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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO


Georgette Marie Philippart de Vallejo, la francesa a quien amó el poeta peruano, narró, en un reportaje que publicó Caretas en 1951, los últimos días de vida de César Vallejo. En el escrito describe sus preocupaciones, las carencias, “los errores” y “el desastre” que pasaron durante esos 34 días –desde el 13 de marzo de 1938– que precedieron a la muerte del célebre huamachuquino: el 15 de abril del mismo año. “No se regatea con la vida”, le dijo entonces el poeta a su amada “en el curso de ese infierno” que vivieron durante los mencionados días. El siguiente texto, que dicha revista reprodujo en abril de 1988 –a cincuenta años de la muerte del poeta–, también contiene el recuerdo del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, vate que integró el grupo de latinoamericanos que crearon y se crearon en París, como César (a quien llamaban El Huaco), y un soneto escrito por Vallejo para una inolvidable actriz que alborotó Trujillo en 1916.


VALLEJO: ¡CUÁN POCO TIEMPO HE VIVIDO!

Por Georgette Vallejo

LA AGONÍA

Vallejo se acostó el 13 de marzo de 1938, después de comer, entre las dos y las dos y media. Hoy todavía me acuerdo de esa comida porque fue excepcional, y es por eso que me acuerdo también de la hora en que se acostó, sin imaginarse que nunca más iba a levantarse.

Y, aquella mañana, yo había ido al mercado como de costumbre, volví al hotel de 64 Avenida del Maine con dos costillas de carnero, habichuelas verde pálido y una botella de vino “casi fino”. No fue el menú lo más extraordinario, sino una fuerza ajena a mi voluntad que me impulsó a hacer tales gastos.

Vallejo permaneció acostado toda la tarde; lo que era completamente desacostumbrado. Me extrañé, y nada más. Al día siguiente se sintió cansado, tan cansado que no se levantó. A partir de este día supe que estaba perdido, y perdido porque, no teníamos dinero. Enderezada más que educada en este sentimiento por mi madre, desde mi más tierna infancia, me fue posible pedir nada a nadie.

Durante algunos días, para decir la verdad, Vallejo no empeoró. El médico que lo había visitado desde el segundo día, no se alarmó en absoluto. Mi insistencia “intolerable”, mis angustias “imaginarias”, hicieron que pronto me juzgara muy “exaltada”. Al cabo de una semana, la fiebre, hasta entonces estaba estacionada en 38 grados, subió ligeramente. El médico acosado por mis preguntas se emocionó y lo condujo a una clínica. Ahí comenzó el desastre.

En tres días, la fiebre saltó a 40 por la tarde y 39 por la mañana. Los médicos se sucedieron y, con ellos, las inyecciones, los análisis, los errores; Vallejo, como lo han demostrado los innumerables análisis, todos negativos, no necesitaba sino cambio de clima y reposo inmediatos, tranquilidad económica absoluta. No vacilo en afirmar que si la cuarta parte de la suma que fue entregada ciegamente a la clínica nos hubiera sido confiada, Vallejo no habría muerto.

Al cabo de una semana de clínica, la fiebre hizo un nuevo salto a 41 ½. Esto duró hasta el final. Cuando se acordó llamar al profesor Lemiere, especialista en enfermedades infecciosas, era demasiado tarde. “Veo que este hombre muere –dijo– pero no sé de qué”.

Mientras Vallejo permaneció en el hotel, su moral fue buena y su presión aumentó ligeramente, por lo cual tengo la impresión de que no tuvo el presentimiento de su muerte próxima. Cuando ingresó a la clínica, las enfermeras lo hicieron sentar en una silla para transportarlo a su habitación. Algo en su perfil me heló de incertidumbre.

Una tarde abrió los ojos; brillaban como un grito y tenía la mirada del que va a morir.

Muy suavemente me dijo: “Tenías razón en todo”. Y, como yo iba a protestar, gritó: “¡En todo! ¡Y soy yo quien no te ha comprendido!” En el curso de ese infierno que fue nuestra vida, yo me había desesperado algunas veces; y poniendo la misma fuerza y la misma pasión en mis debilidades que en nuestra perseverancia, estas desesperaciones habían sido en ocasiones muy violentas.

Otro día –debía sentirse muy mal– la desesperación juntó en su mirada todas las palabras de admonición:

–Tendrás valor.

–Tendremos, dije.

Pero el tono de mi voz me traicionó más que mis palabras. Yo había pensado: “Lo tendré, si vives”. Y él adivinó perfectamente mi pensamiento, y con el rostro impregnado de reproche y de cierta severidad, dijo:

–No se regatea con la vida.

Y, mientras que sus ojos buscaban en los míos la promesa que me solicitaba, fui invadida por tal odio hacia la vida que me fue imposible responder una palabra. Naufragué hasta detestar su valor. Sin duda seguía hablándome, pero yo no oía nada. Cuando recuperé la razón distinguí algunos consejos, pero me es imposible recordar cómo terminó esta conversación.

Algunos días después, otra vez abrió los ojos, buscando algo. Esperé un segundo, con el fin de que nada –ni siquiera mi prontitud– fue a alterar lo que había comprendido.

–Escribe –dijo.

Tomé inmediatamente el papel y el lápiz que había preparado de antemano sobre la mesa de noche, desde el comienzo de la enfermedad –inútilmente por otra parte hasta aquel instante– y me dictó:

–CUALQUIERA QUE SEA LA CAUSA QUE TENGA QUE DEFENDER ANTE DIOS, MÁS ALLA DE LA MUERTE, TENGO UN DEFENSOR: DIOS.

Esto sucedió entre las tres y las cinco de la tarde. Que se me perdone el no recordar la hora exacta; hacía 16 días que no me había acostado ni una sola hora.

Después entramos en la semana que precedió a la de su muerte. La peor de todas. Los médicos habían perdido la cabeza y huyeron. Ya las enfermeras juzgaban a duras penas necesaria la toilette de la mañana. Se olvidaban las horas del termómetro, la toma de las pulsaciones; los serums olvidados en el día eran inyectados apresuradamente en plena noche o al día siguiente. La mayoría se derramaban sobre el colchón. Se dejaba todo en mis manos agregando gentilmente, y aún con una sonrisa roja o rosada: “Sabemos que Ud. está aquí”.

La fiebre, el hipo, el delirio habían vuelto irreconciliable a Vallejo. El viernes que precedió en siete días al de su muerte, llamé a un médico conocido. “Toda esperanza no está perdida”, me dijo y procedió de inmediato al tratamiento. Prometió regresar al día siguiente a las 18 horas.

Al día siguiente Vallejo había recobrado su lucidez; la fiebre de 41 ½ había bajado a 38 ½. Era el sábado 9 de abril.

A las tres de la tarde el médico peruano regresó. No se atrevía a entrar en el cuarto. Apena lo vio, exclamó:

–¡Pero, amigo, está Ud. mejor!

Y palpaba a Vallejo a través de la manta, visiblemente estupefacto. Bruscamente se volvió hacia mí y de frente por temor hacía mucho tiempo que no me miraba –dijo:

–¡Qué le decía yo, señora!

El sábado, a las seis de la tarde, esperamos en vano a mi médico; lo que desesperó a Vallejo. Los otros tres facultativos prevenidos a qué sé yo, lo habían hecho arrojar literalmente de la clínica.

El domingo la fiebre subió nuevamente a 41 ½. Y en la mañana del lunes comenzó la agonía, que duró hasta las 9 y 20 de la mañana del viernes; lo que prueba suficientemente que 8 días antes “TODA ESPERANZA NO DEBIÓ ESTAR PERDIDA”.

En su agonía, Vallejo –a pesar de lo que hayan dicho– jamás nombró a su familia ni a su mujer, ni a ninguno de sus amigos. Y por esto no hay que reprocharle, pues no cometió crimen alguno. Pienso sí que en el delirio de Vallejo vivió únicamente España. Deberíamos admirar tal desinterés y estoicismo.

Sus deudas, si las tuvo –no las dijo durante su enfermedad– las arreglaría más allá de la muerte.

No le disputemos su agonía. Una obra, una misión, es un tirano que no admite ningún desfallecimiento en su servidor.

*****

EL RECUERDO

Luis Cardoza y Aragón

Tenía una desolación de cara angosta

El París en el que vivió, amó, escribió y murió Vallejo fue un punto de encuentro importante de toda una generación de creadores latinoamericanos. Luis Cardoza y Aragón, poeta guatemalteco formó parte de este grupo. Desde su tranquilo retiro mexicano y en exclusividad para Caretas, nos cuenta sus recuerdos.

-Conocí a Vallejo en 1925. Yo era muy amigo de Alfonso de Silva, el músico, el que tocaba tangos en cafés y restaurantes. Una noche me llevó a visitar a Vallejo, andábamos por la zona de Montmartre –cerca de La Ópera y el Follies Bergere– y fuimos a visitar a su compatriota. Alfonso me había hablado mucho de él; vivía en un modesto hotel, en la Rue Moliére– si no me equivoco, ya era muy tarde pero tocamos la puerta y cuando entramos lo encontramos durmiendo junto a otro joven. Esto me desconcertó un poco, pensé que eran homosexuales. Vallejo se incorporó y me invitó a entrar y charlamos mucho y me di cuenta que ambos eran muy varones. Y me dije, pues, la mariconada hubiera sido que Vallejo en ese frío hubiera mandado dormir en el sofá a su amigo.

Luis Cardoza y Aragón tiene ahora 84 años, vive retirado en su casa de Coyoacán. Me permití irrumpir una vez más en su mundo soledoso. Y me entregó generoso una charla sobre el amigo entrañable con quien compartió la fiebre de la creación en los turbulentos años veinte.

Así se inició su amistad con Vallejo, cuando lo encontró durmiendo con Julio Gálvez, el sobrino de Antenor Orrego, con quien salió de Lima y acabó fusilado por los franquistas en la Guerra Civil…

-Esa noche hablamos mucho, incluso yo lo visitaba con frecuencia y alguna vez –como la cama no era grande– dormí en el sofá. Y pude conocer su gran fervor humano, esa ternura y temple a la vez. Los latinoamericanos que estábamos en esa época –hablo de Alejo Carpentier, Uslar Pietri, Toño Salazar (que le hizo varias caricaturas), Félix Pita Rodríguez, Vicente Huidobro, Miguel Ángel Asturias– lo tratábamos como El Huaco. Sabíamos que venía de una región donde había florecido la Cultura Mochica, mestizo con un rostro aindiado, delgado, tenía una desolación de cara angosta, más enjuta por la nariz aquilina. Como he dicho alguna vez: tenía cara de reja de arado que hendía la tierra y sembraba pedernales. Era de temperamento fuerte, a veces de mal humor y vivía con mucha austeridad. Denotaba un mundo interior tan vasto y en conflicto. Los peruanos que estaban en esa época le llamaban El cholo, el cholito. Vallejo respondía con una leve sonrisa cuando le llamaban así.

Ustedes se habían posesionado de los cafés de Montparnasse:

-A ese café íbamos los latinoamericanos a tomar desayuno a cualquier hora. Había una parte para comer y otra era el “bistrot”, donde se tomaba tragos. Nosotros íbamos en grupo y pedíamos nuestro cafecito con leche y como habían unas canastas con los “croissants” o mediaslunas, como las llamábamos, engañábamos al hambre con estos pancitos, y pues nos echábamos cinco, seis o siete y al momento de pagar decíamos que habíamos consumido uno o dos, y con lo que nos ahorrábamos pasábamos a la otra sala a tomarnos ese trago bien conservado.

-Una vez Vallejo se apareció en la terraza de La Rotonde como clavo oxidado, negro, lebrel infernal, y nos leyó apuntes de un poema en donde alude a sus depósitos en Le Crédit Lyonnais. Nos sorprendió. Todavía escucho el comentario de Mado, linda prostituta borracha que sabía español aprendido en la cama con dos generaciones hispanoamericanas: “Il faut que tú evolues, espece de fetus”. Así era el ambiente, pero Vallejo impuso su voz, su iluminación y sus fatigas. Siempre me ha resultado un enigma en esos años jadeantes, no lo comprendí bien, no lo escuché bien. Sólo serenas lecturas posteriores me dieron una comprensión cabal de su obra. Tenía una manera muy propia de versificar, creía notar algo de torpe en su construcción, por lo que pensé que allí afloraba tal vez el humor del quechua, un temperamento y una sensibilidad que venían del pasado, de un ayer que asomaba, a cada instante: esa angustia, esa nervadura, ese mundo interno afloraba siempre. Por eso he dicho que Vallejo ha inventado un lenguaje. No escribe en español, sino en Vallejo. Eso le ha permitido crear su lenguaje, su manera de hablar, de versificar, y en eso fue un vanguardista a pesar suyo.

(Publicado por POESIACOMOLENGUA el 19 DICIEMBRE, 2016)
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