
RICARDO AROCENA
RODRÍGUEZ Y GUTIÉRREZ, DOS VECINOS SOLIDARIOS
Fue de los campos de Tomás Rodríguez, y de su socio de aventuras Lorenzo Gutiérrez, que en febrero de 1811 salieron las primeras patriadas rumbo a la ciudad de Mercedes, para dar inicio a un alzamiento que la historia registraría con el nombre de "El grito de Asencio", y que significaría para la Banda Oriental el punto de partida de la revolución libertadora.
Fue de los campos de Tomás Rodríguez, y de su socio de aventuras Lorenzo Gutiérrez, que en febrero de 1811 salieron las primeras patriadas rumbo a la ciudad de Mercedes, para dar inicio a un alzamiento que la historia registraría con el nombre de "El grito de Asencio", y que significaría para la Banda Oriental el punto de partida de la revolución libertadora.
Meses más tarde Artigas haría un sentido reconocimiento a aquel "puñado de patriotas orientales, (que) cansado de humillaciones, había decretado su libertad (...), llena la medida del sufrimiento". Emocionado subrayaría que nunca antes se había realizado un esfuerzo "más glorioso, ni más arriesgado: en él se tocaba sin remedio aquella terrible alternativa de vencer o morir libres...".
En su opinión el 28 de febrero había sido un "día memorable", señalado "por la providencia", para "sellar los primeros pasos de la libertad en este territorio", en definitiva una fecha, que a su parecer, no podía "recordarse sin emoción, cualquiera sea nuestra suerte"
Las chacras de donde salieron los insurrectos, estaban a unas tres leguas de la Capilla de Mercedes, sobre la costa del Río Negro, entre los arroyos Dacá y Asencio. Doña Felipa, una más que centenaria descendiente de Gutiérrez, relataría décadas después a la revista porteña Caras y Caretas:
"Nosotros estábamos ese día de pericón, ardían los fogones y circulaba el mate. En casa se habían reunido los capataces. Mi padre, Don Lorenzo Gutiérrez, discutía con los demás, mi madre Doña Rosa Arriola, de los Arriola de la Patria Vieja, cebaba mate. Nosotras las muchachas atisbábamos por la puerta y mirábamos a la mozada, que bailaba con Perico a la cabeza. Estaba ahí la flor de la mozada. Don Venancio Benavides y don Pedro Viera habían pasado la noche en casa".
Viera, Benavides, Rodríguez, Gutiérrez, Arriola... Regístrese bien todos y cada uno de aquellos nombres y su entorno. Es el pueblo sencillo el que se reúne y conspira. Los orientales estaban a punto de escribir una de las páginas más heroicas de su historia, algunos posiblemente morirían, sin embargo no dilapidaban la alegría de vivir: bailaban y discutían, tomaban mate y complotaban, mientras las mozas escondidas, "vichaban" a la muchachada.
Estaba ahí lo mejor y lo más sobresaliente, la "flor" de aquellos pagos... Y entre todos destacaba el popular "Perico el bailarín", una de las pocas figuras que escaparía al olvido que cayó sobre el Grito de Asencio en particular, y sobre la Patria Vieja más en general, al ser rescatada, con el correr de los años, por el cancionero popular.
Pero volvamos a los dos gauchos que arriesgaron sus pequeñas propiedades y a sus familias para que su pueblo fuera libre e independiente. De Gutiérrez no se tienen más datos que los más arriba expuestos, pero sobre Rodríguez algo más ha quedado registrado, y es que algunos años antes del alzamiento casi había perdido sus tierras ante la presión realizada por el poderoso comerciante y hacendado sorianense Juan Bautista Díaz, quien las había reclamado ante las autoridades españolas.
Para quedarse con las propiedades había alegado que formaban parte de una extensión mayor adquirida en un remate. Rodríguez se defendió diciendo que tenía los derechos de posesión y que de ellos se desprendía lo contrario a lo que el potentado señalaba.
Ya sin argumentos con los que rebatir al humilde trabajador, Díaz recurriría a la descalificación, diciendo que "su conducta me resulta odiosa, por varios motivos, como consentir en su casa personas vagas, siendo ella un refugio y un abrigo de todos...".
Al parecer Rodríguez, entre otros vecinos, en forma solidaria, acostumbraba dar amparo transitorio a gauderios y otras figuras marginales de la antigua sociedad colonial, lo que contrariaba expresas prohibiciones de las autoridades españolas y era considerado un grave delito.
No obstante, por algún motivo, la denuncia del terrateniente no prosperó, y los campos continuaron en manos del pequeño propietario acusado de "solidario". Paradojalmente, como ya señalamos, fue precisamente de esas tierras que partieron las primeras montoneras orientales, dando inicio en particular a la conquista de la ciudad, y más en general al proceso revolucionario en su conjunto.
En la estancia de Rodríguez, la alegría en torno a los fogones, poco a poco se había ido transformando en decisión, el paisanaje se agitaba inquieto: es que había llegado la hora de atacar la Guarnición. Ni bien llegan a sus alrededores, Pedro Viera designa, por sus características personales, al "patricio Reyes" para que fuera a deliberar con los españoles.
Y éste desempeña con soltura su misión, "con el desembarazo de un completo militar", haciéndole creer al comandante de la Plaza que la gente que sitiaba al pueblo era tropa regular, de "Buenos Aires y del Continente". Advirtió además a los peninsulares que solamente tenían tres minutos, según las instrucciones que había recibido, para su rendición, de lo contrario sufrirían las consecuencias.
Y éste desempeña con soltura su misión, "con el desembarazo de un completo militar", haciéndole creer al comandante de la Plaza que la gente que sitiaba al pueblo era tropa regular, de "Buenos Aires y del Continente". Advirtió además a los peninsulares que solamente tenían tres minutos, según las instrucciones que había recibido, para su rendición, de lo contrario sufrirían las consecuencias.
Después de algunos cabildeos, el Comandante entrega la plaza, "libre de vidas y haciendas". También en aquel poblado las fuerzas insurgentes habían logrado la adhesión de la tropa, "unos veinte voluntarios hijos del país", que estaban dispuestos a colaborar con los sencillos "sitiadores". Para que los patriotas no los confundieran en el caso de un enfrentamiento armado, se les había prevenido que tuvieran un pañuelo blanco en el bolsillo, que deberían ponerse en la "copa del sombrero", para ser reconocidos.
Instalados en Mercedes los criollos envían emisarios a consultar a Vega, Haedo, Chávez, Cortinas y otras personalidades "respetables", que se suman al "movimiento", mientras comienzan a llegar a los pagos de Mercedes prestigiosos caudillos, como los hermanos Gadea, Pedro Pablo, Lázaro, Miguel Bonifacio y Santiago, todos diestros paisanos, queridos y respetados en la región. Pero faltaba el General, el comandante, el conductor, y por eso intentan conectarse con Artigas, a quien, según noticias de la Junta, lo suponen en Nogoyá.
Eran los inicios... Durante el mes de marzo, "llena la medida del sufrimiento", los patriotas, encabezados por Laguna en Belén, Ojeda en Tacuarembó, Delgado en Cerro Largo, Basualdo en Lunarejo, Bustamante en Maldonado, los Lavalleja en Minas, Vázquez en San José, entre muchos otros, se habían convertido en irrefrenables luchadores: había llegado la hora de la libertad... Avisado de las buenas nuevas, el futuro primer Jefe de los orientales, a todo galope, ya se dirigía a ocupar el lugar que su pueblo y la historia le tenían reservado.
Y LLEGÓ EL COMANDANTE...
Apenas 13 días antes del llamamiento de Asencio, José Artigas había partido de Colonia hacia Paysandú, acompañado por Hortiguera, Enríquez de la Peña y otros siete soldados, para sumarse a la causa revolucionaria. En el recorrido constatan el estado de ebullición en que se encontraba la campaña. Luego de pasar por la ciudad litoraleña, se dirigen hacia Santa Fe, adonde llegan en el mismo momento en que estalla la revuelta de Mercedes.
Como en el conocido cuadro de Edward Munch, adonde el dramático aullido hace trepidar al paisaje, el grito oriental a orillas del Asencio haría estremecer a la comarca toda, llegando hasta un lugar tan distante como en el que se encontraba Artigas en aquel momento. Pedro Viera, consumada la ocupación de Mercedes", había exigido que se le comunicara inmediatamente el acontecimiento.
El futuro Jefe oriental llega a Buenos Aires el 6 de marzo de 1811, luego de tres semanas de marcha forzada, para obtener el respaldo de la Junta. Ni bien arriba se encuentra con el entusiasmo del gobierno bonaerense ante los informes que llegaban del otro lado del río. La prensa se hacía eco de lo que ocurría, comentando los hechos en encendidos términos: "el numeroso vecindario se arma con energía y entusiasmo, y sus armas llevarán el terror y el espanto hasta los umbrales...", amenazaba el 8 de marzo el periódico La Gaceta.
El futuro Jefe oriental constataba que el pueblo bonaerense recibía "con el interés que podía esperarse, la noticia de estos acontecimientos". Obtenido el respaldo político que había ido a buscar emprende el retorno. Volvía además con un ofrecimiento: "oficiales esforzados, soldados aguerridos, armas, municiones, dinero, todo vuela en vuestro socorro", le habían dicho.
Con ese encargo cruza el río a la altura de Paysandú, para trasladarse posteriormente a Mercedes, encontrándose con que a lo largo y ancho de todo el territorio oriental la población estaba en efervescencia y a punto de estallar. Joaquín Suárez analizaría lúcidamente aquel momento diciendo que todo estaba pronto pero faltaba el caudillo, el "hombre de armas tomar, al que siguieran las masas". Es en ese instante que irrumpe Artigas, para transformarse en el gran conductor.
Su regreso tuvo una importancia decisiva, el movimiento emancipador pasa a contar con una autoridad de prestigio indiscutido que le da unidad al mando revolucionario, a la vez que le proporciona una dirección recia, potente y capaz.
Ni bien asume, manda a parar... Sus primeros trabajos consisten en imponer el orden ante algunos desmanes cometidos, e intentar resolver ciertas disidencias en filas patriotas. Su presencia entre los paisanos, hace que las autoridades españolas sufran. Salazar reconoce que "en diciendo Artigas en la campaña todos tiemblan", para luego alertar: "cada pueblo por donde pasaba lo iba dejando en completa sublevación".
Bajo su conducción, en abril de 1811, comienza la ofensiva: los revolucionarios ocupan sucesivamente Trinidad, Paso del Rey, Colla, Minas, San José, Santa Lucía, Melo, San Carlos y Maldonado. Artigas había proclamado: "... a la empresa compatriotas, que el triunfo es nuestro: vencer o morir sea nuestra cifra; y tiemblen, tiemblen esos tiranos de haber excitado nuestro enojo, sin advertir que los americanos del sur, están dispuestos a defender su patria, y a morir antes con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio".
El momento culminante de aquella campaña se alcanza cuando las fuerzas artiguistas se encaminan hacia Montevideo. En Las Piedras se enfrentan al ejército español al mando del capitán Posadas y le dan batalla. El triunfo se obtiene mediante un enérgico ataque central de la infantería, complementado por la acción de la caballería en los flancos y en la retaguardia.
La derrota hispánica es total. Todo el territorio de la Banda queda, a partir de aquel triunfo, en manos orientales, mientras que el enemigo no tiene otra alternativa que refugiarse en Montevideo, ciudad que pasa a quedar sitiada por las fuerzas artiguistas victoriosas, a las que se le suma el grueso del ejército bonaerense, que estaba comandado por el General Rondeau.
La derrota hispánica es total. Todo el territorio de la Banda queda, a partir de aquel triunfo, en manos orientales, mientras que el enemigo no tiene otra alternativa que refugiarse en Montevideo, ciudad que pasa a quedar sitiada por las fuerzas artiguistas victoriosas, a las que se le suma el grueso del ejército bonaerense, que estaba comandado por el General Rondeau.
Visto a la distancia es difícil de creer... Pero todo había comenzado en Mercedes, bien cerca de los arroyos Dacá y Asencio, en los humildes pagos de Rodríguez y Gutiérrez, mientras se bailaba el Pericón.
A CHUZA Y BOLA
Tal vez una de las razones por las cuales el denominado Grito de Asencio es otro de los grandes olvidados por nuestra historia oficial, radique en que de aquellos levantamientos no fueron partícipes ninguno de los "prohombres" que hoy bautizan nuestras calles y plazas. La insurrección en Mercedes, junto con las de Belén y Casablanca, serían ninguneadas por algunos historiadores, que las calificarían como "acciones aisladas, carentes de un plan orgánico, sin unidad de mando y sin vinculaciones con Buenos Aires".
No fue esa la opinión de Artigas. Ya señalamos la enorme importancia que le atribuyó a que un "puñado de hombres" hubiera "librado a sus brazos el triunfo de la justicia". Pero además, para el gran conductor, por razones simbólicas, había sido de enorme trascendencia que prácticamente desarmados los orientales hubieran enfrentado al poderío colonial. Que "los puñales de los paisanos, pasaran por encima de las bayonetas veteranas", lo valoraba como algo sin parangón.
No por casualidad había sido distinguido por su pueblo como su Jefe. Con su mirada baqueana percibía las causas profundas que sacudían su entorno; no era indiferente al "viejo topo" de la historia, ni tampoco ajeno al estado de sensibilidad de sus compatriotas: es decir, era conciente de las grandes y subyacentes tendencias, que hacían movilizar a su gente. Por eso era capaz de visualizar más lejos de lo que lo podían hacer otros, apreciando en este caso, en el levantamiento espontáneo de la gente, lo que tenía de profundo y novedoso.
"No eran los paisanos sueltos, ni aquellos que debían su existencia a su jornal o sueldo los solos que se movían; vecinos establecidos, poseedores de buena suerte y de todas la comodidades que ofrece este suelo, eran los que se convertían repentinamente en soldados, los que abandonaban sus intereses, sus casas, sus familias, los que iban, acaso por primera vez, a presentar su vida a los riesgos de una guerra, los que dejaban acompañadas de un triste llanto a sus mujeres e hijos, en fin los que sordos a la voz de la naturaleza, oían solo la de la patria...", observaría Artigas.
En otras palabras, "sordos a la voz de la naturaleza" los patriotas habían ido a la guerra con las manos prácticamente vacías, con "puñales" diría el Jefe oriental..., contra todo el poderío militar español. Y lo habían vencido. De los campos de Rodríguez y Gutiérrez salieron rumbo a Mercedes con elementos de combate por demás primitivos: en el mejor de los casos con lanzas de tacuara enastadas con tijeras de esquilar, medias lunas de desjarretar, sables, tal vez alguna pistola o algún trabuco naranjero. En demasiadas ocasiones dejaron en un "triste llanto" a sus mujeres, para enfrentarse con las manos armadas solamente con piedras, o con varas flexibles de membrillo y guayabo… y sin ninguna experiencia de combate militar.
Artigas era conciente de que sin aquel estado de ánimo de quienes lo habrían de instituir como su conductor, nunca hubiera podido lanzarse a la conquista de la independencia y la liberación. Él era la más acabada expresión de quienes lo erigían como su Jefe, pero sin el apoyo popular nada le hubiera sido posible.
Parafraseando a Dickens podría decirse que la "admirable alarma" desatada en Asencio iniciaría el mejor de los tiempos por su carga de fe y de esperanza, pero también el peor de los tiempos por la insidia de los poderes y la traición; la época de la sabiduría de los que veían con perspectivas históricas el futuro y la época de la estupidez, la inconsecuencia y la claudicación; el período de la fe en el porvenir, pero también de la sospecha, la duda, y la aprensión; la Era de la luz y de la confianza en las causas colectivas y la Era de las tinieblas de los que apostaban a la intriga y la manipulación; la primavera de la esperanza para los paisanos en armas, aunque también el invierno de la felonía, la infamia y la defección.
LOS "SIN NOMBRE"
Preocupadas las autoridades españolas habrían de constatar que quienes participaban de la "repentina" insurgencia no eran simplemente "una partida de salteadores como se ha divulgado por estos destinos". Era mucho más que eso. La insurrección popular era incontenible, al punto de que Pedro Viera desesperaba: "¡no es posible, en ningún modo, contener a la gente...!"
Ocupada la Guarnición de Mercedes, los patriotas se lanzan sobre el vecindario de Santo Domingo que quedaba tan solo a ocho leguas de distancia, pero los españoles envían, en el mes de abril y a través del río, cinco buques cargados de cañones, que son dirigidos contra los modestos ranchos de adobe y teja, solamente protegidos por montes de árboles frutales.
De inmediato de la Capilla Nueva parte una patrulla de doscientos patriotas con el objetivo de proteger la población. Tardan hora y media en llegar y ni bien entran a la calle principal, circundada de tunas, divisan a las amenazantes embarcaciones españolas. Los paisanos, escasamente armados, iban a enfrentar la más sofisticada tecnología militar de la época. Y en aquel lugar acabarían por derramar la primera sangre victoriosa, mientras el Jefe oriental, que estaba a doscientos kilómetros, enterado por los chasques de lo que estaba ocurriendo, despachaba refuerzos.
Recordando citas de tiempos más recientes, se podría decir que Artigas permanentemente hizo lo que había que hacer en el momento indicado. Su gente lo precisaba, pero él precisaba de su gente. Uno de sus grandes méritos radicó justamente en que supo colocarse a la altura de lo más adelantado, de lo más comprometido, y de lo más generoso de su tiempo, elevándose sobre sí mismo al hacerlo. No tuvo temor a ser conducido, y por eso pudo ser el gran conductor.
Muy alejada su actitud a la de cierta posmodernidad política e historiográfrica, para la que la gente, las masas, el pueblo, son solamente un pretexto de ocasión. Únicamente se acuerdan de las "eminencias importantes", aunque en el fondo muchas de ellas sean solamente de cartón; y poca jerarquía les otorgan a los Rodríguez, a los Gutiérrez, a los Arriola, en definitiva a las multitudes sin nombre, de antes y más recientes, aunque hayan sido las cimentadoras de la verdadera, y en definitiva, gran historia.
En síntesis, conciben a esas multitudes como a una plataforma desde la cual encaramarse, pero a la hora de los grandes resúmenes desdeñan su papel... "Ahora te toca a vos" sintetiza tal concepción una copla de actualidad refiriéndose a cierto político muy popular, como si la acumulación de décadas que lo sustenta y el pueblo al que se debe, no fueran en realidad lo más importante.
Muchos de los que así piensan son los mismos que recuerdan acontecimientos más recientes, como parte de una historia terminada, aunque persistan las causas que los provocaron. Y en bien regadas tertulias se solazan de un pasado, al que indefectiblemente recurren, para mostrarse como alumbrados artífices de una actualidad que lamentablemente no se corresponde con los sueños por los que en algún momento se pronunciaron.
A mediados del siglo XX, el escritor alemán Bertold Brech polemizó con los "iluminados", que amparándose en una egocéntrica verbosidad, daban una visión personalista de la historia. Sus versos son de ardiente actualidad: "¿Quién construyó a Tebas, de las siete puertas? / En los libros constan los nombres de los reyes /. ¿Los reyes arrastraron los bloques de piedra?// Y a Babilonia tantas veces destruida / ¿Quién la irguió otras tantas? // ¿En qué casas de Lima radiante de oro/ moraban los constructores? // ¿Para dónde fueron los albañiles/ la noche en que quedó pronta la Muralla de China?...", inquiría.
Como señala el dramaturgo, ha sido siempre, en definitiva, la gente, la constructora del futuro. Sin su compromiso y su accionar, nada puede existir, no importa el prestigio de quien eventualmente se sienta su guía. Por ese motivo no cabe la menor duda de que sin las multitudes "sin nombre", no hubiera habido una Patria Vieja. Ni ella, ni tampoco ningún otro proceso de real importancia, que merezca ser recordado.
Rescatar las miles de pequeñas historias que confluyeron en una sola, en este caso en lo referente a nuestra nación originaria, se torna una impostergable necesidad, si realmente queremos construir un futuro partiendo de sólidos principios. De ahí la importancia de recordar a Tomás Rodríguez y Lorenzo Gutiérrez, y a tantos otros, que hasta hoy en día continúan formando parte de las legiones de "olvidados".
Sus apellidos poco revelan, y quién sabe en qué lugar sus huesos fueron enterrados. Sobre lo que no hay dudas es que aquellos dos hombres arriesgaron a sus familias y sus escasos bienes, poniéndose al servicio de su pueblo, y que desde sus pagos partieron las primeras montoneras... En el fondo, tal vez..., simplemente por ser..., dos humildes vecinos solidarios.
























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