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LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (10) - ESTHER MEYNEL


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DE LA JUVENTUD DE SEBASTIÁN EN EISENACH, LÜNEBURG Y ARMSTADT; DE SU PRIMER MATRIMONIO EN MÜHLHAUSEN Y DE SU VIDA EN WEIMAR Y EN CÖTHEN

Durante su estancia en Lunenburgo trabajó con su aplicación habitual en su perfeccionamiento, consiguió madurar el movimiento de sus dedos y estudió todo el contenido de composiciones musicales de la biblioteca de la escuela, que le parecía un regalo del cielo. Pero a lo que le dedicó más tiempo fue al estudio del órgano, en el cual le daba lecciones al organista de la iglesia de San Juan, que era también turingiano. Mas superó muy pronto a su maestro y creo que, hasta en su juventud, sería bastante complicado enseñarle a Sebastián Bach cualquier cosa relacionada con la música. Me parece que debieron de enseñarle los ángeles musicales antes que ningún maestro terrenal lo intentase. Creo que tampoco el notable señor Böhm tendría mucho que enseñarle cuando sus pasos juveniles le llevaron hacia él, como más tarde hacia otros maestros. Recorrió a pie, repetidas veces, las muchas millas que hay hasta Hamburgo, para escuchar al señor Reinken, ante quien, el año antes de nuestra boda, cuando yo le vi por primera vez, tocó el órgano con mucho éxito. Ya se supondrá que en aquellos años no disponía de mucho dinero, y le sucedió que, en uno de esos viajes, se encontró, hambriento y con los pies llagados, sentado en un banco bajo la ventana de una posada, sin un céntimo, incapaz de poder pagar ni el menor bocado. Cuando estaba meditando sobre lo que haría para no tener que recorrer las millas que le faltaban con el estómago vacío, se abrió la ventana y cayeron a sus pies dos cabezas de arenque. Sebastián recogió aquel manjar poco apetitoso, pensando que, al fin y al cabo, dos cabezas de arenque son mejor alimento que no comer nada, y con gran sorpresa y alegría encontró en una de las cabezas un ducado danés. Esta historia me pareció siempre una de las narraciones para conmover a los niños en Nochebuena. Tal vez por agradecimiento conservó Sebastián durante toda su vida cierta predilección por los arenques, especialmente preparados con vino blanco, especias y granos de pimienta. Sobre todo durante el verano había muy pocos manjares que prefiriese a ese. Con el dinero de la cabeza del arenque no sólo pudo hacer una buena comida, sino que, y esto era para él mucho más importante, pudo repetir el viaje a Hamburgo y volver a oír al gran organista. En otra ocasión, bastante más tarde -mayo de 1716- el órgano le proporcionó otra comida de la que se acordaba siempre con satisfacción. Había ido a Halle con los señores Kuhnau y Rolle para probar un órgano nuevo, de treinta y seis registros. Después que el órgano fue probado y aceptado, el Ayuntamiento de Halle invitó a los tres músicos a una copiosa comida, Por lo menos a Sebastián, acostumbrado a la sencillez, le pareció extraordinariamente copiosa y, más tarde, repetía con frecuencia que era la mejor comida que había hecho en su vida. Les dieron de comer pollo, carne de vaca, jamón ahumado, guisantes, patatas, espinacas con salchichas, ensalada de espárragos, ensalada de lechuga, ternera asada, rabanitos, pasteles y confitura de cáscara de limón y cerezas.

Sebastián no tenía más que dieciocho años cuando obtuvo su primera plaza de organista. En Weimar había sido nombrado ya músico de la corte, y desde esa ciudad hizo su primera visita a Arnstad para ensayar un órgano hermoso, recién instalado en la Iglesia Nueva. En aquella ocasión le oyeron tocar algunos músicos eminentes que, a pesar de su juventud, reconocieron en seguida sus cualidades excepcionales. El organista que ocupaba la plaza en Arnstadt era un músico bastante mediocre y lo trasladaron a un puesto de menor importancia, para darle la plaza a Sebastián. 
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