que podríamos preguntarnos si no es más peligroso para lo ético el instante en que se acerca a él que el instante en que lo abandona, el momento en que testimonia en su favor que el momento en que testimonia en su contra. Desde este punto de vista, mientras leemos los discursos edificantes de Kierkegaard, así como sus últimos libros -el Tratado de la Desesperacion (la Enfermedad mortal), los Ejercicios del Cristianismo, El Momento-, conviene que recordemos la Genealogía de la moral, de Nietzsche. En lo que se refiere a glorificar la crueldad, Kierkegaard no cede en nada a Nietzsche, y su sermón sobre el amor al prójimo es tan implacable como el sermón nietzscheano sobre el amor a lo lejano. En cuanto al superhombre de Nietzsche, se trata de otra expresión, menos corriente, de ese tú debes ser “cristiano” que Kierkegaard blande contra los pastores casados y contra los laicos cómodamente instalados en la existencia.
A la pregunta que formula el Falstaff de Shakespeare: ¿puede el honor (el honor que procede de lo ético) devolver al hombre un brazo o una pierna?, responde Kierkegaard, triunfante, con alegría manifiesta: no, no puede hacerlo, pero, en cambio, cuando sus exigencias no son cumplidas, puede mutilar a un hombre de un modo más horroroso de lo que haría el más cruel verdugo. Pero entonces no podremos evitar preguntarnos: ¿qué ha podido conducirle a exaltar a una fuerza capaz de romper, de quemar e incapaz no sólo de crear, mas ni siquiera de recrear? Esto resulta tanto más sorprendente cuanto que en la vida real tanto Kierkegaard como Nietzsche no daban pruebas de crueldad y cuanto que Kierkegaard se había echado con tal furia sobre los amigos de Job que se negaban a admitir que sus quejas y sus maldiciones eran justificadas. Este modo de glorificar “lo ético”. ¿no sería en Kierkegaard (tanto como en Nietzsche) la expresión de un odio indestructible? La cosa se presenta como si Kierkegaard hubiese querido decirnos: los hombres consideran que lo ético es el supremo principio de la vida, y he aquí lo que nos ofrecen. ¿Lo aceptáis? No esperéis desembarazaros de ello fácilmente. Lo ético os exigirá lo que más queréis en el mundo. Aparecerá tras Job, tendido sobre el montón de estiércol y le dirá: no puedo devolverte ni tus rebaños ni tus riquezas ni tus hijos ni tu salud. Pero si consientes en renunciar a todo esto y reconoces que el testimonio de estimación que me confieres es más precioso que todos los bienes de este mundo, te sostendré y te acogeré en mi reino. Si rehusas, si continúas exigiendo que te sean devueltos tus bienes, te condenaré y te expulsaré de mi reino, agregando a los males con que te ha abrumado mi hermana, la Necesidad, otros nuevos males, infinitamente más espantosos que los que ya conoces. Y ni siquiera lo haré en mi nombre, sino en el de Aquel que llamaba a su vera a todos los que sufren y que se hallan abrumados, prometiéndoles reposo. Pues lo mismo que yo, Él no puede darte la “repetición”. Y el reposo que te promete será peor que los sufrimientos que has experimentado. (1)
Es indiscutible que lo ético trata, en efecto, de este modo a quienes depositan en él sus esperanzas. Pero es igualmente indiscutible que no habla jamás a los hombres de este modo, que jamás emplea semejante lenguaje y que nunca revela a los hombres lo que significa esa dicha que les promete. No se expresaban así los estoicos y Platón. En su Ética, Aristóteles pone como convicción de la felicidad un mínimo de bienes terrenales. Y cuando San Agustín realizó un intento relativamente tímido para negar el derecho que se arroga lo ético a distribuir a los hombres los supremos bienes (quo non laudabilis vel vituperabilis sumus), los mismos pelagianos no se atrevieron a defender lo ético de este modo, y esto justamente porque lo defendían sincera y cordialmente. En efecto, ¿es la defensa kierkegaardiana propiamente una defensa? ¿No es más bien un acto de acusación formidable bajo la máscara de un alegato? Como condición previa para demostrar su buena voluntad, lo ético exige que el hombre se declare dispuesto a someterse sin protesta a cuanto la Necesidad le imponga. Explicar en tal forma la esencia de lo ético, ¿no significa clavarlo en la picota, deshonorarlo para siempre? Dije que ya que Kierkegaard  repite de continuo que las verdades existenciales exigen una forma de expresión indirecta. Recordemos que ocultaba con cuidado y se negaba a llamar por su nombre lo que realmente le había sucedido, lo que por su voluntad (o tal vez por cualquier otra voluntad) debía transformarse en un acontecimiento histórico y mundial. Y parece que tenía excelentes razones para obrar de tal modo. Acaso porque (como la princesa en el cuento de Andersen) Kierkegaard había sepultado su pequeño peso bajo ochenta edredones, alcanzó éste proporciones tan grandiosas, no sólo ante sus propios ojos, sino ante los ojos de sus lejanos descendientes. Si lo hubiese mostrado francamente a todos, nadie lo habría ni siquiera mirado. Más aun, cuando Kierkegaard retiraba su persona de sus múltiples edredones superpuestos, también él la veía como algo insignificante, molesto, miserable, ridículo. Pero escondida a los ojos de los hombres, adquiría una importancia histórica y mundial, tanto para el propio Kierkegaard como para todos los demás hombres. Kierkegaard llegaba entonces hasta a olvidar su indestructible angustia y hallaba fuerza y valor suficientes para mirar de hito en hito los vacíos ojos de la Nada que lo había derribado… No le era fácil persuadirse de que no era Hegel y la filosofía especulativa, sino Job con sus quejidos, los que conducían a la verdad. No le era fácil renunciar, ni siquiera por breves instantes, a la protección que brinda lo ético. Y, sin embargo, esto no era sino un comienzo. Faltaba lo más difícil: aceptar el pecado original, y no en la forma que se le da habitualmente, sino tal como nos ha sido narrado en la Biblia. Había que aceptar lo Absurdo, arrancar la fe de las garras de la razón y esperar de la fe, de lo Absurdo, de la escritura, esa liberación, que el pensamiento racional se niega a conceder al hombre. Y había que realizar todo esto bajo la mirada de la Necesidad y de la ética y bajo el peso de esa invencible angustia a que hemos hecho referencia. ¿Tiene algo de extraño en estas condiciones que tengamos que habérnosla con la expresión indirecta, que seamos testigos de esos movimientos extraños, con frecuencia incoherentes, a veces casi convulsivos, que exige la lucha emprendida por Kierkegaard? Para Kierkegaard, la razón y la ética se han transformado, según las palabras de Lutero, en bellua qua non occisa, homo non potest vivere (“Monstruo que el hombre debe matar para poder vivir”). De ahí procede la filosofía existencial: no es “comprender”, sino vivir lo que necesita el hombre. Y Kierkegaard opone, se atreve a oponer sus ridere, lugere, destestari al “comprender”, a lo que segrega la filosofía especulativa. Y la Escritura bendice esta empresa: justus ex fide vivir (“El justo vivirá por la fe”), nos dice el profeta y, tras él, el apóstol. Y luego todavía: si poseéis la fe como un grano de mostaza… nada os será imposible.
Notas
1) Volveré a referirme más detalladamente a esta cuestión en otras páginas. Por el instante me limitaré a citar unos párrafos de Kierkegaard que permitirán al lector seguir la evolución de su pensamiento: “¡Oh, obra única del amor! ¡Oh, insondable tristeza del amor! El propio Dios no puede (cierto es que no lo quiere, no puede quererlo; pero aun cuando lo quisiera, no podría hacerlo) hacer que su acto de amor se convierta para el hombre en algo exactamente opuesto a él -¡en la mayor miseria!... Puede (y todo tiende a demostrar que esto ocurre precisamente de este modo) hacer al hombre, por medio de su amor, más desdichado de lo que jamás lo habría sido sin la intervención suya.” (VIII, 119, 120.)

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