martes

EL VIENTO DE LA DESGRACIA (SIDA + VIDA) - DANIEL BENTANCOURT (39)


Edición y prólogo: Hugo Giovanetti Viola

PARTE 3

22       


Pudo orientarse y avanzar con seguridad mientras hubo un resto de luz, pero después le pareció que sólo daba vueltas tropezándose, lastimándose y tiritando en un laberinto que ya no conocía, hasta que se agachó contra el volumen gigantesco de un árbol y ni siquiera logró distinguir con claridad su propia mano levantada. De golpe las abejas parecieron agitarse y concentrársele en el zumbido de la presión arterial que le empozaba los oídos, y al tratar de pararse inútilmente supo que ya no habría mañanas y terminó de convencerse, como si todavía no hubiese comprendido del todo, de que esta vez era el elegido para cargar la cruz.

“Y ahora, puta, dónde estás” se preguntó, sabiendo que Ella no aparecería, porque tal vez se hubiera diluido totalmente en la mancha de su cuerpo maldito, esperando que él diera los últimos pasos y cometiera sus últimos errores. O tal vez no, pensó. Porque ahora debe estar en otra esquina, esperando a algún otro desprevenido, otra alma distraída, que tenga la desgracia de pasar por ahí y sea lo suficientemente débil para no rechazar lo que se le ofrece bajo el disfraz rojo.

Y sin saber por qué pensó en la última mirada que le entregó a su madre y tuvo la sensación de que no había pasado nada y ellos seguían durmiendo, apenas descansando, se dijo, agotados y sin duda soñando porque de aquí a unas horas volveremos a ser los mismos, los que éramos, los que fuimos y los que seremos si este viento de la desgracia no nos sigue azotando los oídos.

Entonces, sin haberlo previsto, el dolor volvió a atenazarle las tripas y esta vez ni siquiera tuvo tiempo de bajarse los pantalones y sintió la masa oscura, flácida y tibia deslizándose entre sus muslos y confirmó que ya no había distancia entre él y la noche, porque ahora estaba hundido en la última estación. “Dios” pensó, agarrándose del tronco para levantarse y correr entre el barro y las piedras sin volver a pensar en ningún dios. Y fue en ese momento que comenzó la lluvia.

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