domingo

EL GRITO (5) - RICARDO AROCENA


(Una novela de amor, pasión y muerte en tiempos de la Patria Vieja)

Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes / 2018


Hace tres días que los militares ocupan las calles. Es la hora de la misa mayor, la que congrega mayor cantidad de fieles. En la plaza que rodea a la Iglesia hay mucho movimiento. Provocativo, desafiante, un militar español, con voz estentórea lee en voz alta la declaración de guerra de Montevideo a Buenos Aires. Sus palabras invaden la bien construida Capilla y llegan hasta el dorado altar de madera, en donde está la Virgen de Mercedes. En aquel lugar de culto predicaban con encendidas palabras el necesario cambio social, Manuel Antonio Fernández y Fray Francisco de Somallera. Aquellos curas orientaban a los vecinos, aclaraban sus ideas y por sobre todo los acompañaban, tranquilizándolos, en medio de la tensa espera.

La lectura alimenta entre los que escuchan el malestar. Para solventar la campaña militar contra Buenos Aires, Elío acaba de anunciar la regularización de títulos de propiedad para cobrar contribución, aplica impuestos a las importaciones de cuero y tabaco, entre otras mercancías, solamente permite comerciar con buques autorizados e impone préstamos forzosos a comerciantes, propietarios y hacendados.

Inconscientes, los españoles aplauden a rabiar, una vez termina de leerse la declaración, enervando los ánimos de los criollos.

-¡Viva Montevideo! -gritan unos, mientras tiran los sombreros al aire.

-¡Muera la inicua Junta de Buenos Aires! -responden otros.

No del todo contentos, algunos agregan:

-¡Muera la monstruosa Junta de Buenos Aires…!

Y otros aclaran…

-¡De Buenos Aires y de todos sus aliados…!

Los vivas y mueras irritan aún más, si es que es posible, a la población. En la Plaza los vecinos miran con odio. Pronto sabrán los españoles que ya no podrán continuar haciendo lo que se les antoja, porque los vecinos tampoco están dispuestos a continuar viviendo como hasta el momento. La provocación española corre como reguero en toda la región. Enterado Viera responde a los que lo acompañan, que lo conminan a actuar:

-En Mercedes ha crecido un número de hombres alucinados, llenos de error y perturbadores del común sosiego....

La suerte está echada e inmediatamente informa a Correa:

-Ya no me es posible, de ningún modo, contener a la gente y a fin de evitar algún desorden que cause muchos males o daños, he determinado aproximarme esta noche a ese pueblo y atacarlo mañana, lo que aviso a usted para que lo haga entender a todos los partidarios nuestros que usted tenga…

***

Festejando la declaración de guerra, los españoles improvisan una fiesta, adonde vociferan sobre aparentes hechos monstruosos que involucran a Buenos Aires. La provocación es permanente.

-Es público que los más acérrimos, formaron una Junta o Sinagoga, a la que son muy contados los que no asisten, unos para dar detalles de cómo destruir a la Junta, otros para vituperar al Presidente o a sus vocales -le comenta Jacinto Gallardo, exaltado, a Correa.

-No hay otro objeto que trastornar nuestros ánimo -advierte Correa, sobre la peligrosa provocación.

Lo que no miden los españoles, es que, como si se tratara de un enorme engranaje, lentamente y entre crujidos, la desobediencia ha comenzado a andar. La alimentan años de odios contenidos y de sueños frustrados. En los hogares la espera acaba, las parejas se estrechan en un abrazo, los ojos de las madres se cubren de lágrimas por la incertidumbre de lo que pueda ocurrir a sus hijos. Pero en el fondo hay alivio. Viera está en el Sudeste de Mercedes, en Coquimbo, cuando el chasque irrumpe como un viento fresco. El portugués lee el mensaje y mira a sus jefes.

-La Junta de Buenos Aires declaró la guerra al Virrey Elío.

***

A tres leguas del pueblo está el Monte de Asencio, uno de sus extremos está fundido al monte ribereño, mientras que el otro acaba en la pradera. Sus árboles son espinosos y de cepa abierta. Bajo ellos se extiende, como un tapiz, la vegetación herbácea. Es un lugar ideal para emboscar; por eso, desafiando supersticiones y mosquitos, unos cuatrocientos sublevados, se esconden en el lugar por orden de Viera, para escapar a la delatora luz lunar. Para aquellos hombres sin mayor experiencia bélica, es una noche de jadeos nerviosos, comunicaciones en voz baja y ruidos sospechosos. A rastras Pedro Viera recorre el lugar, contiene, infunde ánimo, calma los nervios, hasta que las primeras luces devuelven a las desfiguradas siluetas su forma humana.

-Que se aposten veinte hombres afuerita del Monte -ordena.

Todos lo miran, sorprendidos. Está claro que si lo hacen, van a ser vistos por los bomberos españoles. Viera da cuenta de la inquietud y aclara, haciendo referencia a la partida:

-Si alguna gente se les dirige, huyan campo afuera.

El grupo no tarda en ser descubierto por los espías hispanos. En su mayoría son más partidarios de los alzados que de la causa que defienden, pero por obediencia debida, corren con el aviso a las autoridades españolas.

-No son más que veinte o treinta hombres y no todos tienen armas -informa uno de los soldados, con voz excitada.

Junto al resto de las autoridades, escucha el Alférez de Blandengues de Montevideo, Ramón Fernández, que ha sido enviado a Mercedes a impedir el tránsito por las costas del Río Negro. Una imperceptible sonrisa corre por sus ojos, mientras escucha la noticia.

-Tenemos que salir antes de Mediodía -apura con ademán marcial al resto de las autoridades y se ofrece para dirigir la expedición.

La partida está compuesta por 25 Blandengues y 30 españoles.

Seguros, confiados, tranquilos avanzan contra lo que suponen no son más que unas docenas de improvisados. Los alzados los divisan a la distancia y se controlan para no salir corriendo antes de tiempo.

-Tienen fama de ser los más guapitos en las lides bélicas -comenta con voz áspera, Cecilio Guzmán, que es uno de los criollos escondidos entre los árboles.

-Creen que tienen segura la carnada que les pusimos -responde Jacinto Gallardo, expectante y en voz baja, para no revelar su presencia.

-Que vengan ande creen que está la lechiguana -responde Cecilio.

-¡Quietos los que están de gancho, hasta que dé la orden! -susurra Viera entre los árboles.

Junto con Benavides habían planificado que cuando el enemigo estuviera próximo, saldrían los cientos de hombres que estaban entre los árboles escondidos. Cuando la partida enviada por las autoridades está lo suficientemente cerca, los veinte hombres que están de cebo, corren hacia la pradera burlándose del engaño. Los liderados por Ramón Fernández intentan seguirlos, pero no tienen más remedio que frenar su ímpetu, cuando anotan que a la retaguardia son perseguidos por los que están escondidos.

-Parecen un cardumen de avispas -comenta asustado uno de los perseguidores, ahora perseguido.

-Y decían que los gauchos no son tantos -le grita al español, saliendo del monte, Cecilio Guzmán.

-El valor se les volvió pasmo -festeja Jacinto Gallardo.

Viéndose rodeados, Blandengues y españoles, procuran ganar el monte, confiados que allí estarán a salvo, pero los criollos caen sobre ellos y los sorprenden.

-¡Caen como galgos! -comenta, agotado un blandengue.

Ramón Fernández mira a sus hombres, hinca sus rodillas en la tierra y en gesto de entrega extiende los brazos. Sus hombres lo imitan y los alzados, magnánimos, no hacen otra cosa que atarlos. Atado, el Alférez todavía no quiere rebelar su estado de espíritu. Solamente dos españoles no lo siguen y pretenden hacerse fuertes por lo que salen bastante lastimados. El griterío de la victoria hace aletear a los pájaros y corre con el viento, para convertirse en una buena nueva que hace abrazar a la población. Es un miércoles de ceniza. Es el 27 de febrero de 1811

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