domingo

LA TIERRA PURPÚREA (102) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XXV /  ¡LÍBRAME DE MI ENEMIGO! (3)

-¡Dime cómo puedo salvarla, Santos! -pregunté, habiéndome conmovido profundamente por lo que había oído.

-¿Cómo? Llevándosela por la juerza, pues, señor; ¿compriende? ¿No podría usté volver en unos cuantos días con dos o tres amigos que lo ayudaran? Claro que usté deberá venir disfrazao y armao. Si me encuentro por ay cerca, haré lo que pueda pa proteger a Demetria, pero usté podrá voltearme fácilmente y aturdirme…, ¿compriende? Don Hilario no debe saber que estamos metidos nosotros. No hay pa qué tenerle miedo, pues aunque es bastante valiente pa amenazar a una mujer, cuando ve hombres armaos, es como un perro cuando oye tronar. Entonces usté puede llevársela a Montevideo y la escuende allá. Lo demás será muy fácil. Don Hilario no podrá hallarla; la Ramona y yo cuidaremos al coronel y cuando él no vea a su hija, tal vez la olvide. Entonces, señor, no habrá ninguna dificultad en cuanto a la propiedá, ¿pues quién puede ir contra la ley?

-¡No te entiendo, Santos! Si doña Demetria quiere que yo haga lo que tú dices, y no hay otro medio de librarla de las persecuciones de don Hilario, lo haré. Haré cualquier cosa por servirla y no temo a ese canalla de Hilario. Pero cuando la haya escondido, ¿quién hay en Montevideo, donde no tiene amigos, que vele por sus intereses y vea que no le quiten su hacienda? Yo la puedo librar, pero eso es todo.

-Pero, señor, si es que la propiedá será lo mesmo que suya cuando se case con ella.

¡Ni en sueños podría haberme imaginado con lo que salió Santos, y me sorprendió sobremanera!

-¿Quieres decirme, Santos, que doña Demetria te ha mandado para decirme esto? ¿Cree que sólo casándome con ella puedo yo librarla de ese ladrón y salvar su propiedad?

-Pero si no hay otro modo, pues, señor. Si se pudiera hacer de otra laya, ¿creé usté que no le habría hecho ella misma y esplicao tuito anoche? Piense nomás, señor, que tuita esta gran propiedá será suya. Si no le gusta este departamento, entonces, por usté ella vendería todo, pa comprarle una estancia en cualquier otra parte, o pa hacer lo que le dé gusto y gana. Y yo le pregunto esto a usté, señor: ¿podría un hombre casarse con una mujer más güena?

-¡No!; pero, Santos, no puedo casarme con tu patrona.

Entonces recordé, con bastante pena, que no le había dicho a Demetria casi nada de mí mismo. Viéndome tan joven, vagando por el país, sin casa ni hogar, me había tomado, naturalmente, por soltero; y pensando, quizás, que me cayera en gracia, había sido impelida, en su desesperada situación, a hacerme esta propuesta. ¡Pobre Demetria! ¿Sería posible que no hubiese salvación para ella?

-¡Amigo! -dijo Santos, olvidando el ceremonioso señor, en su solicitud por servir a su patrona-, no hable nunca sin pensar bien primero en tuitas las cosas. No hay mujer como ella. Si usté no la quiere aura, la querrá cuando la conozca mejor: ningún hombre güeno podría dejar de quererla. Usté la vio anoche en ese vestido de seda verde, con esa gran peineta de carey y aquellos aros de oro…, ¿no le pareció que se vía elegante, señor, y muy dina de ser su mujer? Usté ha estao en tuitas partes y habrá visto a una porción de mujeres, y tal vez en algún país lejano habrá visto una más bonita que mi patrona. ¡Pero, señor, piense no más un momento en la laya de vida que ha llevao! Los sufrimientos le han puesto flaca, pálida y ojerosa. Pero, ¿podrán salir, me pregunto yo, la risa y la alegría de un corazón afligido? Otra vida cambiaría todo eso; sería una flor entre tuitas las mujeres.
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