domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (30) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.


OCTAVA PUERTA: SIGLOS AROMÁTICOS (1)

La puerta del cuadro resulta ser el recodo de un corredor palaciego donde avanzo hasta quedar parado frente a la cama de Luis XVI. Un ventanal da a un campo miniaturescamente atravesado por el brillo de un tren que sube hacia París bajo un cielo del Greco, aunque todavía no llueve. Vuelvo a observar la cama y descubro los perfiles de dos cuerpos surgidos entre los pliegues brumosos de la colcha, igual que si coronaran tumbas medievales.

-A los pobres de espíritu nos protegen los ángeles -dice el rey. -Tenga fe. ¿Quién quiere asesinarlo?

-Los ojos del maligno.

-¿El maligno encarnado? Qué honor. A mí me corrían ratas de biblioteca que hablaban del Hombre Nuevo y se reían olímpicamente de Jesucristo. Disculpe la indiscreción: ¿por qué no va al toilet de una vez y hablamos más tranquilos? Se le nota a la legua que necesita proferir un chaparrón dorado.

-No puedo localizar un toilet por ninguna parte. Hace más de una hora que ando dando vueltas.

-Qué palacio asqueroso -plegó la frente el rey. -Vaya a orinar a los jardines, como hacíamos con Wolgfang Amadeus cuando venía a tocar para mi abuelo.

Entonces miro el cuerpito que descansa al costado del hombre narigón y él me advierte:

-Mire que esta Nannerl, la hermana del celebérrimo. Wolgfang no me quería demasiado. Pero Nannerl tocaba mirándome a los ojos y al final no hubo forma de que me separaran la cabeza del alma. Estamos protegidos, no hay caso.

El perfil de la niña parece sonreír bajo la satinación ajada de la colcha y murmuro:

-Es verdad.

-Mire que reconocerlo es muy fácil. Pero hay que tener fe para no expulsar al Salvador del corazón cuando se pudre todo -retruca el rey, con erecta altivez.


Hice lo que tenía que hacer en un bosque lateral y ahora camino en paz bajo las primeras gotas. Hasta que entreveo el techo de una calesita y vuelvo a abrirme paso entre los árboles y descubro a Manolo y a Wolgfang Amadeus (uno con 37 y el otro con 10 años) enroscados en un diálogo más bufo que cortante.

-Yo lo único que os dije -acaricia Manolo el pelaje del caballo de madera donde está montado Wolgfang -es que vuestro apelativo suena brillante, “extravertido”, “fácil”, de una “convexidad” poco menos que briosa o exultante, sin “medias tintas”, como si dijera o diera a entender… “aquí estoy yo”… o “yo estoy aquí”, en fin. No pretendí ofenderos en grado alguno, creedme.


El niño se ajustó la casaca con festón y el enorme moño púrpura que ceñía su peluca para porfiar:

-Sin embargo habéis osado calificar el “discurrir musical” de Vivaldi (un libérrimo ensotanado) como poseedor de una “estocada” harto profunda, capaz de “interesar” -dicho en el idioma de los facultativos y los periodistas- la noble víscera pulsátil. Y habéis calificado el apellido de Haydn como más “aspirado”, algo más introvertido y con un “arco estructural” más “humilde” pero también más “extenso”, más intimista o recogido que el mío. ¿Es que acaso pretendéis que os desafore a pedos? VAMOS!!!! MONTAD, PARDIEZ!!!!

Después sonó una doble carcajada al unísono con un viborazo que pareció guillotinar los azules del greco y Manolo se encaramó sobre un petiso bayo y la calesita empezó a ascender como un trompo extraterrestre debajo de la lluvia.

-PERO CHE: A MÍ ME HUBIESE GUSTADO METER UN RATO EN EL HOCICO EN EL PALACIO, POR LO MENOS!!!! -escuché protestar a Manolo al completarse la primera vuelta.

-EL GRAN TIEMPO NO ESPERA!!!! -chilló el niño, aterciopeladamente incrustado en la tormenta.

Cuando la calesita desaparece tras el horizonte boscoso miro el reloj y compruebo que es hora de abandonar el refugio de Versailles: mi asesino se va definitivamente de París a las cinco de la tarde y yo debo tener los huesos más mojados que los de Nannerl Mozart mientras era olvidada por las cortes.
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