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EL HÉROE DE LAS MIL CARAS (62) - JOSEPH CAMPBELL


4 / APOTEOSIS (1)


Uno de los más poderosos y amados entre los Bodhisattvas del budismo Mahayana del Tibet, de China y del Japón, es el Portador del Loto, Avalokiteshvara, “El Señor que mira desde arriba con Piedad”, así llamado porque mira con compasión a todas las creaturas sensibles que sufren los males de la existencia. (83) A él está dirigida la plegaria, repetida millones de veces. De las ruedas de oración y de los gongs de los templos del Tibet. Om mani padme hum. “La joya está en el loto”. A él van quizá más plegarias por minuto que a cualquier otra divinidad conocida por el hombre, pues durante su última existencia en la Tierra como ser humano, atravesó los límites del último umbral (en dicho momento se abrió para él la eternidad del vacío, más allá de los decepcionantes enigmas -espejismos del cosmos de los nombres y las formas); hizo una pausa y juró que antes de entrar en el vacío, traería la iluminación a todas las creaturas sin excepción, y desde entonces ha saturado toda la materia de la existencia con la gracia divina de su presencia generosa, de manera que escucha gentilmente la más pequeña petición que se le dirige, en todo el imperio de Buddha. Bajo formas diferentes atraviesa los diez mil mundos y aparece a la hora de la necesidad y de la plegaria. Se revela en forma humana con dos brazos, y en forma sobrehumana con cuatro, con seis, con doce o con mil brazos y lleva en una de sus manos izquierdas el loto del mundo. Como el Buddha mismo, este ser divino es el modelo del estado divino al que llega el héroe humano que ha atravesado los últimos terrores de la ignorancia. “Cuando la envoltura de la conciencia ha sido aniquilada, se libera de todo temor, queda fuera del alcance de todo cambio.” (84) Esta es la liberación potencial que está dentro de cada uno de nosotros, y que cualquiera puede obtener a través del heroísmo; así, leemos: “Todas las cosas son las cosas-Bud-dha”; (85) y también, otra forma de hacer la misma declaración: “Ninguno de los seres tiene ser.”

El mundo está lleno e iluminado por el Bodhisattva (“aquel cuyo ser es iluminación”), pero no lo sostiene; más bien es él quien sostiene al mundo: el loto. El dolor y el placer no lo circunda, él los circunda a ellos, con una profunda calma. Y ya que él es aquello que todos pueden ser, su presencia, su imagen y hasta su nombre, son promesas de ayuda. “Lleva una guirnalda de ocho mil rayos, en los cuales se refleja en forma completa el estado de la belleza perfecta. El color de su cuerpo es de oro purpúreo. Las palmas de sus manos tienen el color mezclado de quinientos lotos, mientras que cada una de las puntas de sus dedos tiene ochenta y cuatro mil marcas y cada una de ellas ochenta y cuatro mil colores, y cada color tiene ochenta y cuatro mil rayos que son suaves y tibios y brillan sobre todas las cosas que existen. Con estas manos enjoyadas protege y abarca todos los seres. El halo que rodea su cabeza está sostenido por quinientos Buddhas milagrosamente transformados y cada uno de ellos atendido por quinientos Bodhisattvas, atendidos, a su vez, por dioses innumerables. Y cuando él pone los pies en el suelo, las flores de diamantes y las joyas que deja caer cubren todas las cosas en todas direcciones. El color de su rostro es del oro. Y en su más alta corona de gemas, hay un Buddha de pie, de doscientas cincuenta millas de alto.” (86)

En China y en Japón, este Bodhisattva gentilmente sublime no sólo está representado en forma masculina, sino también en forma femenina. Kwan Yin en China, Kwannon en Japón -la Madona del Lejano Oriente es precisamente este benévolo observador del mundo. Se la encuentra en cada templo budista del Lejano Oriente. Sus bendiciones están abiertas a los simples y a los sabios, porque detrás de su palabra existe la más profunda intuición, redentora y sostenedora del mundo. La pausa ente el umbral del Nirvana, la resolución de seguir adelante hasta el final del tiempo (que no tiene final) antes de sumergirse en la plácida fuente de la eternidad, representa el darse cuenta de que la distinción entre la eternidad y el tiempo es sólo aparente, hecha por la mente racional, pero disuelta en el conocimiento perfecto de la mente que ha trascendido las parejas de contrarios. Lo que se comprende es que el tiempo y la eternidad son dos aspectos de la misma experiencia total; dos planos del mismo inefable no dual; es decir, la joya de la eternidad está en el loto del nacimiento y de la muerte; om moni padme hum.


Notas

(83) El budismo Hinayana (el que sobrevive en Ceilán, Birmania y Siam) reverncia al Buddha como a un héroe humano, un santo y sabio supremo. El budismo Mahayana (el budismo del norte) considera al Iluminado como salvador del mundo, encarnador del principio universal de la iluminación.
Un Bodhisattva es un personaje a punto de alcanzar el estado de Buddha; de acuerdo con el punto de vista Hinayana, un adepto que se convertirá en Buddha en la siguiente reencarnación; de acuerdo con el punto de vista Mahayana, como han de demostrar los siguientes párrafos, es una especie de salvador del mundo que representa particularmente el principio universal de la compasión. La palabra bodhisattva (en sánscrito) significa: “aquel cuyo ser o esencia es la iluminación”.
El budismo Mahayana ha desarrollado un panteón de muchos Bodhisattvas y muchos Buddhas pasados y futuros. Todos ellos representan las fuerzas manifiestas del trascendente, uno y único Adi-Buddah (Buddha Primario) (compárese la nota 51, p. 86, supra) quien es la fuente concebible más alta y el límite último de todo ser, suspendido en el vacío del no ser, como una burbuja maravillosa.
(84) Prajña-Paramita-Hridaya-Sutra; “Sacred Books of the East”, vol. XLIX, parte II, p. 148; también pág. 154.
(85) Vajracchedika (“El tallador de diamantes”), 17; ibid, p. 134.
(86) Amitayur-Dhyana Sutra, 19, ibid, 182-183.

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