CARTA DE MARYSE RENAUD A LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Madame Maryse RENAUD
Ex alumna de la Escuela Normal Superior de Fontenay-aux-Roses
Profesora emérita de español
Especialista en literatura hispanoamericana
Responsable del Seminario de Literatura Latinoamericana
del C.R. L. A. (Centre de recherches latino-américaines)
Universidad de Poitiers
Francia
Poitiers, 3 de agosto de 2012
Distinguidos señores,
Hace mucho que me propongo escribirles para comunicarles mi perplejidad acerca de ciertas «fantasías» ortográficas actualmente muy de moda, al parecer. Me explico. Que haya sido necesario suprimir ciertos acentos, que a todas luces resultaban inútiles, lo acepto. Por ejemplo, en los monosílabos es más que evidente que la reforma fue atinada. En el caso de palabras como « fe », « fui », « fue », « di », « dio », « rio », etc., no hacen falta acentos escritos ya que el acento no puede sino cargar en la única sílaba existente.
En cambio, sabemos de sobra que el acento escrito tiene en español una función discriminatoria que nos permite distinguir eficazmente, por ejemplo, un adverbio de un adjetivo (sólo / solo), un adjetivo demostrativo de un pronombre demostrativo (este perro no ladra / éste sí). ¿Por qué entonces abogar insidiosamente por la supresión del acento en el pronombre demostrativo?, como se ve cada vez más a menudo en la prensa española. ¿Por qué autorizar la supresión del acento en el adverbio « sólo »? No ganamos con estas autorizaciones sino confusión, tanto más cuanto que en el mismo artículo se mezclan frecuentemente las dos grafías, como no se le escapa a ningún lector medianamente atento (véase lo que pasa en El País).
Algunos argüirán que el contexto resulta muchas veces lo suficientemente claro como para poder prescindir sin problemas del acento escrito. Pero el criterio del contexto —de la supuesta transparencia del contexto— es discutible, subjetivo, relativo, dudoso. El contexto es lo de menos. El único criterio realmente válido, ajeno a toda subjetividad, totalmente lógico, es el de la función. Hasta ahora, que yo sepa, ha permitido expresarse a los más grandes artífices de la lengua española con claridad y elegancia.
Y si algún día se me ocurre decir: « Sólo solo se encontraba a gusto », quiero poder disponer de los instrumentos apropiados, es decir, poder acudir al acento escrito cuya utilidad espero haberles demostrado con este ejemplo feo, pero gramaticalmente correcto. Sé perfectamente que puedo echar mano de mi amado acento, nadie me lo prohíbe… hasta ahora, por lo menos (acento que debe conservarse a toda costa —insisto— en las formas adverbiales.)
En nombre del argumento del « contexto » podrían, por lo demás, suprimirse otros muchos acentos bruscamente considerados…molestos, inútiles, meramente decorativos, superfluos, y de hecho muy útiles. ¿Por qué, uno de estos días, no le vendría en gana a algún académico amante de reformas dar una nueva « autorización » que permitiese suprimir, por qué no, siempre en nombre de un « contexto evidente », el acento en el « mí » de la siguiente frase: « A mí me gustan los churros », o el acento del « té » inglés que a algunos tanto les gusta ingerir a las cinco de la tarde?
Detrás de esta injustificada furia supresora, falsamente simplificadora, ¿no habría acaso la inconsciente o inconfesada tentación de ajustar la lengua española a los mandatos de la todopoderosa informática? A no ser que algunos de ustedes también se sientan fascinados, como tantos franceses de hoy, por el idioma inglés. ¡Pobre lengua entonces la española, sometida a este falaz y empobrecedor concepto de Modernidad!
América Latina, afortunadamente, se resiste generalmente a estas discutibles innovaciones. Más valdría preocuparse, pienso, por otras faltas garrafales cometidas por los hispanohablantes, como el horrible y muy madrileño laísmo; o por errores enojosos, y desafortunadamente muy difundidos, como la confusión cada vez más frecuente entre « deber » y « deber de », confusión antiguamente propia de los latinoamericanos y que actualmente también lo es de los españoles —e incluso de españoles cultos—.
Éstas son mis desengañadas reflexiones sobre lo que considero unas injustificadas y peligrosas fantasías reformadoras de la lengua española actual. Basta con la ya antigua reforma que reemplazó sin verdadera razón válida el pronombre masculino complemento directo « lo » por « le », volviendo así confusas las fronteras entre lo directo y lo indirecto.
He podido constatar en mi universidad (Universidad de Poitiers), con los estudiantes españoles ERASMUS, que no pocos confunden complemento directo con complemento indirecto. Estos mismos estudiantes me lo han confesado con naturalidad. No creo que esta reforma les haya sido de gran utilidad.
Espero no haberles chocado con estos comentarios, totalmente desprovistos de arrogancia (yo soy francófona y también tengo mis errores), y sólo motivados por el inmenso y sincero interés que siempre me ha provocado el idioma español (en todas sus modalidades, peninsulares tanto como americanas).
También quiero que sepan que no soy la única en considerar con perplejidad esta discutible evolución de la lengua española. No pocos amigos españoles y latinos —periodistas, profesores universitarios, colegas de la secundaria, artistas...— comparten mi parecer y se abstienen de escribirles, por falta de tiempo, cansancio, o resignación. Me hago, de alguna manera, su representante. La lengua española merece ser tratada con coherencia y rigor. El español, a diferencia de otras lenguas románicas —el italiano, por ejemplo— tiene la gran ventaja de poseer un sistema de acentuación claro y eficaz. ¿Por qué entonces desregular aquello que tan bien consignado está y tan bien funciona?
Esperando que lean ustedes con atención y benevolencia esta breve carta, y que queden convencidos por mis argumentos, los saludo atentamente.

























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