domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (34) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.


NOVENA PUERTA: INTERROGACIÓN (TIEMPOS GIGANTESCOS) (1)

El túnel desemboca en una orilla del Mataojo y lo primero que me desconcierta es un rosal reverberantemente apareado a una palmera de erección gigantesca. Son las tres de la tarde y ya hace tres octubres que conocí al Papalote en el aljibe-cueva de D’Artagnan De Deus. Y mientras voy chuequeando para empezar a repechar la calle lateral de la escuela escucho que me llaman desde el arroyo.

-¿No te acordás de mí? -grita una chiquilina, cubierta hasta el mentón por el agua.

Y avanza haciendo emerger sus pequeños pechos desnudos y combados como alas de pagoda y agrega:

-Ahora me llamo Yemanjá del arroyo. ¿Venís a visitar a Manuelito?

Sonrío pero no contesto. Tengo 15 años, y es la primera vez en mi vida que veo una mujer desnuda.

-¿No me querés secar la cara con una rosa? -se acerca Yemanjá, y su triángulo enrulado brilla en la superficie con una sedosidad cetácea. -El maestro siempre me secaba así. Pero tenés que entrar al arroyo. Agarrá una rosa y sacate la ropa, dale. No seas bobito.

La ex-Clotilde tiene los ojos nacarados y el pelo del color del barro bajo la lluvia, pero pienso que el maestro puede ser Uruguay y me siento endurecer y ablandar al mismo tiempo.

-Dale -insistió Yemanjá. -Vas a ver que la pasamos precioso.

Entonces me doy vuelta y ella me grita PUTO!!!! pero no le doy corte.


Uruguay Artigas Yarce: que apareció en Solís con menos de 30 años y vivió dos temporadas escolares alojado en un hotel donde reunía a una especie de patrulla desencorsetada de túnicas y moñas y técnicas memorizadoras que Manolo rechazó desde siempre  y hasta siempre con un fervor matrero: y daba la impresión de que Uruguay fumaba para dirigir el diálogo con aquella batuta luminosa sin imponer jamás una direccionalidad filosófica política o artística: pero cuando Manolo abandonaba el hotel a altas horas de la noche cargando obras de Dostoievski Rolland Istrati Vaz Ferreira o Rousseau era como si ya enfilara rumbo al profundo Sur de su mapa incanjeable y al otro día volvía a guerrear sistemáticamente contra las matemáticas pidiendo para ir al baño en el momento justo en que se empezaban a explicar los quebrados o la multiplicación por dos cifras: y una vez que se paró demasiado ostensiblemente arrancando hojas del cuaderno como si fuera a descerrajar una cagalera récord Uruguay se mordió el labio y empezó a sacarse el cinto y terminó gruñendo con un poso de risa retenida en su mirada-imán Pero usted no se da cuenta que está cometiendo una imprudencia incalificable frente a la clase y enseguida señaló la enorme dentadura del compañero de Manolo y agregó aprovechando para desencadenar la carcajada purificadora Y vos negro no te pongás a mostrar las mazamorras cada vez que reto a alguien o también te llevás un cintarazo: y cuando Uruguay se fue del pueblo Manolo le regaló una caricatura puntillista donde aparecía rodeado por la patrulla nocturna y arriba figuraba estampada con pasión indeleble una leyenda-título-dedicatoria que decía A NUESTRO FARO.


Dos horas después de enfrentar a Yemanjá llegué a la casa de Pedrito Garateguy y encontré a la tía María contemplando con dulce estupidez la floración de los naranjos. Entonces comprendí que su madre había muerto y me quedé callado. Pero ella desarmó serenamente su extatismo y sonrió, reconociéndome:

-¿Qué precisaba, mijo?

-Manuelito está en cama y manda pedir la caja de termómetros rotos que usted tiene.

-Ah -graznó la mujer. -Pero mire qué cosa. Recién me entero que Manuelito se engripó.

-Él dice que es un resfrío, nomás. Pero el general no lo quiere dejar salir hasta que no se mejore.

Y me animé a contarle que el General acababa de romper dos termómetros por bajarles el mercurio golpeándolos contra la rodilla.

-Pero mire qué cosa -suspiró la mujer. -Cuando Manuel se empaca es así. Debe andar sin un peso. Bueno, espéreme un poco que ya le traigo la caja.

Y cuando me la entregó me hizo bajar los ojos advirtiéndome:

-Dígale a Manuelito que no haga muchas sinvergüenzadas con esto

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